Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Puntos de vista cristianos sobre el patriotismo

 

Documentos, 8 zk., 1951

 

      Es evidente que el sentimiento patriótico ha adoptado formas diferentes en el curso de la historia y que, aun dentro de una misma época, pueden considerarse diferentes concepciones del patriotismo de apariencia muy diversa. Algunos de nuestros amigos nos recuerdan la larga evolución del patriotismo: las antiguas ciudades griegas, las comunidades medievales, las Repúblicas urbanas del Renacimiento italiano, las Monarquías de derecho divino, el Estado jacobino de los siglos XVIII y XIX... Ante esta diversidad de formas del patriotismo que se manifiestan a lo largo de tal evolución, queda uno vacilante. Más aún, como nos dice el Sr. AZAOLA, la idea y el sentimiento de la patria, aunque sean cosas de por sí excelentes, son humanas y han de cambiar en la medida en que las formas sociales cambien. «Toda nueva forma de sociedad exige una nueva forma de patriotismos».

      ¿Cómo podremos, pues, establecer una noción de la patria válida al mismo tiempo para el pasado y para el presente, para la antigua Grecia y para los Estados Unidos de Norteamérica, para el Occidente y para el Oriente, para los pueblos sedentarios y para los pueblos nómadas?

      El Canónigo LECLERCQ prefiere una definición muy general, aunque un poco vaga. El patriotismo, dice el Profesor de Lovaina, es una «forma de vinculación al grupo que presupone un grupo bastante extendido en el que reine un sentimiento unánime de solidaridad». Esto puede parecer poco preciso, pero debe reconocerse que es muy difícil, y casi imposible, llegar a una definición satisfactoria.

      La patria, afirma el Sr. DE CORTE, es «tierra de antepasados, marco de vida común, conjunto de aspectos físicos y morales transmitidos de generación en generación, costumbres, acciones y pasiones tradicionales de la inteligencia y del alma, civilización proyectada en el espacio y en el tiempo...» pero «todas estas notas, por muy verídicas y desbordantes de significación que sean, no agotarán jamás el contenido misterioso de la patria». La patria, dice el Sr. ESTEBAN citando textos de diferentes autores, es tierra, raza, costumbres, leyes, religión, lengua; es espíritu y carne, y abarca valores ónticos y étnicos, geográficos y culturales.

      Pero la patria sigue siendo todavía un misterio, en el sentido que Gabriel Marcel da a esta palabra. Es algo inobjetivable e incodificable, que se encuentra al mismo tiempo dentro y fuera de nosotros.

      Corremos, pues, el peligro de quedarnos sin saber lo que es la patria. Para evitar este peligro el Sr. ROLIN prefiere acogerse a una concepción más realista al afirmar que «la patria es, ante todo, patrimonio, conjunto de bienes transmisibles, y de los cuales participa todo hombre por su nacimiento como de un capital común».

      ¿Cómo salir de esta jungla de ideas?

      Una observación del Rvdo. P. HAMER podría, sin duda, sernos útil para no caer en lo inefable. El patriotismo podría ser una noción graduada, analógica, no homogénea. Esto nos permitiría, por otra parte, llegar hasta un patriotismo de dimensiones mundiales, partiendo del patriotismo íntimo y misterioso, del que nos une a las realidades más condensadas y carnales.

      ¿Será posible una noción pluralista del patriotismo? El Sr. AZAOLA es el que se muestra más entusiasta de esta idea. Nos recuerda el patriotismo sensitivo, sentimental y metafísico que D. Miguel de Unamuno nos describía hace ya más de un cuarto de siglo. Nos habla también de los círculos concéntricos que se ensanchan cada vez más hasta alcanzar el mundo entero sin que uno pueda o sin que deba encerrarse dentro de ninguno de estos círculos, ni olvidar ninguno de ellos.

      Pero este patriotismo pluralista, o la noción pluralista de la patria, no se alcanza sin dificultades, porque, como hace notar el Sr. DE CORTE, el hombre tiene «un poder limitado de adhesión a la realidad que le rodea». Nuestra capacidad de conocer y de amar no es indefinidamente extensible.

