Crítica: La pureza

Por: OIHANA IGLESIAS

LA PUREZA (2018)                                                                                           –de lo sucio.

El Festival de Cine y Derechos Humanos no solamente pretende denunciar, a través de la representación cinematográfica, los ataques a la justicia que se dan por todo el mundo, también concienciar, poner en marcha nuestros pensamientos en cuanto a las injusticias que nosotros mismos imponemos, ignoramos o no evitamos directamente en nuestra pequeña cotidianidad.

Hoy traigo a mis líneas un corto que se emitió el día de la inauguración. Un documental simple pero explosivo. Se trata de una entrevista a cinco niñas y niños, que con las respuestas y reacciones de los cuales, vamos descubriendo quienes son. En un principio, ingenuamente, pensé que se trataba de niños y niñas de acogida que contaban sus sueños y su historia. Es entonces cuando empiezan a hablar de la elección de sus nombres. Me resultó ciertamente raro, sospechoso, pero pensé en que para alguien con un recorrido desfavorecido podría servir un cambio de nombre como aliciente de paso de página. Un cambio de identidad.

Sin embargo, no recuerdo en qué momento, click, algo se activó en mi cabeza y los vi: Eran niños y niñas a disgusto con su género y/o sexo de origen. Y esta es, precisamente, la magia del documental. El espectador no es consciente del mensaje, que en todo momento tiene delante, hasta que resulta explícito.

Sí, hay niñas con pene y niños con vulva. ¿Cuál es el problema? ¿Por qué incomodan tanto las libres intimidades ajenas?

La convencionalidad estructurada en las sociedades se obsesiona con la polaridad de sexos en un sistema binario, mujer y hombre, y sus limitados e inintercambiables roles que nos salvan de la monstruosidad, de ser aberraciones humanas. Se nos impone sutilmente cómo debemos vivir, cómo debemos ser, cómo actuar, cómo amar, cómo formar una familia y cuál es nuestro papel en ella. Tan sutilmente, que nos lo creemos como máxima natural.

Yo nunca quise una Barbie. Sin pene y una gorra hacia atrás, jugaba al futbol hasta mancharme. Encajaba con los niños y sus roles pero el mundo se esperaba de esta niña su feminidad. Exigencias a cumplir como mujer. Y eso provocó un extraño malestar, llegué a pensar que tenía el cuerpo equivocado.

Hoy miro atrás y detesto ese pensamiento, considero que no son los cuerpos sino los estereotipos los que son erróneos. Hay una respuesta concreta que me recordó todo esto: en vistas a los sueños del futuro, uno de los niños cuenta que quiere formar una familia, un hogar…  y termina diciendo: operado. “Quiero operarme”, hay algo de esto que me chirría.

Tachadme de insensible, pero no entiendo –aunque lo acepto y respeto, no se alarme nadie- cómo alguien puede sentirse ‘por dentro’ mujer u hombre, difiriendo de su sexo, si no es por las expectativas impuestas del otro. ¿Hasta qué punto es la transexualidad una ruptura y no una perpetuación de los códigos establecidos? ¿Hasta qué punto es una liberación del ser? ¿Cuál es la necesidad? ¿Encajar? ¿Por qué no es la sociedad y sus creencias la que se reestablece para encajar en lo real? ¿Por qué cambio de sexo y no ampliación de los géneros? ¿Es el pene lo que hace de un hombre un hombre? Pero esta es otra movida que necesito seguir masticando.

A lo que quiero llegar realmente es a que estoy harta de argumentos que se apoyan en la biología o en la divinidad y tachan de antinaturales estas realidades que difieren de lo conocido, de ‘lo puro’. Cuánto miedo da la diferencia.

Centrémonos en el título. ¿Qué quiere decir Pedro Vikingo con el título La pureza?

Al consultar el diccionario filosófico de André Comte-Sponville, una se percata de que la pureza es lo que no tiene mancha o mezcla. La pureza como tal, entonces, no es ni natural ni humana, pues todo lo que vive ensucia; y todo lo que limpia, en realidad, mata. Lo puro no es que tal persona con pene sea en realidad una mujer. Esto es falaz.

Toda vida es impura. Pues toda vida se mancha y se mezcla, guste o no. ¡He ahí la riqueza!

Como sabéis, el argumento de la pureza ha sido excusa innumerables veces en la historia humana, y aún hoy es, de deportaciones y matanzas. También de discriminaciones menos violentas pero igualmente dolorosas. Sin embargo, si lo pensamos detenidamente, la salud y evolución de una comunidad nunca se ha sostenido en su pureza, étnica o moral, por ejemplo, sino en su capacidad para absorber los mestizajes.

La justicia vela por mantener un equilibro inestable pero vivo. Aceptemos la diferencia, administremos los conflictos, y ello nos hará crecer.

Me gustaría pensar- sería lo adecuado- que el título propende a la perspectiva de Simone Weil, quien creía que la pureza es poder contemplar la suciedad. ¡Amemos la suciedad! Aceptemos la realidad, incluyendo a los ‘bichos raros’ que poco a poco dejarán de parecerlo, porque no lo son. Los ‘bichos raros’ también tenemos derechos. La diferencia –lo sucio- es lo característico de la vida. No le tengamos fobia. Vivámosla.

Sí, hay niñas con pene, niños con vulva, hermafroditas, gays, lesbianas, transexuales, marimachos, reyes de la pluma… y un largo etcétera de personas, estilos de vida, muy lejos de ser aberraciones de la naturaleza.

Erantzuna idatzi

 

 

 

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