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M. Fernanda Iglesia Lesteiro in memorian

[.eus] Joan den abenduaren 29an, 86 urte zituela, zendu zen Mª Fernanda Iglesia Lesteiro anderea, urte luzez gure Unibertsitateko Bibliotekaren zuzendari izandakoa. Lerro hauen bidez bere familiari gure dolumina adierazi nahi diogu, bereziki bere semeari Goyo San Juani, liburutegiko gure lankidea dena. Estimu handiz gogoratzen dugu Mª Fernanda. Gaur egun daukagun UPV/EHUko Bibliotekaren oinarriak berak ezarri zituen eta lan horretan izan zuen ardura nabarmendu nahi dugu. Mª Fernandak idatzitako artikulu bat gogora ekarri nahi dugu lerro hauetan, liburuzain lanarekiko zeukan grina ondo islatzen baitu. Artikuluaren izenburua da “De humanidades, libros y bibliotecas” eta maiatzaren 2001ean “Bilbao” egunkarian argitaratu zen.
[.es] El pasado 29 de Diciembre falleció en Bilbao, a los 86 años, Dª Mª Fernanda Iglesia Lesteiro, que fue durante muchos años Directora de nuestra Biblioteca Universitaria. Mediante estas líneas transmitimos nuestras condolencias a su familia y, en especial, a su hijo Goyo San Juan, también compañero nuestro. Recordamos con afecto a Mª Fernanda, que con su gran entrega y dedicación puso las bases de lo que hoy es nuestra Biblioteca, y reproducimos aquí su artículo titulado “De humanidades, libros y bibliotecas” que publicó el periódico municipal “Bilbao” en Mayo de 2001 y que tan bien refleja la pasión que sentía por la profesión bibliotecaria.
DE HUMANIDADES, LIBROS Y BIBLIOTECAS
La humanidad ya va siendo vieja como para que el fruto del pensamiento y de la creación literaria, que vienen desde los orígenes, no haya crecido desmesuradamente. La voz de la experiencia acumulada, la sabiduría de los siglos -el futuro dirá si las cosas van a seguir como hasta ahora- está encerrada en los libros y, claro está, en las bibliotecas. Estas han sido como un santuario donde se ha rendido culto a las ideas, que han podido pasar así de unas generaciones a otras.
Muchas excelentes descripciones de bibliotecas se podrían traer a esta página; unas más técnicas, otras más literarias. Así, la que hace el novelista portugués Eça de Queiroz, en ‘La ciudad y la sierras’, que empieza de este modo: “¡Qué majestuoso almacén de los productos del raciocinio y de la imaginación! Yacían allí más de treinta mil volúmenes; todos, seguramente, indispensables para la cultura humana. Al lado mismo de la puerta advertí, en caracteres de oro sobre un lomo verde, el nombre de Adam Smith. Estaba, pues, en la región de los economistas. Avancé y recorrí, espantado, ocho metros de economía política. Llegué luego a los filósofos y a sus comentadores, que cubrían toda una pared: desde las escuelas presocráticas hasta las escuelas neopesimistas. En aquellos estantes se encasillaban más de dos mil sistemas, todos contradictorios… Enseguida comenzaban las historias universales… Di vuelta a esta colina y me sumergí en la sección de las Ciencias Naturales, peregrinando, con asombro creciente, de la Orografía a la Paleontología, de la Morfología a la Cristalografía… Aparté las cortinas de terciopelo y por detrás de ellas descubrí otro portentoso rimero de volúmenes, todos de historia religiosa, que trepaban montañosamente hasta los últimos vidrios, deteniendo, en las mañanas más claras, el aire y la luz del Señor. Pero luego relucía, en pieles de color claro, el amable asilo de los poetas.”
La misión del bibliotecario
Al describir esa biblioteca, Eça de Queiroz pone el acento en la acumulación de materiales, lo que constituye ‘el problema’. Verdaderamente, son tantas las materias impresas y aun manuscritas que nos ha dejado el pasado, que se ha hecho necesaria la creación de un cuerpo de expertos, dedicados profesionalmente a la tarea de seleccionar, orientar, valorar y facilitar la consulta de tales materiales; una profesión, la de bibliotecario, que desde los tiempos antiguos estuvo rodeada de un cierto prestigio intelectual. Bibliotecario fue Leibniz, bibliotecario fue Menéndez Pelayo… Muchos hombres ilustres fueron bibliotecarios de sus propias y excelentes bibliotecas.
Ortega y Gasset dedicó uno de sus ensayos más brillantes a la ‘Misión del bibliotecario’. En él se planteó la función –‘misión’ la llama, por su alto sentido de responsabilidad ética y estética- que debe cumplir en la sociedad actual, tan compleja, porque “cuando se lee mucho y se piensa poco, dice, el libro es un instrumento terriblemente eficaz para la falsificación de la vida humana”.
Esa misión que Ortega asigna al bibliotecario fue parte de la ta¬rea que un tiempo desempeñaron los humanistas, muchos de los cuales tuvieron también ese oficio: expertos en orientarse y orientar a los demás en la vorágine de ideas y de libros, en valorar estos y ponerlos al servicio de la sociedad.
