Crítica: Facebookistan

Por Igor Iribar (estudiante de Filosofía)

A pesar de que a nuestros oídos haya adquirido un sentido peyorativo, «-istán» es en realidad una inofensiva partícula de origen persa que quiere decir «tierra de» o «país». En nuestro mundo post 11-S el sufijo añade a la palabra a la que se adhiere una connotación de lugar de dudosos estándares democráticos, en el que cualquier intento de implementar los derechos humanos queda necesariamente en agua de cerrajas. Hacia la mitad del metraje la directora del Ranking Digital Rights, una iniciativa sin ánimo de lucro que aboga por la privacidad y la libertad de expresión de los usuarios de las grandes empresas de telecomunicaciones, realiza un comentario que condensa el mensaje de la cinta:«Facebook lo gobierna un soberano. Me gusta llamar a Mark Zuckerberg “el sultán de Facebookistán”».

La analogía no solo es apta, sino que resulta extrapolable al funcionamiento interno de esta nación de 1.650 millones de habitantes. Como personificación del Estado, Zuckerberg tiene súbditos-usuarios a los que permite vivir en su propiedad, siempre y cuando respeten las normas, sus normas. El sultanato cuenta además con una policía secreta, los Moderadores de Contenido, vasallos que por menos de 4 dólares la hora criban contenido pedófilo, torturas, violaciones y decapitaciones para que , el usuario final, tengas una experiencia apta para toda la familia.

Esta visión de la plataforma como una organización jerárquica y autoritaria se encuentra en marcado contraste con los ideales de conectar y dar voz a la gente que promulga Facebook en sus frecuentes vídeos promocionales. Facebook resulta ser poco más que un espacio comercial, cuyo potencial democratizador queda diluido por el férreo control que ejerce sobre la información, lo arbitrario de la ejecución de sus reglas y sus marcadas tendencias monopolistas, visibles sobre todo en su conquista de los mercados asiáticos, en alguno de los cuales Facebook ha logrado llegar a acuerdos con las compañías de telefonía móvil para que el acceso a Facebook sea gratuito.

En este aspecto no se diferencia de sus «hermanos» Google, Amazon, Microsoft y Apple. Estas corporaciones son conscientes de haber dado con un filón, y quieren asegurar su preeminencia a toda costa. La recopilación y venta de información personal a escalas nunca antes soñadas por los servicios de inteligencia emerge como un nuevo modelo de negocio que ya le ha valido el sobrenombre de «capitalismo de vigilancia». La aparición de estos «monopolios de la información», como los llama Max Schrems, «protagonista» involuntario de Facebookistan, inclinan peligrosamente la balanza de poder hacia aquellos que poseen y controlan esta información. En el coloquio posterior al documental, Jorge Campanillas fue contundente al respecto: «la soberanía reside en Silicon Valley».

El poder del género documental para remover conciencias consiste en mostrarnos como los actores que somos en tramas que desconocemos y bajo la atenta mirada de tramoyistas cuya presencia intuimos pero de los cuales nunca somos plenamente conscientes. El éxito de Facebookistan consiste no tanto en descorrer el telón, fuertemente sujeto por el secretismo corporativo, sino en hacernos sentir incómodos ante el grado de tupidez que éste presenta, y en hacer que nos percatemos, sea siquiera por un momento, de los sórdidos engranajes bajo los cuales operan estos gigantes. Esperemos que sea antes de que el tirón fuerte y seco de la correa nos doble el espinazo.

Erantzuna idatzi

 

 

 

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