Crítica: El silencio roto

Por OIHANA IGLESIAS                                                                                                

del reflejo de nuestra sociedad.

El silencio roto es un largometraje que, además de sensibilizarte con su animación, te retrotrae a la infancia y adolescencia sin moverte del sillón y te hace repasar todos aquellos sucesos que ahora detectas claramente como acoso escolar, gracias a los testimonios de María, Victoria, Mario y Emma, nuestros protagonistas, aquellas a quienes no dejaban en paz, sufrían estrés, aguantaban insultos, burlas, o motes, a quienes pegaban o eran señaladas. Es un documental que te conciencia de tu propia irresponsabilidad.

Según el Tribunal Supremo el acoso escolar debe ser grupal, prolongado y debe darse en las aulas. Se trata de una violencia física, psicológica y/o verbal, sustentada en un desequilibro de poder y sutilmente escondida tras la expresión son cosas de niños.

Hoy en día, con la expansión de las redes sociales y aplicaciones virtuales se consigue una mayor e instantánea conexión, cercanía y comunicación, sin necesidad de mirar a la cara al otro. Es una herramienta potente que, como todas las herramientas, se le puede dar un buen uso o uno cruel. Entre otras cosas, esto da lugar al fenómeno del ciberacoso donde el agresor reúne un gran confianza al no estar expuesto y el acosado no encuentra tregua ni en casa. Entiendo que este tipo de acoso es muchísimo más difícil de parar, sin embargo, también constituye una prueba irrefutable y difícil de eliminar o disimular de la agresión. Normalmente va de la mano de las verdaderas batallas en el ring y, cada día, las hace más y más duras.

La víctima no es el problema. Sólo un sujeto que no es como quieren que sea. O sí, pues sin víctima no hay acosador. Diré, sólo un sujeto al que se infravalora para la autoafirmación. Toda la mitología del pobre, tímido y diferente que no encaja son, como duramente se afirma en el largometraje, los efectos del acoso y NO sus causas. La sugestión de la conciencia, y más en su formación, es fácil. Basta con repetir y repetir a alguien que es feo, que da asco mirarle, y castigarle por ello para que se lo termine creyendo. Modificación del autoconcepto, de la que no se es consciente hasta que es demasiado tarde. Y al fin se comporte como tal. Este tipo de acoso genera grandes daños de frustración que terminan derivándose en la autodestrucción. La víctima se ve a sí misma como víctima y, confusa, se siente culpable, por ser feo aún sin serlo, arrastra la vergüenza y queda sumido en un silencio que termina por comerle por dentro. La gente no le quiere, y eso es duro de admitir.

El acosador es el problema y su propia solución. Pero no es un monstruo, es un ser humano- o muchos-. La pregunta es falaz: ¿Cómo puede un ser tan inocente y poco experimentado ser un sujeto con tal falta de empatía que goce de humillar al otro? ¿Es esa maldad naturalmente intrínseca?

Los niños pueden llegar a ser, como bondadosos, increíblemente crueles en busca de la satisfacción narcisista. Si yo me río de ti es porque yo soy claramente superior a ti. Y si te pego una paliza ni te cuento. Y si lo cuentas, te pego otra. Tengo el apoyo de mi manada. Y, como la víctima, termino por créemelo y creerme con el derecho. Es una satisfacción ilusoria de superioridad ante el pringado que en los recreos alimenta su imaginación leyendo, por ejemplo. Ilusoria pero no tan aleatoria como se nos hace creer. Al menos no el trasfondo. En las escuelas se alimentan ciertos valores como la competitividad, la presencia fuerte, la aceptación y adoración ajena y el individualismo que acarrean este tipo de pestes. El que acosa canaliza su ira contra un débil para sentirse fuerte. Normalmente, para dejar de sentirse el débil que es cuando su propio acosador está enfrente. El acosador es también víctima, y eso te hace pensar, pero ello no lo justifica.

Todas las personas -como los alumnos que lo viven en tercera persona siendo conscientes, los profesores ocupados en asuntos ‘más importantes’ o padres que reniegan a creer que su hija o hijo no es perfecto- e instituciones -como la dirección escolar o la fiscalía que forzosamente aplican el protocolo- que se muestran indiferentes ante el acoso escolar son parte del agresor. Agresores por cobardía moral, pues perpetúan el silencio que no deja de alimentar el sufrimiento y muestran, en su no-acción, el mensaje de que las agresiones del acosador no son tan injustos. Lo son, no lo normalicemos -esto reclama Piluca Baquero.

La figura del chivato es un punto clave de la ruptura del silencio. El chivato es el que rompe la olla del juego, el que transgrede el mundo de los niños hacia el mundo adulto y traiciona la norma no escrita que pacta el silencio. El chivato es la clave de la ayuda, su origen, pero suele ser común pagarlo caro: el chivato será la siguiente víctima señalada. Personalmente me gustó mucho la figura del mediador, no la conocía.

La solución tomada suele ser señalar a la víctima y al acosador en un brillante e iluminador sermón. Error. La cosa continuará y cuando se ostenta, se suele expulsar al acosador- sólo una cara de todo el conjunto-. Error. ¿Dónde está el trabajo? ¿Dónde la reeducación? ¿Dónde, incluso, el conocimiento del miedo? ¿El reconocimiento del caso? ¿Dónde la responsabilidad? ¿Por qué no cabe la convivencia y la educación emocional en nuestro sistema educativo? ¿Por qué no se prepara estrictamente en la carrera de magisterio profesores competentes para enfrentarse a este fenómeno? ¿Por qué no prevenir y procurar la justicia?

El acoso escolar, su jueguito y su propia cifra negra, es el reflejo de nuestra sociedad.

Erantzuna idatzi

 

 

 

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