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Bosque sostenible

En el suplemento Tierra de El País de fecha 15 de agosto de 2009, aparece este artículo, firmado por Carmen Mañana, sobre la gestión sostenible de los bosques en Finlandia. Antes de leerlo, repasar la entrada que dediqué hace tiempo al compotamiento en Latinoamérica de la compañía maderera y papelera Botnia, con sede en Finlandia.

El bosque más sostenible del mundo

En Finlandia, el 95% de los montes tiene certificado de sostenibilidad: se cuidan, talan y reforestan respetando su biodiversidad. Tradición ecológica y visión de futuro empresarial a partes iguales. Así se gestionan.

CARMEN MAÑANA El País Tierra 15/08/2009

Por sus dimensiones, Pecca Tähti podría ser armario empotrado. Pero es leñador. Tiene 24 años y trabaja desde hace cuatro en Imatra, al sur de Finlandia. Conduce una enorme máquina coronada por un brazo mecánico que tala, pela, corta y coloca los troncos en un solo movimiento. Un monstruo de acero que mastica madera: un árbol por minuto. Una hectárea a la hora. Y aunque esta imagen pueda parecer la encarnación de la deforestación salvaje, es una parte fundamental de la gestión sostenible de un bosque en Finlandia.
Y en este país saben de lo que hablan: el 85% de su territorio está cubierto de bosques, 23 millones de hectáreas, de las que un 95% tiene certificado de sostenibilidad. Es decir, son medioambiental, social y económicamente equilibradas. “Son montes que no están descuidados, son productivos, generan puestos de trabajo (si es posible) y se explotan de una forma que respeta y conserva la biodiversidad de la zona”. La que habla es Marta Salvador, directora técnica de PECF España, uno de los organismos que conceden los certificados de sostenibilidad.
En España, sólo un 7% de la superficie forestal, 1.123.000 hectáreas, tiene certificado de sostenibilidad. El problema aquí, según Salvador, es que el 70% de los montes pertenece a pequeños propietarios que poseen una media de tres hectáreas cada uno. “Es mucho más fácil cuando se certifican grandes extensiones o cuando las comunidades autónomas ponen de acuerdo a varios propietarios”, argumenta.
En Finlandia, un 60% de los bosques está en manos privadas. Se calcula que un millón de finlandeses, de los cinco que conforman la población del país, tienen algún monte. Pero allí, a diferencia de lo que sucede en España, casi toda la masa arbolada está certificada.
Para Víctor González, ingeniero forestal español formado en Finlandia, esta diferencia se debe, entre otros factores, a la importancia económica que tiene la industria maderera en el país nórdico. La cultura también pesa.
Para empezar, existe una antiquísima tradición por la que todo finlandés tiene derecho a adentrarse en las tierras de otros para recoger setas y bayas -ingrediente fundamental de la gastronomía finesa- casi hasta las lindes de las viviendas. Esta costumbre, según explica González, se ha convertido en ley y hoy está prohibido vallar las propiedades. Así, al recorrer las interminables llanuras finesas sólo se percibe una masa forestal continua interrumpida únicamente por sus 187.000 lagos. Entre tu monte y mi monte no hay separación. De tal forma que si un terreno está descuidado, lleno de hojarasca, afecta a todos los que tiene alrededor. Se trata de un gran bosque con muchos dueños.
El proceso de certificación empieza siempre con un trabajo de campo. “Empresas como Aenor envían a un auditor al monte que comprueba que éste cumple los requisitos exigidos para ser considerado sostenible”, explica Salvador. Si el resultado es satisfactorio, el auditor concede un certificado que tiene una validez de cinco años. Después realiza controles de seguimiento anualmente para asegurarse de que la gestión no ha cambiado. “En PECF lo que concedemos es la licencia de marca. Damos al certificado un reconocimiento a nivel mundial. Así, por ejemplo, esa madera puede venderse como sostenible en cualquier país”, continúa. Además de demostrar que los bosques funcionan de forma eficiente, otro de los grandes beneficios del certificado es, en opinión de Salvador, que “obliga a los propietarios a que planifiquen la gestión a largo plazo y la documenten, algo que antes no se hacía”.
Finlandia se encuentra en la misma latitud que Groenlandia. Durante sus durísimos inviernos se puede llegar a los -30º C. En algunas zonas, como Rovaniemi (donde vive Papá Noel), sólo ven el sol seis horas al día. En estas condiciones prosperan únicamente tres clases de árboles: el abedul, el pino y la pícea (que es un tipo de abeto). “En el sur hay algunos robles, pero muy pocos. Ni siquiera el haya, muy abundante en la vecina Suecia, consigue crecer”, cuenta González.