      «Durante el período liberal se trabajó por concentrar únicamente en el Estado todos los sentimientos de vinculación a los grupos. En lugar de favorecer la formación de grupos naturales y el sentimiento de vínculo proporcional a los bienes que se encuentran en cada grupo, se trató de destruir todos los sentimientos comunitarios, aparte del sentimiento nacional, de forma que se diera a éste un carácter absoluto». A este respecto, el canónigo LECLERCQ piensa que «el Estado occidental ha sido castigado por donde más pecado había». Pero, ¿no se vuelve a cometer este pecado por los que, declarándose ciudadanos del mundo, quieren prolongar infinitamente la idea de patria, hasta hacer de ella una realidad puramente «intelectiva» y parecen olvidar la existencia de las patrias reales y vivientes?

      Quizás sea necesario rehacer el patriotismo en torno a una concepción pluralista de la patria. Este es, precisamente, un aspecto del problema que proponemos a nuestros amigos. Las ideas que el Sr. LIEBESKIND nos ha comunicado respecto al patriotismo suizo podrán, sin duda, prestarles un buen servicio.

 

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      Entre las muchas cosas que hoy están en crisis el patriotismo no es, seguramente, la menos importante. Pero, ¿cuál es el alcance y la profundidad de esta crisis del patriotismo? Cuando se dice que el patriotismo está en crisis no se quiere expresar que sea una virtud poco practicada actualmente —lo cual tendría una importancia muy relativa— sino que esa virtud encuentra con mucha dificultad su propio objeto en la sociedad secularizada y desarraigada de nuestro tiempo. «Sea que el término patria no tenga ya ningún sentido, sea que el deber de culto y de servicio que en otros tiempos se rendía a la patria se preste hoy a otras comunidades» el patriotismo es, para muchos, algo desprovisto de toda significación virtuosa, observa el Sr. LAS CASES. «No se tiene ya la sensación, de que el Estado o la comunidad nacional corresponde en la vida de sus miembros al sentimiento violento y exclusivo que se tiene la costumbre de denominar patriotismo. algunos, demasiado apegados a las viejas ideas, se irritan cuando se discute la cuestión y siguen desarrollando los tempos patrióticos tal como se hacía hace cincuenta años; pero su actitud misma acentúa el contraste, entre estos sentimientos y la realidad actual», dice por su parte el canónigo LECLERCQ.

      Por otra parte, las últimas crisis nacionalistas han puesto en evidencia que hay muchas cosas inaceptables que se ocultan bajo la apariencia del patriotismo... La misma Iglesia se ha visto obligada a desenmascarar ciertas deformaciones que recuerdan las edades del paganismo.

      El canónigo LECLERCQ llega a preguntarse «si el patriotismo es más a menudo, fuente de virtud que de vicio». «Evitemos —dice— este juego de palabras. Si se empieza por decir: llamamos patriotismo al amor virtuoso de la patria, se llegará evidentemente a ver una virtud en el patriotismo y se dará otro nombre a todas las demás formas pecaminosas del amor de la patria. Pero esta actitud no conduce más que al verbalismo, porque si se empieza por definir el patriotismo como una virtud, ya no hace falta discutir si es una virtud».

      AZAOLA se muestra todavía más categórico: nos asegura que durante los últimos años el patriotismo h dejado de ser una fuerza beneficiosa; que hace mucho que el Estado Nacional disgrega a los Europeos en lugar de unirlos; que durante los últimos tiempos el patriotismo ha producido más males que bienes, al contrario de lo que sucedía en otras épocas. La principal queja que se formula contra el patriotismo, es que constituye una rémora, un obstáculo que se opone a la unificación del mundo.

      «El drama de nuestro tiempo es que el sentimiento patriótico parece un obstáculo para la constitución de las nuevas comunidades, y como éstas corresponden a la primera necesidad del siglo, algunos espíritus preocupados en salvar la civilización, reaccionan violentamente contra el propio patriotismo». Así se expresa el Canónigo LECLERCQ.

      Además la idea de patriotismo, como virtud, no fue muy apreciada por los cristianos de los primeros siglos. PANIKER aporta indicaciones preciosas a este respecto. Nos dice, por ejemplo, que Celso, en el siglo II, combate el Cristianismo porque «destruye los caracteres nacionales de los diferentes pueblos». También nos recuerda PANIKER con mucha oportunidad ciertas palabras de San Pablo y nos muestra con citas muy ajustadas hasta qué punto la idea universalista privaba entre los primeros cristianos por encima de la idea patriótica. Los cristianos eran sospechosos como patriotas. LECLERCQ y CELIER insisten también sobre esta idea. Este nos dice que «a los ojos de los paganos, los cristianos son enemigos del Estado, puesto que se niegan a honrar a los dioses de la ciudad. Los apologistas se esfuerzan en demostrar que los cristianos, en cuanto cristianos, son los mejores ciudadanos del Imperio: este malentendido no es ciertamente uno de los menores motivos de la muerte de innumerables mártires».