Así lo debía entender Eugenio de Ochoa, un guipuzcoano atípico, escritor estimable, director de ‘El Artista’, y ante todo orientador de las letras en un periodo crucial de la historia de España, -fue uno de los introductores del romanticismo; el de impronta francesa; otros hubo que bebieron en fuentes inglesas o alemanas- cuando escribe a otro ilustre compañero de tareas literarias, José Negrete, Conde de Campo Alange:
“Amigo mío: Entre las obras nuevas que acaban de publicarse en París, he sabido por los diarios que llama la atención una de M. de Lamennais titulada ‘Paroles d’un croyant’ que se ha prohibido en todas partes y que, según se explican los periodistas, es una tea destinada a efectuar una completa disolución social, si no se pone algún remedio violento.”
Resulta estimulante saber que ese zahorí de las letras y de las artes, llama la atención al conde sobre sus obligaciones para consigo mismo y para con los demás, como letrado y hombre adinerado que es: “Tengo entendido que nuestro admirable Víctor Hugo ha publicado algunas de las obras que tiene anunciadas hace tiempo; y sería pecado mortal en una persona de dinero no hacerlas venir inmediatamente para recreo propio y de los amigos”.
Reconversión de las humanidades
Precisamente fue Ortega el que destacó el papel de Hegel como filósofo imperial, totalizador, o totalitario, quizá el último humanista esencial, que imponía su ley a todo el conjunto del saber, pasado y presente, antes de que se introdujera el relativismo en el conocimiento y de que aflorase ese falso “progresismo” empeñado en considerar todo lo pasado como “esencial barbarie”. Y a las humanidades como un obstáculo para la formación de hombres educados en el pragmatismo futurista.
Consecuencia de ese progresismo, estamos asistiendo a una reconversión de las humanidades y a una reconversión de la profesión del bibliotecario, que se está librando en los centros donde se diseña la política cultural. Ya no son las humanidades; ahora son las tecnologías punta las que hacen un bibliotecario. Cuando en 1858 se creó un Cuerpo llamado Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, se ingresaba en él mediante unos exámenes de griego y latín, dos idiomas modernos, arte y arqueología, historia, paleografía, letras, en su amplio concepto…
Hoy se considera más “pragmático” desposeer al bibliotecario de la formación humanística, que ha constituido la base de su tarea, reduciendo su papel al de registrar los libros, catalogarlos y ponerlos a disposición de los lectores, sin más. Y se han sustituido estas materias por las llamadas tecnologías de la información, concepto vago que incluye el manejo de ordenadores y sus diversos programas y formas de tratamiento y de las necesarias bases de datos. Con el dominio de esas técnicas y un cierto conocimiento de lenguas modernas y de derecho, se tiene ya un archivero o un bibliotecario. Ya no es necesario saber traducir a Cicerón, quizá ni aún saber quién fue Cicerón. Tampoco saber leer un manuscrito medieval o datar una pieza arqueológica. Estamos evidentemente en el umbral de una nueva era.
Se invierte con esto lo que debió ser una concepción ancilar. De la técnica al servicio de las humanidades, al servicio de la formación integral del hombre, -“Menester es el hombre íntegro”, decía ya Pedro Mártir de Anglería- se está yendo a una concepción basada en lo contrario. Las humanidades como mucho sirven para ponerlas al servicio de las llamadas tecnologías de la información, concepto el más vacío que cabe imaginar. Esta indigencia humanística gravita ya sobre las generaciones jóvenes, a las que se está formando con muchas y graves carencias, como vienen denunciando las mejores mentes de Europa.
Hace tiempo llamaron mi atención las declaraciones de un personaje de la política para quien la cultura parece que se reduce a navegar por Internet. Porque, aunque parezca extraño, hay quienes creen que la cultura solo sirve para participar en los concursos de televisión. Con las nuevas técnicas todo es más fácil. Pinchando en Internet te dan los datos que necesitas para ser un hombre culto y ganar en los concursos. ¿Quién escribió ‘El divino impaciente’? Pinchas en Internet y te lo dice: Pemán. Son cien mil pesetas. ¿Cómo se llamaba el marido de Rosalía de Castro? Pinchas en Intemet y te lo da: Manuel Murguía. ¿Quién metió el gol de La Romareda? Pinchas en Internet…
Se quiere que el mejor profesor y el mejor bibliotecario sean los que te ayuden a pinchar en Internet. Y eso no es así. Los diccionarios y las enciclopedias son útiles y aun puede que necesarios. Pero no puede ponerse como el ideal de hombre culto -digan lo que quieran los vendedores placistas- aquel que se ha comprado la mejor enciclopedia.
De humanidades, libros y bibliotecas
Mª Fernanda Iglesia Lesteiro • Ex-directora de la biblioteca de la UPV
Bilbao [periódico municipal], n. 149 (Mayo 2001), p. 6 (Pérgola)
TEXTO COMPLETO | BLD • Bilboko Liburutegi Digitala
http://www.bilbao.eus/bld/handle/123456789/33928

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