Crítica: La cifra negra

Por OIHANA IGLESIAS

 ¡Ni olvido ni perdón!

Desde el cómodo asiento de terciopelo granate del Teatro Vitoria Eugenia, al otro lado de la pantalla, una se siente resquebrajada y aturdida ante las brutales imágenes de las lesiones físicas y los indignantes testimonios de las víctimas de tortura y malos tratos. Esto es, ante personas como tú y como yo que son víctimas de tortura por parte de otras personas también como tú y como yo.

Ello hace pensar, entonces, que es tan fácil compadecer el sufrimiento de otro ser humano como deshumanizar al otro para causarle dolor sin piedad ni remordimiento. Tan fácil la empatía como la banalidad del mal. Y esta es una problemática idónea para que el Festival de Cine y Derechos Humanos cree conciencia.

La tortura, por definición, es la técnica de imponer a alguien, deliberadamente, un sufrimiento extremo para obtener alguna información, confesión o denuncia, pero, más veces de las que se cree, es una técnica aplicada por pura crueldad. Resulta que es, y dice mucho de nuestra especie, un comportamiento específicamente humano; consecuencia del abuso del poder. En cualquier caso, es un acto de violencia que no queda en absoluto justificado sea cual sea el fin. Hoy, siglo XXI, se sigue practicando alrededor del mundo entero.

En ‘La Cifra Negra de la violencia institucional’ (2018), Ales Payá pretende sacar a la luz algunas vulneraciones de derechos humanos, hoy en día, concretamente por parte de los funcionarios públicos del Estado democrático español encargados de la seguridad de personas detenidas y penadas. He aquí el poder.

Claro, ¿Qué pasa cuando es “el bueno” quien ejerce la injusticia? ¿Qué cuando es el justiciero de la ley quien atenta contra la misma? ¿Qué pasa con los carceleros que castigan y castigan delincuentes a puñetazos lejos de querer reeducarlos? ¿Qué pasa con los guardianes contra el flujo ilegal de inmigrantes que se creen con el derecho de denigrar, apalizar o violar? ¿Qué pasa con los antidisturbios que turban y ensangrientan las manifestaciones pacíficas? ¿Qué pasa con todos los afectados? ¿Qué pasa con Ramón Barrios? ¿Qué pasa con Esther Quintana? ¿Quién nos defiende del ataque del que nos defiende? ¿Acaso la bolsa, la bañera, los electroshocks, los golpes, los insultos, las amenazas, el aislamiento, las condiciones infrahumanas… en cualquiera de los casos son justificables? ¿Qué pasa con el juez que mira a otro lado? ¿Cómo puede ser que en los espacios de la ley puedan darse o incluso ampararse tales prácticas? He aquí el abuso.

Axun Lasa, una mujer torturada, invitada en el coloquio posterior al largometraje, manifestó que por muy visual que sea el daño de la violencia física, son las secuelas psicológicas las más dañinas y difíciles de olvidar. La humillación, la deshumanización, la incertidumbre y el miedo que brotan entre agresión y agresión, y las cuales no cura el tiempo de forma natural. Son estas consecuencias las que aterran a las víctimas a la hora de presentar denuncias. ¿Cómo reunir valor para admitir lo sucedido y arriesgarte a que vuelva a pasar? ¿Cómo desnudar el abuso del poder institucional a través del mismo poder institucional?

La metáfora del iceberg, haciendo de la cifra negra la inmensa y tosca cantidad de hielo que se esconde en el agua bajo la delicada punta que se deja ver, esclarece la inconsciencia social y la ignorancia de tantas atrocidades desconocidas cometidas por sujetos, la mayoría sin identificar, del cuerpo de las fuerzas de seguridad. Cifra que, las autoridades españolas, insisten en negar. El gobierno ha indultado el 60% de los casos de personas condenadas por el Tribunal Supremo. Los pocos casos que se denuncian, se archivan y se archivan “por insuficiencia de pruebas”. Se ignoran. He aquí el silencio; el Estado se lava las manos porque puede.

Los contraargumentos son simples: ¿Cómo demostrar que los presos no mienten?; ¿Por qué vale más la palabra de la víctima que la del funcionario que supuestamente sigue órdenes para velar por el bien?; No, es que las pelotas de goma no tienen dirección, no se pretendía dejarte sin ojo o romperte las costillas…; Excusas y huidas. Esta película hace un llamamiento a la responsabilización.

A juicio personal diré que me impactó conocer la realidad de esta situación en boca de los abogados, psicólogos, antropólogos, médicos y víctimas que se entrevistan en la película. Sin embargo, me quedé con las ganas de conocer más del otro lado, del agresor: las instituciones violadoras, sus voces. También me faltó la visibilización del modus operandi de los medios de comunicación y su papel. A modo de crítica, parece simplista siquiera la mínima comparación entre la tortura de una prostituta colombiana deportada y la tortura de un preso político, por ejemplo. Todo el universo de condiciones y motivos es diferente, pero entiendo que lo que se quiere denunciar aquí cabe en ambos casos.

Se reclama justicia; la abolición de la tortura; el reconocimiento de las víctimas; reconocimiento de los culpables; conciencia social; la interpelación y colaboración de los jueces, los periodistas, los médicos y los policías. Se reclaman, ante todo, valores democráticos para fomentar una sociedad segura dónde poder olvidar y perdonar. Reclamos que están, como bien se ostenta en la película, bastante lejos de la realidad. ¿Vivimos en un Estado de Derecho?

Erantzuna idatzi

 

 

 

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