      El Sr. CELIER nos señala, agudamente, el carácter, un tanto paradójico, al parecer, del patriotismo cristiano: «la paradoja del patriotismo —dice— se convierte en algo escandaloso: ¿cómo la caridad universal puede imponer una preferencia, un tanto exclusiva, por un determinado grupo social?».

      Es evidente que todas estas dificultades son más aparentes que reales. Pero para deshacerlas es necesario reducir la idea de Patria a sus justos límites. El patriotismo será una virtud en la hipótesis de que no pretenda absorber al hombre y de que no se separe de su verdadero objeto: sólo entonces podrá decirse que es una virtud natural y que asumido por la gracia, puede constituir, para el cristiano, un peldaño de esta escala de Jacob que une la tierra con el cielo.

      La cuestión que proponemos a nuestros amigos consiste en reconocer la profundidad de la crisis y en averiguar si, en el fondo, esta crisis es una crisis de crecimiento, más bien que de decadencia. Esto permitiría, por otra parte, fijar las condiciones del patriotismo virtuoso en nuestro tiempo.

 

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      En el mundo actual, las ideologías (marxismo, fascismo, democracia...) obran como grandes fuerzas de aglutinación y de disgregación entre los hombres. Esto ocurre hoy más que en ninguna otra época de la historia.

      Patriotismos e ideologías se entremezclan, pues, hasta la confusión.

      Por una parte, las ideologías adoptan a veces el aspecto venerable del patriotismo a fin de exigir los sacrificios de los ciudadanos. El profesor DE CORTE evoca el problema de la resistencia al nazismo y muestra en muchos casos, más que la patria misma, a través del alma de los hombres, era la concepción política de la que los hombres estaban impregnados hasta la médula la que resistía al invasor. El enemigo era menos odiado como enemigo que como portador de una idea opuesta a otra idea. El combate entre el francés y el alemán estaba como sumido por la lucha entre el «demócrata» y el «fascista». Y SALLERON nos muestra hasta qué punto «las ideologías nacidas entre las dos guerras no han podido tomar cuerpo e imponerse más que alrededor de la idea nacional».

      Al contrario, los nacionalismos se ocultan a veces bajo la apariencia de los sistemas y de las doctrinas políticas que utilizan como un medio de penetración imperialista. Nadie duda de que el comunismo sea un arma muy poderosa al servicio del nacionalismo ruso, como la revolución lo había sido en otros tiempos al servicio del imperialismo francés. En cuanto a la China de Mao-Tse-Tung, Louis SALLERON nos recuerda también «que no hay necesidad de ser un experto en asunto asiáticos... para asegurarse de que el nacionalismo ha determinado una revolución que el comunismo colorea». ROLIN nos dice a su vez, muy juiciosamente, que «el patriotismo partidista es una patriotismo desnaturalizado, que en lugar de sentir a la patria como una realidad carnal y concreta la concibe como el lugar de una ideología, la expresión de un ideal: la Patria es para él mensajera de una filosofía del hombre y de la Sociedad...». «Es imposible que este patriotismo no se vuelva en seguida partidista: el partidista reconoce el privilegio de encarnar a su patria sólo a tal filosofía, a tal sistema político, con exclusión de todos los demás. Y su patriotismo se hace inevitablemente apasionado, se convierte en un encarnizamiento, en reducir y en destruir todo lo que no se conforma con la imagen estrecha y endurecida que él se ha formado de su país. Así nacen los partidos, las facciones, las guerras civiles, tanto más inexplicables cuanto más animadas están de un ardiente patriotismo».

      Para no ir más lejos, recordemos aún que los ismos marxistas nos hablan de la «patria proletaria» como de algo específicamente distinto de la «patria burguesa».

      Y puede ser que no les falte enteramente razón.

      Esta relación estrecha entre patriotismo e ideología ¿es algo puramente contingente y al mismo tiempo poco deseable o, al contrario, representa una afinidad más profunda y necesaria? Ideología y patriotismo ¿son realmente separables? ¿Cuál es en fin, en las luchas contemporáneas, la auténtica parte de ideología y la de patriotismo?

