Crítica: El orden divino

Por IRENE COULON

1971. Un pequeño pueblo de Suiza. La lucha por el voto de las mujeres.

“El orden divino”, junto a “Sufragistas” y “Clara Campoamor, la mujer olvidada”, es una película de referencia obligada para conocer la lucha por el sufragio femenino en distintos países europeos. Llena de emociones, es capaz de combinar delicadamente momentos cómicos y dramáticos.

Unas semanas antes de la votación por el sufragio femenino, Nora piensa que la lucha por la liberación de la mujer no tiene razón de ser, pues ella no necesita ser liberada. Ya lo dijo Condorcet en el siglo XVIII, la fuerza del hábito y la costumbre convencen a quien ha perdido sus derechos de no estar sufriendo injusticia alguna. Pero nuestra protagonista va a cambiar de parecer cuando su marido le impide trabajar fuera de casa, al tiempo que encarcelan a su sobrina por “conducta deshonrosa”. Se ven aquí retratados, con gran nitidez, los dos estereotipos femeninos clásicos que el patriarcado impone; la madre abnegada, amorosa, criada; y la puta, mujer pública, sucia. Si bien es cierto que ésta última está socialmente desacreditada —tal vez en parte por la influencia de la moral cristiana—, el patriarcado no sólo quiere madres, también putas, pues cada una responde a un tipo de “necesidad” del hombre. La cuestión crucial es que ambas se entienden como un puro-ser-para-otro.

Pero volvamos a nuestra historia. Unas feministas le entregan a Nora distintos panfletos junto con el libro de Betty Friedan, “La mística de la feminidad”. Obra clave del feminismo liberal del siglo XX, donde se abordan problemas fundamentales como la doble jornada. Es a partir de aquí cuando Nora comienza su andadura en la lucha sufragista y revoluciona el pequeño pueblo en el que vive. No lo hace sola, otras mujeres son clave en el desarrollo de la trama, personajes autónomos y complejos que por fin tienen relevancia propia en la gran pantalla —y no por ser “la novia del” protagonista hombre, como ocurre en un sinnúmero de películas—. Además, los lazos de solidaridad y apoyo mutuo que establecen entre ellas, nos da un ejemplo fresco, divertido y audaz del poder de la sororidad. Precisamente de la alianza de las mujeres del pueblo, surge una huelga feminista de varios días para reivindicar el sí al voto femenino. Hoy más que nunca, con la enorme repercusión que tuvo el paro internacional de mujeres de 2018, se nos eriza la piel al ver a esas mujeres abandonar todas sus tareas en su remoto pueblo de 1971. Tareas que, por supuesto, comprendían todo el trabajo doméstico, más el cuidado de hijxs, padres y suegrxs. En este sentido, la película muestra muy bien la feminización de este trabajo no remunerado que se entiende como destino de toda mujer.

Otra figura ineludible es la de la doctora Charlotte, una mujer anti-feminista que desde el principio vemos haciendo campaña en contra del sufragio femenino. Así, una vez más, “El orden divino” aborda un tema clásico de la teoría feminista, a saber, el de la oprimida que se alía con el opresor. Esta figura no es en absoluto exclusiva de la opresión patriarcal, la encontramos también en el judío que se aliaba con los nazis o el negro que ejercía de negrero. Charlotte es quien representa en la película los argumentos patriarcales clásicos: la naturaleza como destino, la ontologización de la sexualidad, el recurso a la religión, etc. Lo expresa claramente en su campaña de “anti-politización de la mujer”: es «un privilegio que podamos dedicarnos al hogar» y no hacerlo —por entrar en asuntos de política, por ejemplo— sería «contranatura», además es por el bien de la sociedad y porque así lo quiere Dios. Esta argumentación falaz descansa en el prejuicio de que las mujeres nacemos con un destino natural, esto es, el de ser madres. De modo que se hace una ontologización de la sexualidad, asumiendo que las funciones reproductivas de las mujeres determinan su identidad y su función social. Como dejara bien sentado Rousseau, la mujer ha de ser buena madre y esposa del ciudadano. Si además añadimos los —denigrantes y misóginos— mandatos de la Biblia, tenemos el esquema montado: para qué darles derechos a las mujeres si deben ser gobernadas por los hombres. Lo curioso es que el argumento se anula cuando llega a los varones, ellos no están destinados a ser exclusivamente padres. Las distintas teorías feministas llevan siglos rebatiendo estas ideas y mostrando que ni la biología, ni la religión, ni la moral son pretextos que justifiquen la desigualdad.

A pesar de encontrarse con una fuerte resistencia por parte del pueblo y el contradiscurso de Charlotte, Nora no se dará por vencida, junto con Therese, Vroni, Graziella y otras mujeres del pueblo, sigue adelante con la lucha por el sufragio, una lucha que les permitirá conocerse mejor a sí mismas, empoderarse y explorar nuevas formas de vivir, incluida la sexualidad. Para terminar, cabe apuntar que, aun cuando la película termina con la victoria del sufragio femenino, no por ello la lucha feminista ha terminado: el patriarcado no se derriba sólo con la conquista del voto. El sufragismo era necesario y gracias a él, hoy en día, las mujeres tenemos derechos que no fueron regalados, sino conquistados, pero todavía nos queda mucho que hacer.

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