Carlos Santamaría y su obra escrita

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Problemática española de la educación frente a la convivencia internacional

 

Separata de «La educación social y cívica en una sociedad de masas», 1964

 

      Hace algunos años, no muchos, quizá no más de cuarenta o cincuenta, el tema de esta conferencia que voy a tener el honor y la satisfacción de pronunciar ante ustedes no hubiese figurado en el plan de trabajo de una Semana dedicada al estudio de la convivencia cívica y social.

      A los organizadores de esa Semana ni siquiera se les hubiera pasado por la cabeza el introducir en su programa una sesión dedicada al problema de la educación para la convivencia internacional, por la sencilla razón de que tal problema no tenía, ni hubiera podido tener, en aquel entonces, sentido ni significación alguna, cara a la realidad histórica inmediata.

      La educación cívica, tal como era concebida en aquella época, podía ser identificada, en último extremo, con la educación patriótica. Su esfera de acción se limitaba, por tanto, al ámbito de la sociedad política, del Estado-patria-nación, trilogía de conceptos unificados y absolutizados por la Revolución francesa, en la que culminaba y se cerraba, por decirlo así, el horizonte ciudadano del «hombre de la calle».

      En su sentido cívico y temporal, la idea de lo internacional cristalizaba casi exclusivamente en el sistema de relaciones entre los Estados soberanos, obra propia, en su mayor parte, de los técnicos; es decir, de los diplomáticos en tiempo de paz y de los militares en tiempo de guerra.

      Las relaciones internacionales no eran, pues, consideradas como contactos e intercambios directos entre hombres, sino más bien, y casi exclusivamente, como relaciones entre potencias soberanas, a través de las que debía pasar cuanto hiciese referencia a la dimensión universal de la vida humana temporal. Se trataba, sobre todo, como hemos dicho, de un quehacer técnico, diplomático en el status pacífico, militar en el status bélico —las dos grandes ruedas, tan regulares y necesarias la una con la otra, del sistema—, en el que el simple ciudadano no tenía prácticamente ninguna intervención, como no fuese la indirecta de cumplir en todo momento y situación, del modo más perfecto posible, sus deberes patrióticos y sus obligaciones cívicas en el seno de la propia comunidad política.

      Hoy en día las cosas han cambiado mucho, y tienden a cambiar cada vez más. La convivencia entre los pueblos es actualmente una necesidad que viene impuesta por la multiplicación de los medios de comunicación entre los hombres y por la enorme movilidad física e intelectual alcanzada por la especie humana, y también, aunque bajo otro concepto diferente, por la misma potencia destructiva de las armas bélicas modernas.

      Los hombres y los pueblos están hoy obligados a convivir por una especie de imperativo histórico, y han de actuar en esta línea para no exponerse a su universal destrucción.

      Además, la población humana no tardará mucho en llegar a los cuatro mil millones de almas, y se presentan ya problemas urgentes para alimentar y dotar de medios de vida a toda esta gente. Hay que luchar contra el hambre y la miseria en el mundo, no sólo por el interés de los pueblos pobres, que son los que más las padecen, sino también por el de los pueblos ricos, contra los cuales puede volverse en cualquier momento la misma situación de desequilibrio. Sin el esfuerzo común de todos los hombres, sin la cooperación internacional, es imposible resolver los enormes problemas que plantea en todas partes el crecimiento demográfico.

      Después de un largo período de endurecimiento y de rigidez, las fronteras, lo mismo que las soberanías estatales, tienden, pues a esponjarse, a hacerse cada vez más permeables, debiendo ser consideradas, no como imponentes murallas protectoras, sino como auténticas membranas difusivas a través de las cuales se organice una corriente osmótica altamente beneficiosa para la Humanidad.

      Por otra parte, debido a diferentes causas, y principalmente a la elevación cultural y económica de las masas, en muchos países éstas han hecho acto de presencia en la Historia.

      Lo internacional no es ya un quehacer propio y exclusivo de los Estados o de los hombres de Estado, sino que se ha convertido en una dimensión esencial del vivir moderno.

      A cualquier campo de la actividad humana que se mire —religión, ciencia, economía, industria, trabajo, ideología, arte, espectáculo, diversión, deporte—, nuestro vivir de hoy es, y ha de seguir siendo cada vez más, un vivir internacional.

      A través de innumerables poros —cine, prensa, radio, turismo, cooperación, comercio—, lo internacional penetra continuamente en nuestras vidas personales e influye en nuestros gustos y en nuestras reacciones, sin que ninguna clase de murallas chinas pueda oponerse a esta internacionalización creciente de la vida humana.