 

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      He aquí una cuestión que parece bastante aventurada y un tanta banal: ¿Es necesario rehacer la Teología del patriotismo? «Yo no lo creo así —nos responde el P. HAMER— ¿No sería mejor rehacer el inventario de nuestras deudas?». Si en la Edad Media la Teología no presentaba más que tres formas menores de la justicia, la religión, la piedad hacia la patria y la piedad hacia los padres, esto podría ser válido para el mundo medieval, pero en nuestro mundo el campo de nuestras deudas se ha ampliado y «cada día adquirimos más conciencia de una herencia histórica común más vasta que la del país natal».

      Convengamos, pues, en que no es necesario rehacer la Teología del patriotismo, sino ampliar la idea de patria.

      Pero, ¿no sería posible ampliar la misma Teología, añadiéndole nuevas y grandiosas perspectivas?

      Ante todo, la concepción del deber patriótico sobre la noción de deuda se apoya más sobre la contemplación del pasado que sobre la perspectiva del futuro: de esta forma el patriotismo se convierte preferentemente en un culto a los antepasados y a los padres de la patria, adopta la forma de la fidelidad. Así es como se le ha concebido durante siglos, pero la mentalidad moderna es radicalmente «futurista»: la esperanza de un porvenir mejor une a los hombres en la tarea común antes que el recuerdo de un pasado más o menos discutible.

      «No debiéramos extrañarnos de que el patriotismo sea una palabra vana si se continúa sosteniendo que la patria es la tierra de los antepasados, porque se reducirá a una larga y estéril lamentación sobre el pasado. Será una vana palabra en tanto que se continúe calificando con el temible nombre de apátrida a todas esas gentes que han optado por una tierra de libertad, una civilización hospitalaria en la que han encontrado una razón de vivir». Reconozcamos que son ideas muy juiciosas las que aquí expone el Sr. LAS CASES.

      Parece, pues, muy natural que una concepción del patriotismo basada sobre la noción de deuda despierte menos interés que otra fundada sobre la idea de misión o de vocación común. La patria sería, pues, una comunidad de esperanza antes que una comunidad de deuda. Recordemos aquí la frase de Nietzsche: «La patria no es la tierra de los padres sino la tierra de los hijos».

      Pero ¿hasta qué punto se puede construir una teología del patriotismo fundada sobre estas ideas? Ese es, en el fondo, el problema que se propone el Sr. ROLIN al preguntarse si acaso existe una vocación sobrenatural colectiva. De la misma manera que el pueblo de Israel fue destinado por Dios a realizar una misión en la Historia, ¿podría decirse otro tanto de los demás pueblos? ¿Responde a una voluntad expresa de Dios el papel desempeñado por cada patria en cada período de la historia? He aquí un camino que nos conduciría sin duda a difíciles cuestiones teológicas, cuya importancia no escapa a nadie, porque «mientras seamos víctimas de las mortales dicotomías entre lo natural y lo sobrenatural, entre los derechos de la naturaleza y las exigencias de la gracia... no podremos dialogar en católico sobre los problemas del mundo de hoy». R. PANIKER.

      Pero el Sr. ROLIN va todavía más lejos y se propone un problema aun más difícil. ¿Es que, en nuestras patrias, se pregunta, hay algo que participe de la eternidad? Presenta esta cuestión dentro del encuadre preciso del dogma cristiano de la resurrección de la carne. Porque hace falta saber si las patrias resucitarán también con nosotros. Parece que el Sr. CELIER no es de esta opinión. «En la eternidad —nos dice— no habrá ni naciones ni patrias». ¿Puede afirmarse, como lo hace CELIER, que la diversidad de naciones es una consecuencia del pecado? ¿Habría que tomar al pie de la letra la narración bíblica de la Torre de Babel, suponiendo que la división de la humanidad en patrias, naciones y razas sea un castigo de Dios?

      Dios es el que dirige a las naciones y es Él el que conduce la Historia. ¿Por qué no admitir que esta diversidad nos lleve a una armonía grandiosa que, por el momento, no alcanzamos a comprender?

      He aquí un conjunto de ideas que pudieran ser, sin duda, el punto de partida de una nueva teología del patriotismo. Una nueva Teología que no hubiera roto sus lazos con la antigua.

