Crítica: Shootball

Por: IRENE COULON

Un escalofrío me recorre el cuerpo durante todo el tiempo que dura la película “Shootball”. Este brillante y audaz trabajo de Félix Colomer nos muestra una historia espeluznante. Una historía que no debería ser real, sólo la pesadilla de alguien una noche cualquiera. Pero lo es. A través de Manuel Barbero, padre de una víctima, descubrimos una red de pederastia en los colegios Maristas de Cataluña: distintos profesores abusaron de múltiples niños de entre 9 y 15 años durante 30 años consecutivos.

Con tan solo 24 años, el director lleva acabo un inmenso trabajo de investigación, marcado por la valentía y la firmeza, sin más interés que el de desvelar la verdad. Como él mismo dijo —en ese coloquio en que tuvimos el privilegio de escucharle—, al principio, esta historia parecía responder a un esquema que conocemos bien; el del malo y los buenos, el villano contra el mundo. Sin embargo, tirar del hilo indicado destapó un escenario mucho más complejo, uno lleno de silencio, cómplices y rostros que miran a otro lado.

Del mismo modo que esta película no hubiese sido posible sin Félix, contar esta historia tampoco lo habría sido sin Manuel. Su figura es clave. En el momento en que su hijo le contó que fue abusado por Joaquín Benitez, profesor de Maristas, lo tuvo claro: iba a luchar contra viento y marea para que se hiciera justicia. Y aún lo hace. Gracias a los carteles que colgó Manuel denunciando el caso —los cuales, por cierto, desaparecieron misteriosamente a las seis horas—, se destaparon muchos casos más que involucraban no sólo a Benitez, sino a otros profesores de tres colegios Maristas. No es sorprendente, pues, que durante el documental lo califiquen de crimen en serie.

Llegados a este punto, la pregunta es inevitable: ¿qué hacen las instituciones ante esta barbaridad? El colegio, la justicia, la policía, ¿cómo actúan cuando estos casos salen a la luz? La respuesta es demoledora. En 2011 se interpuso una denuncia por pederastia contra Benitez, seis años después seguía en la calle. En aquel entonces el caso se archivó y ni los Mossos, ni el juzgado, ni la Fiscalía investigaron más al respecto. El colegio, según confiesa el pederasta en “Shootball”, tenía conocimiento de lo que hacía y se limitaba a darle “un toque de atención” hasta que finalmente tuvo que expulsarlo —para no hacer saltar las alarmas, lo más probable—, permitiéndole despedirse alegremente de todo el mundo. Sólo el muro de silencio y las complicaciones con las que se encuentra Félix a la hora de hacer ciertas preguntas o entrevistas, es ya una clara prueba de que la cadena de responsabilidad ha fallado por completo en esta historia, como en muchas otras.

Así pues, en la película queda claro que las instituciones no son capaces de mirar de frente a los abusos sexuales. Desgraciadamente, la realidad le da la razón de la forma más terrible; el fallo del juicio contra “La Manada”, publicado el mismo día que la proyección, ratifica que son tiempos nefastos para hablar de justicia. Algo va muy mal cuando se mira a otro lado ante la violación de un niño o cuando no se considera violación lo que ocurrió en los Sanfermines de 2016, algo va muy mal cuando se cuestiona o se avergüenza a la víctima. Cuando estas cosas pasan, las instituciones son también culpables. Por eso, la labor de películas como “Shootball” o asociaciones como la de Manuel Barbero, son absolutamente necesarias para romper el silencio, para dar voz a las víctimas y prestarles respaldo, para luchar por que se juzgue duramente delitos tan atroces como los mencionados.

No quería terminar sin mencionar la extraordinaria valentía de las víctimas que nos ofrecen su testimonio en este largometraje y que se atreven a denunciar. Ojalá algún día no haya que volver a denunciar algo así. Mientras tanto, tienen todo nuestro respaldo y apoyo.

Erantzuna idatzi

 

 

 

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