      Hoy tiene, pues, perfecto sentido el hablar de una educación internacional de las masas, porque se sabe que no puede haber verdadera paz en el mundo sin la consciente y activa participación en ese mismo dominio de millones de hombres y mujeres, y que semejante participación no podría, en ningún caso, realizarse de modo eficaz sin una educación básica adecuada.

      En nuestro contexto histórico, las culturas, las patrias, como las ideas, como las mismas creencias religiosas, deben convivir en campo abierto, de suerte que los hombres las conserven ancladas y defendidas más por la firmeza de las propias convicciones que por la protección de externas armaduras.

      Pero para llegar a esto, para evitar que en esta convivencia en campo abierto los valores más elevados puedan disolverse y destruirse, es necesario realizar un gran esfuerzo educativo, tanto en el dominio religioso como en el de las costumbres cívicas y sociales.

      Nos hallamos, pues, en una fase de confusión, y quizás también —aunque esto no pueda afirmarse nunca— de mutación radical, en el que la educación está llamada a desempeñar un papel de importancia primordial.

      Educación para la paz, para la convivencia internacional, para el entendimiento entre hombres de buena fe, aunque sean de razas, ideas o religiones distintas.

      Atribuimos aquí, claro está, a la palabra educación su sentido más amplio. En sentido específico, son educadores los padres, los sacerdotes y los maestros, porque a ellos les está encomendada, por vocación y función social, una misión educativa concreta; pero también lo son, o deben serlo, con una significación más general e imprecisa, los escritores, los periodistas, los dirigentes políticos, los artistas y, en suma, todas aquellas personas que pueden ejercer, de un modo u otro, una influencia favorable sobre el modo de sentir, pensar y obrar de las multitudes.

      Ensanchando un poco más el sentido de las palabras, podemos decir que la sociedad, la misma sociedad, en su conjunto, es, o debe ser, la gran educadora de sus propios miembros. Es el ambiente o el clima social el que educa o deseduca a los individuos. Dicha acción educativa debe realizarse, pues, dentro de los diferentes medios sociales en los que conviven los hombres: la familia, la escuela, la Universidad, la iglesia, la sociedad política, la empresa, los cuerpos políticos intermediarios, la región y el municipio, las organizaciones profesionales, las instituciones culturales.

      Por desgracia, la sociedad actual está mal preparada para esta tarea, y quizá el trabajo deba consistir en cambiar la mentalidad de nuestros educadores. En este dominio, como en otros muchos, la mentalidad de los hombres ha evolucionado con mayor lentitud que su técnica. La internacionalización ha avanzado mucho más rápidamente en sus aspectos materiales que en sus dimensiones espirituales, y quedan aún por vencer prejuicios y hábitos inveterados que se resisten a aceptar la nueva situación creada a la Humanidad por las modernas técnicas.

      Las generaciones anteriores, desde hace siglos, habían sido educadas para la guerra más que para la paz. La Historia ha sido presentada, casi siempre, como una sucesión de batallas. Las conquistas de unos pueblos por otros han sido glorificadas. Las reivindicaciones de unas naciones contra otras, el recuerdo amargo de las tierras irredentas, ha sido mantenido vivo, dando lugar a que los pueblos viviesen en perpetua tensión y recelo mutuo. El mismo relato histórico de las derrotas sufridas ha sido utilizado a menudo para fomentar en los jóvenes la idea de la revancha, de la venganza nacional contra el enemigo secular. Así, de la mentalidad de oprimidos los pueblos han pasado a menudo a la de opresores, y este mismo fenómeno lo vemos hoy en los pueblos de color, hasta ahora colonizados, dispuestos a vengar sobre los blancos el trato recibido de éstos durante siglos. Hasta la religión misma ha sido a menudo presentada bajo un aspecto bélico, como una permanente guerra contra el infiel y contra el hereje. En la imaginación de los niños, las guerras de religión, las cruzadas contra el moro y las hogueras contra el hereje, han ocupado quizá un lugar más importante, y se han grabado mucho más a fondo que la mansedumbre y las empresas seráficas de Francisco de Asís para unir a los hombres en un abrazo de amor.