 

 

      Il est évident que le sentiment patriotique a adopté des formes différentes au cours de l'histoire et que même dans une seule époque de différentes conceptions du patriotisme d'apparence très diverse peuvent être envisagées. Plusieurs de nos amis nous rappellent la longue évolution du patriotisme: les anciennes villes grecques, les communautés médiévales, les Républiques urbaines de la Renaissance italienne, les monarchies de droit divin, l'État jacobin du XVIIIe et XIXe siècle... On hésite devant cette diversité de formes du patriotisme qui se manifeste au long d'une telle évolution. Plus encore, comme nous dit M. AZAOLA, l'idée et le sentiment de la patrie, quoiqu'ils soient des choses excellentes, ce sont des choses humaines et ils doivent changer à mesure que les formes sociales changent. «Toute nouvelle forme de société exige une nouvelle forme de patriotisme».

      Comment établir une notion de la patrie valable en même temps pour le passé et pour le présent, pour la Grèce antique et pour les États Unis de l'Amérique du Nord, pour l'Occident et pour l'Orient, pour les peuples sédentaires et pour les peuples nomades?

      Sans doute il y a quelque chose de commun dans tous ces patriotismes. C'est à cause de ça que M. le Chan. LECLERCQ préfère une définition très générale quoique un peu vague. Le patriotisme, nous dit le Prof. de Louvain, est une «forme d'attachement au groupe qui suppose un groupe assez étendu dans lequel règne un sentiment unanime de solidarité». Cela peut paraître trop peu précis mais on doit reconnaître qu'il est extrêmement difficile, et même impossible, d'arriver à une définition satisfaisante.

      La patrie, affirme M. DE CORTE, est «terre des ancêtres, cadre de vie commune, ensemble d'habitudes physiques et morales transmises de génération en génération, moeurs, actions et passions traditionnelles de l'intelligence et de l'âme, civilisation étalée dans l'espace et dans le temps...» mais «toutes ces notes, si véridiques et si débordantes de signification qu'elles soient, ne puiseront jamais le contenu mystérieux de la patrie». La patrie, nous dit M. l'Abbé ESTEBAN en citant des textes de différente auteurs, est terre, race, coutumes, lois, religion, langage, elle est esprit et chair, elle comprend des valeurs antiques et ethniques, géographiques et culturelles.

      Mais la patrie est encore un mystère dans le sens que M. Marcel a donné à ce moi. Quelque chose d'inobjetivable et d'incodifiable qui se trouve dedans nous en même temps qu'en dehors de nous.

      Le danger existe de ce qu'on n'arrive jamais à savoir ce que c'est la patrie. C'est pour éviter ce danger que M. ROLIN préfère de s'attacher à une conception plus réaliste en affirmant que «la patrie est avant tout patrimoine, ensemble des biens transmissibles et auxquels tout homme participe par sa naissance comme à un capital commun».

      Comment se tirer de cette jungle d'idées?

      Une observation du R.P. HAMER pourrait sans doute nous être utile, afin de ne pas tomber dans l'ineffable. Le patriotisme serait une notion étagée, analogique, non homogène. Cela nous permettrait d'arriver jusqu'à un patriotisme de dimensions mondiales en partant du patriotisme le plus intime et mystérieux, celui qui nous rattache à des réalités les plus condensées et charnelles.

      Une notion pluraliste du patriotisme serait-elle possible? C'est M. AZAOLA qui se montre le plus enthousiaste de cette idée. Il nous rappelle le patriotisme sensitif, sentimental et métaphysique que D. Miguel de Unamuno nous décrivait il y a plus d'un quart de siècle. Il nous parle aussi des cercles concentriques qui s'élargissent de plus en plus jusqu'à atteindre le monde tout entier sans qu'on doive s'enfermer dans aucun de ces cercles, ni oublier aucun d'eux.

      Mais le patriotisme pluraliste, ou la notion pluraliste de la patrie, ne va pas sans difficultés parce que, comme M. DE CORTE nous fait noter, l'homme a «une puissance limitée d'adhésion à la réalité qui l'entoure». Notre capacité de connaître et d'aimer n'est pas indéfiniment extensible.

      «Pendant l'ère libérale on a travaillé à concentrer sur l'État seul tous les sentiments d'attachement aux groupes. Au lieu de favoriser la formation de groupes naturels et le sentiment d'attachement proportionné aux bienfaits qu'on trouve dans chaque groupe, on a essayé de détruire tous les sentiments communautaires en dehors du sentiment national, de façon à donner à celui-ci un caractère absolu». C'est à cet égard que M. le Chan. LECLERCQ pense que «l'État occidental est puni par où il a péché». Mais ce péché n'est-il pas repris par ceux qui, en se déclarant citoyens du monde veulent, élargir infiniment l'idée de patrie, jusqu'à faire d'elle une réalité purement «intellective» et semblent oublier l'existence des patries réelles et vivantes?

