Crítica: A better man

Por IRENE COULON

890 mujeres han sido asesinadas por hombres en el Estado español de 2010 a 2017. Ochocientas noventa. Sólo en 2017, 99 asesinadas, una cada 4 días. En 1974, Eisaku Sato, el ex primer ministro de Japón, recibía el premio Nobel de la Paz, el mismo que pegaba y maltrataba a su mujer en la intimidad de su hogar. Un profesor de la Universidad Complutense de Madrid es denunciado en más de una ocasión por acoso sexual a sus alumnas y continúa impune, acomodado en su plaza, exactamente igual que el archiconocido y galardonado filósofo John Searle, profesor de la Universidad de Berkeley.

La relación que existe entre todos estos hechos es fundamental para comprender la singularidad de la violencia de género: vivimos en sociedades que permiten, alimentan y perpetúan la violencia contra las mujeres. Esa permisión silenciosa de la sociedad queda patente en “A better man”, cuando Attiya narra cómo corría por la calle huyendo de su maltratador y nadie, absolutamente nadie, la socorría. Recuerda incluso ver a unos vecinos cerrar las cortinas. Éste es uno de los escalofriantes testimonios que Attiya comparte en su documental con un público estremecido, donde decide mostrar el encuentro, 20 años después, con el que fuera su verdugo, Steve. Es ella quien le propone volver a verse y hablar de lo que sucedió, para tratar de cicatrizar las heridas en su caso, trabajar la responsabilidad en el de Steve.

Sin embargo, desde el más profundo respeto al trabajo que hay detrás del largometraje y a la valentía de la protagonista, a mi juicio, encontramos algunas insuficiencias en lo que a concienciación sobre la violencia de género se refiere. Por un lado, cuando vemos a Attiya y Steve trabajando con un terapeuta, quien les guía con sus preguntas, en ningún momento encontramos un cuestionamiento o reflexión crítica sobre el modelo de masculinidad que lleva a Steve a ser un maltratador, tampoco sobre el tipo de feminidad que aprendemos las mujeres, donde está implícita la sumisión y el sacrificio. Si lo que se pretende es hacer un alegato en pro de la justicia restaurativa, que acompañe a la víctima en su recuperación y al maltratador en el reconocimiento y el cambio, entonces es fundamental trabajar en la deconstrucción de la masculinidad hegemónica que el patriarcado impone a los hombres, así como en el empoderamiento y la liberación de las mujeres. O lo que es lo mismo, es imprescindible trabajar y educar en el feminismo.

Por otro lado, también en el contexto de las conversaciones con el terapeuta, se sugiere que puede existir una relación entre experiencias violentas que sufrió Steve en su infancia y el maltrato brutal que él ejercía sobre Attiya. Poner el énfasis en esa cuestión me parece un error porque, como bien se dijo en el coloquio, se corre el riesgo de utilizarla como justificación —para algo que, per se, es injustificable—. Además, aunque no se tomara como pretexto, se puede entender como causa, y esto es igualmente peligroso. Si bien es cierto que las experiencias vividas en la infancia tienen eco en la vida de una persona, asumir que los hombres maltratan a las mujeres porque previamente fueron víctimas de algún tipo de violencia es falaz. Evidentemente, pueden existir casos tales. Pero esa no es, ni mucho menos, la causa principal de la violencia estructural que se ejerce contra las mujeres. Además, basta pensar en el sinnúmero de mujeres maltratadas que no maltratan después a nadie.

El riesgo que subyace a patologizar o estigmatizar la figura del maltratador es perder la visión sistemática. Claro que es mucho más cómodo creer que un feminicida es una aberración aislada, un borracho violento o un hombre traumatizado proveniente de un ambiente marginal, es mucho más cómodo pensar que las víctimas son mujeres débiles, masoquistas o estúpidas, porque lo contrario es abrir los ojos y darnos cuenta de que ser mujer es un riesgo potencial del que no nos libramos ninguna, darnos cuenta de que ser hombre es haber aprendido que la masculinidad se basa en ejercer poder sobre los demás, pero especialmente sobre las mujeres.

Además, todo esto no empezó en la primera paliza ni en el primer feminicidio. La violencia física es uno de los últimos eslabones manifiestos de un sistema que violenta a las mujeres desde el momento en que el ser humano por antonomasia es exclusivamente el hombre, desde el momento en que se normaliza el acoso callejero —que viene dado por la masculinización del espacio público—, desde el momento en que las mujeres no somos dueñas de nuestros cuerpos, y un largo y brutal etcétera. Los datos dicen que los asesinatos de mujeres a manos de hombres no disminuyen, se mantienen. Pero hay un lugar para la esperanza de que todo esto cambie algún día, se siente en las multitudinarias marchas que está movilizando el feminismo, en programas como Gakoa o en el Festival de Cine y Derechos Humanos de San Sebastián, que ha reservado una parte importante de su agenda para tratar las vulneraciones de los derechos de las mujeres, llenando el teatro Victoria Eugenia y enfrentándonos, sin escapatoria, a la cruda realidad.

Erantzuna idatzi

 

 

 

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