      Ahora bien: sería un error el querer condenar en sí mismas tales formas de educación cívica y religiosa sin tener en cuenta las condiciones históricas, el cuadro histórico, dentro del cual se desarrollaba la existencia de las generaciones pasadas. Lo único que podemos decir es que tales maneras educativas no corresponden a nuestras aspiraciones y necesidades de hoy, y que sería una grave equivocación el pretender mantenerlas en un mundo como el nuestro, donde el diálogo y la convivencia internacional vienen impuestos, como hemos visto, por ideales concretos y exigencias históricas ineludibles de la hora presente.

      Pero constituiría también un error el considerar estas aspiraciones e ideales de nuestro tiempo como algo ya logrado, como si, de hecho, nos encontrásemos ya en la era del auténtico universalismo o del mundialismo, como se dice ahora. Nada más lejos de la realidad.

      Hoy menos que nunca podemos dejarnos llevar por sueños e ilusiones humanitaristas de paz, de fraternidad universal, como los que agitaron Europa y América en los siglos XVIII y XIX. Sabemos perfectamente cuáles han sido los resultados de tales espejismos.

      Para plantear nuestro problema, para poder expresar, con un mínimo de probabilidades de eficacia, ciertas ideas prácticas y realizables sobre la acción educativa en orden a la convivencia internacional, necesitamos, pues, conocer con una aproximación suficiente el estado de conciencia real de los pueblos y, en nuestro caso, del pueblo español.

      Ahora bien: en este punto tropezamos con una dificultad, y es que para hablar de lo que siente, piensa o quiere este pueblo, o los diversos estratos y zonas del mismo, no solamente nos encontramos con que escasean los estudios sociológicos básicos relativos al estado de la conciencia pública en España —sondeos, encuestas, estadísticas, análisis positivos científicamente establecidos—, sino también con que nos faltan ciertos índices orientadores que en otros países se suelen utilizar para conocer la opinión de los hombres y de los grupos influyentes, tales como, por ejemplo, el diálogo parlamentario, los resultados electorales, los escritos y los discursos políticos de los dirigentes de los partidos, la prensa libre y, por tanto, esencialmente diversificada. Por medio de estos indicios puede seguirse, hasta cierto punto y con relativa autenticidad, los movimientos ideológicos y los estados de opinión de un país.

      Al faltarnos todos estos datos, no nos va a quedar más remedio, para poder referirnos al caso español, que especular un poco.

      En realidad, dicho sea de paso, la tendencia a la especulación es, entre nosotros, una extraña constante histórica que viene de mucho tiempo atrás, de siglos pudiéramos decir, y que se manifiesta en España en muchos órdenes del pensamiento y de la actividad científica, política, técnica, económica y aun religiosa.

      El español tiende a reemplazar las experiencias, los análisis, los datos reales, por tesis, discursos y principios, tópicos, lugares comunes y especulaciones. Raras veces hablamos de la España real, ignorada quizá de nosotros mismos. Casi siempre nos referimos a una España ideal, que tenemos dentro de nuestras cabezas, a la España que nos forjamos; no a lo que es, sino a la que quisiéramos que fuese, o a la que quisiéramos que no fuese, a la España de nuestros sueños dorados o a la de nuestras horribles pesadillas.

      Aquí se ve lo peligrosa que puede ser la especulación.

      En nuestro caso, no podremos escapar a esta dificultad. Al intentar hablar de la preparación, o de la impreparación, del pueblo español para la convivencia internacional, no teniendo al alcance un número suficiente de datos objetivos, tendré que valerme casi únicamente de impresiones, de apreciaciones más o menos vagas, y a veces puramente personales y siempre demasiado limitadas, acerca de esa misma realidad de que queremos hablar. Con la plena conciencia de esta limitación intentaremos, sin embargo, abordar el tema, tratando de buscar la máxima concreción y precisión de ideas. Empecemos por preguntarnos:

      ¿Está el español peor preparado que el resto de los europeos para la convivencia internacional?

      Yo no me atrevería, de ningún modo, a responder afirmativamente a esta pregunta. En realidad, pienso que tal cuestión carece de sentido, que no tiene sentido el plantearla, al menos en estos términos, de esa manera simplificados. Y esto por dos razones.

      En primer término, porque la diversidad de las realidades sociológicas que se encierran dentro del concepto esencialmente plural de lo español o del español, no admite semejante simplificación.

      Es evidente que los valores medios estadísticos tienen menor importancia cuando mayor es la dispersión, la varianza estadística, de una población. España es el país de los extremos; la dispersión es aquí muy grande en todo o en casi todo lo que caracteriza al sentir y al pensar de un pueblo.