      C'est autour d'une conception pluraliste de la patrie qu'il faut probablement refaire le patriotisme. Voici, justement, un aspect important du problème que nous posons à nos amis. Les idées que M. LIEBESKIND a voulu bien nous communiquer au sujet du patriotisme suisse pourront, sans doute, tuer rendre service.

 

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      Parmi tant de choses qui sont aujourd'hui en crise, le patriotisme n'est pas sans doute la moins importante. Mais quelle est la profondeur et la portée de cette crise du patriotisme? Quand on dit que le patriotisme est en crise on ne veut pas exprimer qu'il soit une vertu peu pratiquée actuellement, ce qui d'ailleurs aurait une importance très relative, mais qu'elle trouve avec une grande difficulté son objet dans la société laïcisée et déracinée de notre temps. «Soit-il que le terme de patrie n'ait plus de sens, soit que le devoir du culte et du service rendu jadis à la Patrie soit rendu à de nouvelles communautés» le patriotisme est pour beaucoup quelque chose dénuée de toute signification vertueuse, constate M. de LAS CASES. «On n'a plus le sentiment que l'État ou la communauté nationale corresponde dans la vie de ses membres au sentiment violent et exclusif qu'on a l'habitude de dénommer patriotisme. Un certain nombre, attachés aux idées anciennes, s'irritent qu'on discute la question et continuent à développer les thèmes patriotiques comme on le faisait, il y a cinquante ans; mais leur attitude même accentue le contraste entre la réalité actuelle et ces sentiments», dit M. le Chan LECLERCQ.

      D'ailleurs les dernières crises nationalistes ont mis en évidence qu'il y a beaucoup de choses inacceptables qui se cachent sous l'apparence du patriotisme... L'Église, elle-même, a été obligée à démasquer certaines déformations qui rappellent les ages obscurs du paganisme.

      M. le Chan LECLERCQ arrive à se demander «si le patriotisme est plus souvent source de vertu que de vice». «Evitons, dit-il, de jouer sur les mots: si on commence par dire: nous appelons patriotisme, l'amour vertueux de la patrie, on aboutira évidemment á voir une vertu dans le patriotisme et on donnera un autre nom à toutes les formes d'amour de la patrie qui engendrent des péchés. Mais cette attitude n'aboutit qu'à du verbiage, parce que si on commence par définir le patriotisme comme une vertu, il n'y a plus à discuter s'il est une vertu...».

      M. AZAOLA se montre encore plus catégorique. Il nous assure que «pendant les dernières années le patriotisme a laissé d'être une force bien faisante, qu'il y a longtemps que l'État national désagrège les européens au lieu de les unir, que pendant les derniers temps le patriotisme a produit plus de maux que de biens, au contraire de ce qui arrivait aux autres époques». Les principal grief qu'on en fait c'est qu'il est un rémora, un obstacle qui s'oppose à l'unification du monde.

      «Le drame de notre temps est que le sentiment patriotique paraît un obstacle à la constitution de ces nouvelles communautés et, comme celles-ci correspondent a la première nécessité du siècle, un certain nombre d'esprits préoccupés de sauver la civilisation réagissent violemment contre le patriotisme lui-même». Ainsi s'exprime M. le Chan. LECLERCQ.

      En plus, l'idée du patriotisme comme vertu n'a pas été très chère aux chrétiens des premiers siècles. C'est M. l'Abbé PANIKER qui nous apporte des indications très précieuses à cet égard. Il nous dit, par exemple, que Celso combat le christianisme au IIe siècle parce qu'il «détruit les caractères nationaux des différents peuples». C'est bien M. PANIKER qui nous rappelle avec opportunité certains mots de S. Paul qui nous montre avec des citations très justes jusqu'à quel point l'idée patriotique. Les chrétiens étaient des patriotes suspects. M. le Chan. LECLERCQ et M. CELIER insistent aussi sur cette idée. Celui nous dit que «aux yeux des païens, les chrétiens sont des ennemis de l'État, puisque ils refusent d'honorer les dieux de sa cité. Les apologistes ont beau protester que les chrétiens sont, parce que chrétiens, les meilleurs citoyens de l'Empire: ce malentendu n'est pas moins la cause d'innombrables martyres».

