Karlos Santamaria eta haren idazlanak

 

Simona Weil

 

El Diario Vasco, 1957-06-30

 

      Muchas de las cosas que ahora acontecen no podrían ser interpretadas sin ayuda de una apropiada exégesis. Esto parecerá extraño, tratándose, como se trata, de sucesos que acaecen ahora mismo, aquí, junto a nosotros; pero al hombre actual se le han complicado de un modo increíble las perspectivas vitales. Gentes aparentemente limítrofes a nosotros mismos, se nos hacen abruptas y casi inaccesibles.

      Las guerras, las revoluciones, las tragedias históricas, no pasan en vano sobre los pueblos. Nadie puede medir hoy hasta qué punto las últimas convulsiones han afectado las capas más profundas del vivir humano. Pero si cabe asegurar que la transformación es honda y que alcanza las esferas mismas del pensamiento y de la vida religiosa. Ignorar este hecho sería situarse en una postura falsa y además peligrosa.

      Así —por no citar más que un ejemplo— la resistencia francesa no fue un simple episodio militar destinado a acelerar, en mayor o menor grado, el triunfo de las potencias occidentales. Fue también un fenómeno espiritual, una transformación una crisis que agitó las almas, las hizo volverse sobre sí mismas y, en algunos casos, romper radicalmente con un pasado mediocre de automatismos colectivos y de falsas seguridades.

      La crisis espiritual se inicia para muchos en la soledad y en la humillación —excelente punto de partida de muchas trayectorias gloriosas—. Cada hombre se ve de pronto privado de una multitud de cosas, vaporosas unas, tangibles las otras, que constituían su vivir colectivo. La seguridad social se esfuma, cada ciudadano tiene que afrontar su propia suerte a la intemperie. Ya no se puede contar con el apoyo de los automatismos colectivos. Gran parte de las convenciones sociales se viene súbitamente abajo.

      Luego, el universo del solitario empieza a enriquecerse y ensancharse poco a poco.

      Descubre que hay otros hombres, con los que quizás no habían hablado nunca, de los cuales estaba separado por insuperables barreras de clase o por Dios sabe qué falsos prejuicios religiosos. Las murallas de Jericó empiezan a cuartearse, dando paso a una fraternidad real hasta entonces no imaginada.

      Gentes que jamás habían salido de los cuarteles de su comodidad son puestas en contacto con la miseria y el dolor colectivos. La maldad y el dolor humanos les son revelados; no tanto como tragedia personal —a la manera del individualista que llega a querer hacer de su dispepsia o de su propia neurastenia verdaderas enfermedades cósmicas—, sino de un modo vital y comunitario, al entrar en contacto con la miseria de las pobres gentes condenadas a una sórdida lucha material sin equilibrio posible ni compensación alguna de claridades espirituales.

      Cuando este drama llega a ser sentido, la evasión se hace imposible. La conciencia reclama la entrega personal, el «engagement» total.

      Quienes, como Simona Weil, saben «muerta su juventud en el contacto con la desgracia ajena», nunca podrán volver a los frívolas diversiones de antes. Y la alteración social será para muchos ese toque definitivo que les conduzca misteriosamente por los caminos de Dios.

 

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