      Un catalán o un vasco, pueblos que cabalgan, por decirlo así, sobre la frontera, reaccionarían probablemente de modo muy distinto ante el problema de la convivencia internacional que un andaluz o un castellano, pueblos más aislados y más anclados también en su permanencia histórica. Pero, además, aun dentro de esos mismos contextos culturales, se podrían encontrar las posiciones más opuestas, desde las más abiertas y universalistas hasta las más cerradas, rayando casi en la xenofobia.

      Algo de esto ocurre en otros países, pero no tanto quizá como en el nuestro, porque, como ya he indicado, hay en nuestro modo de ser una acusada extremosidad.

      Por otra parte, en un asunto como el que nos ocupa, no se puede razonar en términos cuantitativos y comparativos; no se puede hablar, por ejemplo, de mejor o peor, de mayor o menor preparación para la convivencia, porque cada pueblo sufre de una forma particular de aislamiento que no es mayor ni menor, sino simplemente diferente que la de los otros pueblos, una forma de aislamiento que le es propia.

      Todo aislacionismo procede de una falta de comunicación. He podido observar que las gentes y los pueblos que alardean de mayor abertura y comunicatividad viven a menudo soberbiamente encastillados en sus propias realidades, incapaces de comprender, y menos aún de sentir, un ápice de las otras culturas, de las otras realidades humanas de allende sus fronteras políticas, culturales o lingüísticas.

      El salvaje, el aldeano, el bárbaro, el incivilizado es un hombre que vive encerrado en los límites de un horizonte física y culturalmente estrecho al margen de los caminos de la Historia; pero su aislamiento resulta, a veces, menos peligroso, menos grave, que el del hombre de la gran civilización, el del pretendido ciudadano del mundo.

      El verdadero universalismo debe ser alcanzado, en efecto, más en profundidad que en superficie, y en esto parece que el español lleva ventaja sobre otros pueblos europeos, aparentemente más comunicativos que él.

      Es asombrosa, ciertamente, la superficialidad cultural que caracteriza a ciertos tipos de cosmopolitismo.

      No hablemos, pues, de mayor o menor capacidad de adaptación, de trato internacional. Tratamos de analizar más bien el tipo de inadaptación española, sus posibles causas y sus remedios.

      Esto es muy importante, porque nunca se llegará a formar hombres capaces de un diálogo internacional si no se atacan a fondo las raíces de este peculiar aislamiento español.

      Observemos, por de pronto, que al español típico le suele faltar naturalidad en el diálogo internacional. Con frecuencia le vemos manifestarse en posición forzada y violenta, reaccionando, como decía Giménez Caballero, «con el desdén, la ausencia y el silencio», frente a la ignorancia con que Europa nos considera. Otras veces, en cambio, su actitud acusa una interior convicción de inferioridad que se empeña en conferir a toda idea, sistema, hombre o cosa extranjera una automática superioridad sobre sus homólogos españoles.

      Este fenómeno a que aludíamos, y que cualquiera puede comprobar, es, a mi juicio, un dato significativo e importante. Por un lado, afirmación orgullosa y despectiva de la propia superioridad ante un mundo que, según se dice, no quiere comprender que somos nosotros los auténticos y casi únicos portadores de la verdad. Por el lado opuesto, la posición contraria, desprecio absoluto y sistemático de los valores propios, complejo de inferioridad y pretensión de extranjerizar a toda máquina. Ni una ni otra actitud pueden llevarnos a un diálogo internacional normal, natural; en suma: a un verdadero diálogo. Entre estos dos extremos, entre esas dos actitudes antípodas, que, como conviene a los extremos, tienen un punto de tangencia en el común y secreto despecho de unos y otros, raras veces se encuentra quien se avenga a ocupar con serenidad de espíritu y visión clara de la realidad presente un lugar apropiado en el contexto europeo. La Historia ha evolucionado mucho desde la época de los tercios y de las carabelas, y no vamos a tener la pretensión de que dé ahora una serie de pasos atrás. Somos quizá nosotros mismos los que deberíamos dar algunos hacia adelante para situarnos exactamente en nuestro puesto, y para ello necesitaríamos empezar por convencernos de que somos capaces de hacerlo.

      La pretensión de españolizar a Europa, que defendía Unamuno con sus clamores habituales; de imponer a Europa, como decía «nuestro San Juan de la Cruz, nuestro Calderón, nuestro Cervantes y hasta, en cierto sentido y extensión, nuestro Torquemada», no pasa de ser, a mi juicio, una de esas estupendas salidas quijotescas de las que tanto gustaba el gran vizcaíno, y no parece que ese pueda ser el camino de la convivencia normal y natural del español con el resto de los europeos.