      M. CELIER montre très bien le caractère paradoxale, en apparence, du patriotisme chrétien: «le paradoxe du patriotisme, dit-il, ne devient que plus scandaleux: comment la charité universelle peut-elle n'imposer une préférence, un peu exclusive, pour tel groupe social?».

      Il est évident que toutes ces difficultés sont plus apparentes que réelles. Mais pour les défaire il faut réduire l'idée de la patrie à ses justes limites. le patriotisme sera une vertu dans l'hipothèse qu'il ne prétende pas absorber l'homme et qu'il ne soit pas séparé de son véritable objet: seulement alors on pou une crise de croissance plutôt que de décadence. Cela permettre que, surélevé par la grâce, il peut constituer pour le chrétien une marche de cette échelle de Jacob qui unit la terre avec le ciel.

      La question qui se pose à nos amis c'est de reconnaître la profondeur, de la crise et de savoir si, au fond, cette crise est une crise de croissance plutôt que de décadence. Cela permettrait d'ailleurs de fixer les conditions du patriotisme vertueux dans notre temps.

 

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      Dans le monde actuel les idéologies (marxisme, fascisme, démocratie...) agissent comme de grandes forces d'agglutination et de désagrégation entre les hommes. Cela arrive aujourd'hui beaucoup plus que dans aucune autre époque de l'histoire.

      Patriotismes et idéologies s'entremêlent donc jusqu'à la confusion.

      D'un côté les idéologies adoptent parfois l'aspect vénérable du patriotisme afin d'exiger des sacrifices aux citoyens. M. DE CORTE évoque le problème de la résistance au nazisme et montre que «en bien des cas, ce ne fut moins la patrie elle-même qui résistait à l'envahisseur à travers l'âme des hommes, que la conception politique dont les hommes étaient imprégnés jusqu'aux moelles. L'ennemi était moins haï en tant qu'ennemi qu'en tant que porteur d'une idée opposée à une autre idée. Le combat entre le Français et l'Allemand était comme aspiré par la lutte entre le «démocrate» et le «fasciste». M. SALLERON nous montre jusqu'à quel point «les idéologies qui sont nées entre les deux guerres n'ont pu, quelles qu'elles fussent, prendre corps et s'imposer qu'autour de l'idée nationale».

      Au contraire les nationalismes se cachent parfois sous l'apparence de systèmes et de doctrines politiques qu'ils utilisent comme un moyen de pénétration impérialiste, Personne ne doute que le communisme ne soit une arme très puissante au service du nationalisme russe comme la révolution l'avait été jadis au service de l'impérialisme français. Quant à la Chine de Mao Tsé Tung, c'est aussi M. SALLERON qui nous rappelle qu'il n'y a pas besoin «d'être expert en choses asiatiques... pour s'assurer que le nationalisme a déterminé une révolution que le communisme colore». M. ROLIN à son tour nous dit très judicieusement que «le patriotisme partisan est un patriotisme dénaturé qui au lieu de sentir la patrie comme une réalité charnelle et concrété la conçoit comme le lieu d'une idéologie, l'expression d'un idéal: la patrie est pour lui messagère d'une philosophie de l'homme et de la société...» «Il est impossible que ce patriotisme ne devienne aussitôt partien: c'est à telle philosophie, à tel système politique, à l'exclusion de tous autres que le partisan reconnaît les privilèges d'incarner sa patrie. Et son patriotisme en devient inévitablement passionné: un acharnement à réduire et à détruire tout ce qui ne se conforme pas à l'image étroite et durcie qu'il se fait de son pays. Ainsi naissent les factions les guerres civiles, d'autant plus inexplicables quelles sont animées d'un plus ardent patriotisme».

      Pour ne pas aller plus loin rappelons encore que les marxistes, eux-mêmes, nous parlent de la «patrie prolétaire» comme de quelque chose spécifiquement différente de la «patrie bourgeoise».

      Et il se peut qu'il ne leur manque pas entièrement la raison.

      Cette liaison entre patriotisme et idéologie serait-elle quelque chose purement contingente, et en même temps peu désirable, ou, au contraire, représenterait-elle une affinité plus profonde et nécessaire? Idéologie et patriotisme sont-ils séparables? Quelle est en fin dans les lutte contemporaines, la part de l'idéologie et la part du patriotisme authentiques?