Paciencia centenaria

En el sur del país, los árboles autóctonos tardan unos 80 años en estar listos para ser cortados; en el norte, ni más ni menos que 120. El eucalipto, por ejemplo, puede talarse en sólo siete años, según explica Jorma Ignatius, director de marketing de Stora Enso, una empresa papelera sueco-finlandesa que es la segunda más grande del mundo.
Treinta años después de ser plantados se hace la primera clara: se cortan los árboles más débiles, “los que se ve que no van a vivir porque no pueden competir con los que tienen al lado”, detalla González. A la hora de seleccionar cuáles se van a talar, la experiencia de los leñadores es determinante. Pecca, por ejemplo, lleva toda su vida en el monte. Su padre fue leñador en la época en la que todavía se utilizaban motosierras. Cuando talar un monte era un esfuerzo físico titánico y se necesitaba una cuadrilla entera de hombres. Él y su hermano, que ahora conduce el camión grúa que recoge los troncos, solían acompañarle. De él aprendieron, entre otras cosas, a calcular a ojo las toneladas de madera que había en cada árbol. Ahora, la monstruosa máquina que maneja, bautizada como cosechadora forestal, calcula milimétricamente cuánto pesa y cuánto mide cada tronco.
La madera de esta primera tala, que no es de una gran calidad, se utiliza para fabricar papel o tableros. A los 60 años se hace una segunda clara. “De aquí ya se saca madera de sierra, que se emplea para hacer muebles y para la construcción. Otra parte se sigue destinando a pasta y tableros”, apunta el ingeniero. Cuando el monte está maduro, se tala, dejando, eso sí, un mínimo de ocho o diez árboles por hectárea “para que los animales que viven en ese espacio tengan dónde hacer sus nidos y vegetación para refugiarse”. Estos últimos troncos, gruesos y fuertes, se convertirán prácticamente en su totalidad en muebles.
Una vez que se tala, lo normal, según González, es esperar a la primavera del año siguiente para comenzar a replantar. El ingeniero asegura que muchos bosques se reforestan de forma natural, “que es la mejor manera siempre”. El viento y las aves transportan semillas que germinan en el monte y todo vuelve a empezar desde cero. “Cuando no es así, o cuando los propietarios se dan cuenta de que el bosque necesita una ayuda, es el momento de que aparezca la mano del hombre”, sentencia.
Los árboles nuevos se suelen plantar a mano. Los operarios utilizan un tubo de unos 50 centímetros de largo que termina en dos palas en forma de cuña. Primero se clava en el suelo. Después, a través de una palanca que se activa con el pie, se separan las dos palas. El pequeño arbolito se introduce por el otro extremo del tubo y cae a través de él hasta depositarse en la tierra. Finalmente, los operarios aplastan con el pie la tierra que rodea a la planta para fijarla bien. La operación no dura más de medio minuto, pero replantar un bosque de, por ejemplo, 3.000 árboles puede ser tan monótono como prolongado.
Existe la idea, dice Víctor Gonzalez, de que antes había más bosques en Europa y de que la explotación maderera ha reducido su extensión. Nada más lejos de la realidad. “En el siglo XIX sí hubo una deforestación importante debido a la prevalencia de la agricultura”, explica el ingeniero. Hoy, asegura, todos los bosques europeos han crecido en superficie.
Tanto en Finlandia como en España se corta menos madera de la que crece nueva cada año. En el país nórdico, “si el crecimiento anual es de 60 millones de metros cúbicos de madera, sólo se permite cortar 40 millones de metros cúbicos”. En España se talan 16.000 metros cúbicos, que representan un 30% de lo crece anualmente.
Pero ¿qué beneficio puede reportar que un bosque tenga un certificado de sostenibilidad? Aparte del orgullo personal, cada vez más empresas y entidades exigen que la madera que se utiliza en su mobiliario y/o material de oficina sea sostenible, según reconoce Salvador, de PECF. No es sólo cuestión de principios, sino también de rentabilidad.
“La Expo de Zaragoza obligaba a todos los contratistas a utilizar madera certificada”, relata la directora técnica. Zara, por ejemplo, comenzó a utilizar bolsas sostenibles hace unos años. Esto requiere que tanto el bosque del que sale la madera como la fábrica que hace la pasta de papel y la empresa que fabrica las bolsas tengan su certificado de sostenibilidad. Es lo que en PECF llaman “la cadena de custodia”. Ahora, la firma de Inditex quiere que también las cajas de zapatos y bolsos lleven el sello que demuestra que son sostenibles. Y no son los únicos. La empresa Tetra Pack, que fabrica los famosos tetrabricks y otros envases de cartón, compra el material a Stora Enso, que a su vez se nutre en gran medida de los bosques certificados fineses.
Como recuerda Salvador, la Unión Europea tiene una política de compra verde, a la que va destinada un 17% de su presupuesto total. El Ministerio de Medio Ambiente español también ha puesto en marcha un proyecto de contratación verde.
Casi la totalidad de los bosques finlandeses pueden optar a estos contratos verdes y millonarios. Sólo el 7% de los españoles está en disposición de hacerlo. “En ocho años hemos conseguido mucho. Esperamos seguir aumentando la superficie de arbolado certificada en nuestro país. Cada vez hay más interés y más ganas”, concluyen desde PECF.

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