      En suma: lo que yo encuentro en estas actitudes, lo mismo en unas que en otras, es precisamente lo que he dicho: falta de naturalidad, gestos forzados por algunas razones secretas u ocultas, latentes quizá en el inconsciente colectivo, este inconsciente colectivo español tan dolorido, tan rudamente trabajado por la Historia. Los pueblos que no tienen pasado se adaptan con más facilidad a las situaciones nuevas. En cambio, en los pueblos cargados de historia, un enorme peso de prejuicios, de tradiciones, de recuerdos, de resentimientos, se interpone, sin que las gentes puedan siquiera llegar a adquirir conciencia de ello, e impide que sea salvada con agilidad suficiente la enorme distancia que va del ayer al mañana.

      Según parece —es afirmación que Ortega atribuye a Kant—, los turcos clasifican a los países según sus vicios más característicos. Según ellos, Inglaterra es el país del mal humor; Italia, el país de la ostentación; Alemania, el país de los títulos; Polonia, el país de los señores; Francia, el de las modas; España, en fin, el país de los antepasados.

      Y es posible que esta caracterización, por muy simplista que sea, encierre una gran parte de verdad. También Unamuno insiste en esta dimensión histórica del vivir hispánico. «En el alma de España viven y obran, además de nuestras almas, las de los que hoy vivimos, y aún más que éstas, las almas de nuestros antepasados».

      Pero, en cierto modo, una presencia desmesurada y un poco fantasmagórica de las almas de los antepasados en la escena contemporánea podría impedir a las generaciones jóvenes el hacer frente a los nuevos problemas y a las nuevas situaciones que el hoy plantea.

      Puede quizá afirmarse que hemos entrado, o estamos entrando, en una nueva era, y que las causas y los supuestos por los que los pueblos ibéricos vivieron, sus gestas heroicas de otros siglos están pasando al pretérito irreversible de la Historia y han sido ya reemplazados por otros nuevos.

      La regresión, el intento de repetir fases anteriores de la propia existencia puede ser, para los pueblos como para los individuos, una manifestación de senilidad o un sistema de desequilibrio del psiquismo colectivo.

      La educación internacional de las masas españolas tiene, pues, que contar con estos factores y también con el cambio de escenario que se ha producido en el mundo en el transcurso de los dos últimos siglos, y más aún, claro está, en el de las dos últimas décadas. Sin ello se corre el riesgo de permanecer fuera de juego y de que se haga imposible un auténtico diálogo, espontáneo, natural y sin complejos, con la Europa y el mundo de hoy.

      La educación para la paz y para la convivencia, como toda educación, puede tener dos aspectos. Uno, primero, informativo o didáctico, que corresponde a la enseñanza y a la presentación de los hechos y de los conocimientos humanos, y otro, más propiamente educativo, que afecta a la formación de la conciencia, la adquisición de criterios morales y la constitución de hábitos y de costumbres de convivencia.

      Todas, o casi todas, las materias que se enseñan en los centros docentes, desde la escuela hasta la Universidad, pueden ser presentadas de modo opuesto, sea que la sociedad quiere servirse de ellas para fomentar el instinto de agresividad colectiva o para fortalecer, al contrario, los lazos que deben unir a los miembros todos de la familia humana.

      Aun la enseñanza de la Prehistoria, por tomar un ejemplo aparentemente alejado de la realidad inmediata, puede ser una ocasión para introducir ya en el alma del joven el virus racista o, al contrario, para preparar en su espíritu las bases de la comprensión. Los hechos serán, sin duda, los mismos; pero, explicados de un modo o de otro, pueden influir ya de un modo muy distinto.

      Mucho más todavía que la de la Prehistoria, la enseñanza de la Historia puede influir de un modo importante en la comprensión o en la incomprensión internacional, y debe ser, sin duda, uno de los ingredientes fundamentales en la educación de la paz.

      Precisamente para corregir esos complejos de que hace un momento hablábamos la enseñanza de la Historia puede ser considerada como el remedio más adecuado.

      La Historia como medicamento. He aquí un tema apropiado para el análisis de un médico historiador, en relación con ciertas enfermedades y dolencias propias de los pueblos viejos.