 

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      Voici une question qui semble trop aventureuse et peut être un peu banale: Faut il refaire la Théologie du patriotisme? «Je ne le pense pas —nous répond le P. HAMER—. Ne faudrait-il pas refaire plutôt l'inventaire de nos dettes?». Si au Moyen Age le théologie n'envisageait que trois formes mineurs de la justice: la religion, la piété envers la patrie et la piété envers les parents, cela pourrait être valable pour le monde médiéval, mais dans notre monde le domaine de nos dettes s'est élargi et «nous prenons de plus en plus conscience d'un héritage historique commun plus vaste que celui du pays natal».

      Convenons donc a ce qu'il ne faut pas refaire la théologie du patriotisme, mais élargir l'idée de Patrie.

      Mais ne serait-il pas possible élargir la Théologie elle même en y ajoutant des nouvelles et grandioses perspectives?

      D'abord la conception du devoir patriotique sur la notion de celle met surtout l'accent sur la contemplation du passé plutôt que sur la perspective du futur: de cette façon le patriotisme devient surtout un culte dirigé aux ancêtres et aux pères de la Patrie, il adopte la forme de fidélité. C'est ainsi qu'on l'a conçu pendant des siècles, mais la mentalité moderne est radicalement «futuriste»: c'est l'espoir d'un avenir meilleur plutôt que le souvenir d'un passé plus ou moins discutable, ce qui unit les hommes dans la tâche commune. «Il ne faudra pas s'étonner que le patriotisme ne soit plus qu'un vain mot si l'on continue à soutenir que la patrie est la terre des ancêtres car il se résumera dans une longue et stérile lamentation sur le passé. Il ne sera qu'un vain mot tant que l'on continuera a qualifier du nom épouvantable d'apatride tous ces gens qui ont opté pour une terre de liberté, une civilisation hospitalière dans laquelle ils ont retrouvé une raison de vivre». Réconnaisons que ce sont des idées très judicieuses celles qui exprime ici M. LAS CASES.

      Il semble donc très naturel qu'une conception du patriotisme basée sur la notion de dette éveille moins d'intérêt qu'une autre fondée sur l'idée de mission ou de vocation commune. La Patrie serait donc une communauté d'espérance plutôt qu'une communauté de dette. Rappelons ici le mot de Nietzsche «La Patrie n'est pas la terre des parents mais la terre des enfants».

      Mais jusqu'à quel point peut on construire une théologie du patriotisme fondée sur ces idées? Voilà un fond le problème que se pose M. ROLIN en se demandant s'il existe une vocation surnaturelle collective. De la même façon que le peuple d'Israel a été destiné par Dieu à réaliser une mission dans l'Histoire, pourrait-on dire la même chose des autres peuples? Le rôle joué par chaque patrie dans chaque période de l'Histoire répondit à une volonté expresse de Dieu? Voici un chemin qui nous conduirait sans doute à de difficiles questions théologiques dont l'importance n'échappe a personne car «tandis que nous soyons les victimes des dichotomies mortelles entre le naturel et le surnaturel, entre les droits de la nature et les exigences de la grâce... nous ne pourrons pas dialoguer en catholique sur les problèmes du monde d'aujourd'hui» (PANIKER).

      Mais M. ROLIN va encore plus loin et il se pose un problème encore plus difficile. Est-ce qu'il y a, se demande-t-il, dans nos patries quelque chose qui participe de l'éternité? Il pose cette question dans le cadre très précis du dogme chrétien de la résurrection de la chair. Donc, ce qu'il faut savoir c'est si les patries réssuciteront aussi avec nous. Il semble que M. CÉLIER n'est pas de cette opinion. «Dans l'éternité, nous dit-il, il n'y aura pas ni nations ni patries». Peut-on affirmer, comme le fait M. CELIER, que la diversité de nations soit une conséquence du péché? Faudrait-il prendre trop à la lettre le récit biblique de la Tour de Babel en supposant que la division de l'humanité en patries, nations, et races soit un châtiment de Dieu?

      C'est Dieu qui conduit les nations, c'est bien Lui qui conduit l'Histoire. Pourquoi ne pas admettre que cette diversité nous portasse à une harmonie grandiose que pour le moment nous n'arrivons pas a comprendre?

      Voilà un ensemble d'idées qui pourrait être, sans doute, le point de départ d'une nouvelle théologie du patriotisme. Une nouvelle théologie qui n'aurait pas coupé les ponts avec l'ancienne.

 

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