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Odio a los jóvenes

F.L. Chivite nos cuenta en El Correo del 6 de marzo como la sociedad odia a los jóvenes y, también, cómo los mejor preparados se marchan. Este texto nos ayudará a entender, que no justificar, algunas de las conductas de nuestros colegiales.

Jóvenes

F.L. Chivite El Correo 06/03/2010

Hay que salvarlos, como sea. Lo diré claramente: si de verdad hay solución, o salvación, o esperanza, o como demonios quieran llamarlo, será contando con los jóvenes. Y gracias a ellos. Nunca al revés. No sé si resulto convincente. Vamos a ver. En el principio de todo hay una cosa bastante deplorable que debería cambiar: la sociedad odia a sus jóvenes. No crean que es algo nuevo, siempre ha sido así. Por otro lado, digo que eso debería cambiar, pero no me miren a mí: yo tampoco sé cómo. Lo que sí sé, porque lo veo, es que los medios de comunicación proyectan indefectiblemente una imagen negativa y derrotista de la juventud. Se nos bombardea con casos de jóvenes fracasados, insolentes y tristes que, más que nada, provocan rechazo o, en todo caso, una especie de hilaridad perversa muy actual. Y eso se hace en detrimento de los jóvenes brillantes, entusiastas y solidarios que por cierto abundan pero que, al parecer, poseen el don de la invisibilidad. Ignoro hasta qué punto es algo deliberado. Lo dudo. Sin embargo, es constante. Es como un maldito mantra repetitivo y tedioso. Y a mi entender denota algo anómalo. He dicho que la sociedad odia a sus jóvenes y soy consciente de que usar la palabra ‘odio’ suena duro. Pero es así. El odio es un concepto amplio: abarca varios significados: temor, desconfianza, envidia, etcétera. Pongan el que quieran, sirven todos. Para empezar, tengo la teoría de que desconfiamos de los jóvenes precisamente porque reflejan y ponen en evidencia la cuestionable educación que les hemos dado. Es decir, porque han aprendido de nosotros y disponen de los medios que hemos puesto en sus manos, pero por desgracia y por ley de vida ni creen en lo que les hemos dicho, ni pueden creer en la desolada herencia que les estamos dejando. Además, sospechamos, y con toda la razón, que los jóvenes perciben con mayor agudeza los signos nuevos y vislumbran, por tanto, el mundo que se avecina mucho mejor que nosotros. No es ya sólo que no les guste el tipo de cine que nos gustaba a nosotros o prefieran otras canciones: es que tampoco les gusta el tipo de vida que nos gustaba a nosotros y prefieren otro mundo. Repito, exceptuando una minoría de jóvenes que escenifican más o menos interesadamente el viejo melodrama del darse por vencidos antes de empezar, la mayor parte de la juventud contemporánea está bien preparada, tiene una visión realista del momento y es animosa y vital. Deprimirlos, un día sí y otro también, con mensajes decepcionantes y perspectivas chungas representa sin duda un error estructural de consecuencias insospechadas. De vez en cuando veo a jóvenes excepcionales, muy bien formados, dominando idiomas y pletóricos de fuerza, que se largan. Que se van de aquí. Y lo único que a continuación se me ocurre añadir es: demonios, no me extraña.

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