      «Hasta ahora —dice Peter Hill—, la verdad histórica ha sido sacrificada bastantes veces en la enseñanza a los intereses del orgullo nacional, y la Historia ha sido frecuentemente deformada en beneficio de la emoción patriótica. A menudo se ha dado a los niños la impresión de que los contactos entre naciones, en las diversas partes del mundo, implicaban invariablemente la guerra, aunque fuese indirectamente. El chauvinismo ha puesto la Historia al servicio del nacionalismo y ha hecho de los manuales de historia, con sus inevitables generalizaciones y simplificaciones, un utensilio potente para ese fin».

      Indudablemente, la Historia debe ser fundamentalmente dirigida hacia el conocimiento y la defensa de la verdad. Pero, a la vista de los resultados, debemos confesar que esta verdad adquiere relieves y apariencias muy distintos, vistas las cosas de un lado o de otro, y que casi siempre el partidismo inclina a interpretar y presentar los hechos de modo favorable a la propia colectividad. La historia de las guerras y de las revoluciones no tendría que ser escrita separadamente por los partidarios de uno y otro lado, sino que debería constituir el fruto logrado de una colaboración entre vencedores y vencidos, dispuesta al diálogo y a la comprensión mutua.

      Por otra parte, las almas de los niños no están todavía preparadas para recibir todas las crueles verdades que la Historia objetivamente concebida, está obligada a presentarles.

      Para ello haría falta una conciencia y una formación pedagógica exquisitas en los redactores de los manuales y en los profesores de Historia para evitar que, con una presentación parcial o inoportuna de los hechos, se puedan causar daños irreparables en la conciencia de los niños y de los jóvenes, empujándolos hacia la violencia y hacia la incomprensión.

      No solamente se debe evitar el insistir demasiado sobre los hechos guerreros que han enemistado a los pueblos, sino que se han de subrayar los hechos culturales y los intercambios fecundos que a través de los tiempos se han realizado entre ellos. El estudio de la historia y de la literatura de los demás pueblos debería ya entrar, si fuese posible, en la enseñanza primaria. Nada digamos de la importancia del estudio de las lenguas consideradas no sólo como vehículos utilitarios, sino como medios los más indicados para penetrar y llegar al alma de las otras culturas. Algo parecido podría decirse, en mayor o menor escala, de otras muchas materias que forman parte de la enseñanza.

      Pero lo más importante del trabajo educativo es cambiar las mentalidades, orientarlas en el sentido de la cooperación y no en el del aislamiento y la autosuficiencia.

      Para educar las conciencias hay que empezar por sensibilizarlas.

      Creo sinceramente que en este aspecto, el de la sensibilización de las conciencias hacia los deberes sociales, cívicos y supranacionales, la sociedad española se encuentra aún muy retrasada y que en este campo se debe realizar un gran trabajo de importancia primordial.

      Para mí, lo más grave no es que un hombre opine, quizá con poco acierto, con tal de que lo haga honrada y sinceramente, sobre un problema concreto, sino que no llegue siguiera a comprender que allí exista problema. Algunos pasan de largo ante los conflictos y los dolores humanos, como los viandantes transcurrían imperturbables por el camino de Jericó sin aceptar siquiera la idea de que allí pudiera existir un problema humano digno de interés.

      La insensibilidad, el a-problematismo es un gran mal de la sociedad española, y de modo aún más acusado el de la sociedad española actual.

      Yo me pregunto si el cristiano que afirma que la fe no plantea problema puede tener verdaderamente fe, si ha pensado realmente alguna vez sobre lo que la fe encierra, exige y significa en la vida del hombre. El modo tópico y gregario con que frecuentemente se habla y escribe en España sobre la fe del pueblo español me hace pensar en un inmenso fenómeno de insensibilidad religiosa.

      Una forma típica de insensibilidad es precisamente el gregarismo, la actitud del individuo que tiene entregada o vendida su propia alma a los criterios colectivos y no está dispuesto a aceptar jamás que los «suyos» hayan podido equivocarse o cometer injusticias, ni que el adversario, el otro, el extraño, el de enfrente, el bárbaro, el de la otra acera, el enemigo político, el hereje, el francés, el marxista... pueda tener razón en nada de lo que afirma o plantea. Este individuo tiene el alma colectivizada, que es como tenerla alienada, porque la socialización o la colectivización de los espíritus es mil veces más temible que la de los bienes o las cosas materiales.

      Es muy corriente entre nosotros el caso de personas de conciencia muy fina y sensible respecto de sus deberes personales que, sin embargo, se muestran enteramente insensibles cuando se trata de juzgar hechos injustos e incluso horribles, pero extraños u opuestos a los intereses de su propia colectividad.

