Una vida sin odio

Henry David Thoreau nació el 12 de julio de 1817 en Concord, Massachusetts, la pequeña villa donde unas décadas antes se había iniciado la Revolución americana. Fue la primera persona de su familia con estudios universitarios, que realizó en Harvard sin sobresalir demasiado, y tras regresar a casa fue maestro de escuela, jornalero, agrimensor, fabricante de lápices, naturalista, conferenciante y sobre todo escritor: llevó un diario durante 25 años, publicó dos libros que no se vendieron y artículos con los que completaba sus exiguos ingresos. Hoy se le considera parte de la Edad de Oro de la literatura norteamericana, con Hawthorne, Whitman, Melville, Poe y Dickinson, además de pionero del ecologismo y la desobediencia civil.

Con todo, si hay un acontecimiento que le dio fama póstuma fue su decisión de vivir durante algo más de dos años a orillas del lago Walden, a pocos kilómetros del centro de Concord, en una casa que se construyó él mismo en las tierras de su amigo Ralph Waldo Emerson. Explicó sus motivos en el justamente célebre Walden, una crónica de su estancia publicada en 1854. Citando una edición francesa de ese libro, Pierre Hadot sostiene que Thoreau fue a Walden en busca de “una vida sin odio, dedicada exclusivamente a las cosas esenciales de la existencia, aprendiendo cuanto ésta tiene que enseñarme a fin de que, llegado el momento de morir, descubra que realmente he vivido. Desearía vivir del modo más profundo, extrayendo de ella todo el jugo posible” (276).

La cita es muy conocida —aparece, por ejemplo, en la película El club de los poetas muertos— pero la versión citada por Hadot se toma algunas libertades con respecto al original. Thoreau no escribió que deseaba una vida sin odio, sino una vida deliberada: I went to the woods because I wished to live deliberately. Ignoro si la errata o licencia es del propio Hadot o, como es más probable, de alguno de los traductores al francés de Walden. Pero, de alguna manera, este lapsus è ben trovato: aunque no lo dijera entonces, Thoreau vivió deliberadamente una vida sin odio. Así lo retrató Emerson en su elogio fúnebre:

“No tenía tentaciones de combatir, ni apetitos, ni pasiones, ni gusto alguno por las naderías elegantes. Le desbordaban cosas como una bonita casa, los trajes, los modales y las charlas de la gente civilizada. Prefería, con mucho, a un buen indio y consideraba que esos refinamientos no eran sino un óbice para la conversación, de suerte que prefirió tratar a sus compañeros del modo más sencillo posible.” (Emerson y Thoreau, 136)

En ese mismo texto, Emerson llama estoico a Thoreau, añadiendo que a diferencia de Plotino poseía un “cuerpo sumamente útil y bien adaptado” al mundo material (137; 140). En efecto, Hadot argumenta convincentemente que tanto el apego al trabajo manual como ese sentimiento de comunión con la naturaleza tan característicos de Thoreau tienen sus orígenes en ese estoicismo para el que todo está en todo. Y que también recuperó, tal vez de manera no del todo consciente, aquello que Epicuro y sus discípulos habían practicado y enseñado: la liberación de toda preocupación y deseo inútil para así poder dedicarse “a los actos esenciales de la vida, al placer de sentir y existir” (Hadot, 278).

En la obra de Thoreau puede haber rabia, pero no odio. Thoreau vivió la mayor parte de su vida en casa de su familia, y en sus viajes se acompañaba de algunos amigos. Pero también recurría a la soledad voluntaria como antídoto contra el odio (ver el pasaje del diario del 16/11/1850). Lo más cercano que podemos encontrar al odio en Thoreau fue su sostenida y radical denuncia de la esclavitud: la compasión por los esclavos y por la represión sufrida por quienes —como John Brown— se alzaron para defenderlos, convertida en denuncia de los esclavistas y el sistema judicial, político y económico que les amparaba en esa América previa a la Guerra Civil. Un sentimiento reactivo y proporcional a su pasión primaria y genuina: el amor por la libertad y la vida sencilla que, a su juicio, era la mejor manera de disfrutarla y conservarla.

Antonio Casado da Rocha

  • Emerson y Thoreau. 2018. Querido Waldo: Correspondencia entre R. W. Emerson y H. D. Thoreau. Madrid: Relee.
  • Hadot, P. 2003. Ejercicios espirituales y filosofía antigua. Madrid: Siruela, 2006.

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