      Un católico condenará, por ejemplo, la persecución o la coacción religiosa en tal o cual parte de la Iglesia perseguida, o en este o el otro país protestante o no cristiano; pero no manifestará la menor preocupación, el más pequeño escrúpulo, el más pequeño desasosiego cuando colectividades católicas hagan sufrir a los extraños situaciones de inferioridad verdaderamente incómodas.

      Análogas observaciones podrían hacerse respecto de las naciones, las razas, las clases, las ideologías. Se acepta tácitamente una especie de moral práctica particularista, sumamente parcial en sus reacciones y en virtud de la cual el juicio moral queda completamente sometido al convencionalismo de grupo. Aplicado este sistema al dominio de las relaciones internacionales, no puede menos de conducir a la tirantez y a la guerra.

      Es lo de Pascal. «—¿Por qué quieres matarme? —¿Cómo que por qué? ¿No estás tú del otro lado del agua? —Amigo mío, si estuvieses a este lado yo sería un asesino y el matarte de esta manera constituiría una injusticia; pero puesto que estás del otro lado, resulta que soy un valiente, y el matarte, un acto completamente justo».

      Una conciencia limitada por los prejuicios no es capaz de ver las injusticias de la propia colectividad, e incluso las convierte en hechos meritorios y dignos de alabanza. Ocurre así que las guerras son siempre consideradas como justas y santas por los patriotas de ambos lados, y que los fieles de las diferentes religiones se acusan mutuamente de intolerancia.

      El espíritu auténtico de justicia y de tolerancia no se halla reñido, claro está, con la convicción, con la firmeza que se debe poner en las propias creencias y aun en las propias opiniones. Esta entereza, esta fidelidad a lo propio se manifestarían, sin embargo, de modo muy distinto si fuesen acompañadas de aquella sensibilidad humana, de aquella capacidad de comprensión que yo echo de menos en la conciencia española y que es, sin duda, una de las grandes trabas para la convivencia internacional.

      Las fórmulas, las soluciones, los resultados a que se llegaría en muchos problemas interiores y exteriores serían muy distintos si las conciencias de los españoles estuviesen suficientemente sensibilizadas y, por decirlo así, humanizadas. Veríamos entonces surgir nuevas formas, nuevos modos capaces de responder a las exigencias genuinas de la justicia, compatibles con las exigencias del humanitarismo y de la auténtica caridad cristiana.

      El «yo», la personalidad del español es, por lo general, muy fuerte, muy concentrada, fuertemente egótica. La frase de Donoso Cortés que dice «donde no hay fronteras no hay patrias y donde no hay patrias no hay hombres» y aquella otra de que «la guerra es divina» y de que «suprimiéndola con el pensamiento se habría suprimido la Humanidad y acabado con la Historia», son típicamente representativas de una mentalidad que aún sigue vigente en muchos cerebros españoles, más o menos convictos de maniqueísmo. En este modo de ser se encierra una enorme cantidad de energía potencial; pero para que ésta sea actualizada, para que el español no se destruya y se consuma a sí mismo, o los españoles entre ellos en incesantes luchas fratricidas, hace falta volcar esa energía hacia fuera, ponerla en juego en ese torneo en campo abierto a que antes nos referíamos. Nadie puede hoy soñar en empresas de conquista. La única turbina capaz de transformar en energía actual la comprimida presión histórica de este pueblo es la cooperación internacional. Los españoles necesitan de ella para solucionar sus problemas materiales, pero también para sanar su espíritu, para aplacar sus complejos y canalizar de modo útil su enorme instinto de agresividad. Yo invertiría la afirmación de Ortega de que «España no es posible más que mirada desde Europa» dándole un sentido inverso; yo diría que España no es ya posible más que mirando a Europa. Sólo derramándose en esa gran empresa continental podrán encontrar su paz y su equilibrio profundo los pueblos ibéricos, tan distintos y, sin embargo, en tantas cosas tan parecidos entre sí. Pero para llegar a eso es preciso corregir el sentido de la educación española, dándole una dirección más universalista que la actual.

      Todos piensan que hay que combatir el individualismo y los diversos egoísmos de grupo que destruyen nuestra convivencia. Pero este esfuerzo de autoeducación exige una doble condición. En primer término, no debe consistir en unificar o planificar, en el sentido peyorativo que admite esta palabra; es decir, no debe pretender asolar o apisonar el suelo humano, la tierra grasa en que nos movemos hasta hacer de él un simple pavimento. Fue Rousseau precisamente quien quiso reducir la sociedad a una simple yuxtaposición de ciudadanos, de modo que el Estado no tuviese que dialogar más que con individuos desconectados o aislados. En opinión de Rousseau, esta desconexión era esencial para la democracia y debía ser llevada al máximo posible, lo cual conduce a la centralización revolucionaria y bonapartista. Al contrario, la tradición española y la razón política más clarividente exigirían la conservación y vivificación de los grupos étnicos e históricos naturales en los cuales radica la verdadera fuerza de un pueblo. Pues bien: una vez que los pueblos españoles hubiesen aprendido a respetarse entre sí, a respetar sus diversidades de todas clases y la diversidad de sus situaciones culturales y sociales, dentro de un sistema de convivencia y de fraternidad auténticas y no de integración sistemática, estaríamos en mejores condiciones para acometer la gran tarea de la convivencia internacional.

      Precisamente los hombres que en un país se muestran menos capaces para comprender la riqueza y la fuerza de la diversidad interior suelen ser los que luego se manifiestan también más torpes de inteligencia ante la idea de una convivencia y una cooperación exterior que no sea el absurdo e inexorable juego de billar de las soberanías cerradas. Además, la lucha contra el egoísmo no debe detenerse en las puertas de los Estados, porque el egoísmo colectivo puede ser aún más peligroso que el egoísmo individual o el de los pequeños grupos.

      Hay que prescindir de determinado tipo de educación particularista capaz de superar los egoísmos individuales o los de las pequeñas colectividades, pero no de llevar esta superación hasta su realización más amplia, que es la convivencia universal.

      Esta educación particularista, aunque puede suscitar heroísmos e impulsar corrientes de generosidad al servicio de un determinado bien común, nunca alcanzará el bien común universal. Al llegar a los límites de las fronteras estatales se cierra o se repliega de nuevo sobre sí misma, oponiéndose a una genuina convivencia que sea realmente fruto de la cooperación entre seres humanos.

      La educación heroica, ultranacionalista, de la cual el sistema educativo alemán de la época hitleriana es quizá el modelo más perfecto, arranca al individuo de su aislamiento, le invita a salir de su egoísmo individual o familiar, le convoca a la generosidad, al servicio de la causa y de la nación, lo eleva a un heroísmo que satisface ampliamente ciertas ansias de naturaleza cuasi religiosa que se albergan en lo escondido del alma humana y, de esta suerte, puede producir en él cierta sensación de liberación. Y, en efecto, esta educación es hasta cierto punto liberadora; pero sólo momentáneamente liberadora, porque en un segundo tiempo vuelve a encerrar al individuo en un nuevo ámbito limitado, vuelve a condenarle a una existencia precaria, incapaz de satisfacer con plenitud aquellos anhelos de generosidad universal y de entrega de sí mismo a que antes hacíamos referencia.

      La educación para la convivencia internacional no debe, de ningún modo, destruir los sentimientos patrióticos. Exige, al contrario, que éstos sean revivificados y reencarnados hasta que el sentimiento de la patria, gran familia en el seno de la Humanidad, recobre toda su jugosa profundidad, perdida en los últimos tiempos.

      Que todos puedan comprender y repetir la idea bella de Péguy:

 

Feliz aquel que muere por

ciudades carnales,

porque ellas son el cuerpo de

la ciudad de Dios.

 

      Con tal de que esta muerte sea más la del hombre que, día a día, sacrifica su propia vida al servicio del bien común, que la del que está dispuesto a entregarla con un gesto fugaz de heroísmo sin continuidad posible. Pero para que esto pueda decirse con verdad hará falta que las patrias recobren su carnalidad y su intimidad, perdidas desde que las modernas corrientes deshumanizadoras, y en particular el jacobinismo francés, quisieron convertir la patria en una abstracción, identificándola con el Estado en el culto al pueblo soberano. Porque hay un tipo de educación patriótica «anti», rechazable, en la que el patriotismo no existe sino en función y como antítesis de un enemigo real o inventado. Un patriotismo que necesita fronteras, guerras y antípodas ideológicas para poder subsistir.

      En el plan de la convivencia internacional no se debe recaer en el mismo error russoniano al que antes hemos apuntado. Un Estado gigante universal compuesto de individuos-moléculas completamente desvinculados, desarraigados de sus comunidades naturales, de sus patrias carnales, no tendría nada de deseable desde un punto de vista cristiano, ni siquiera desde un punto de vista medianamente humano y razonable.

      Las consideraciones anteriores no son, no quieren ser ni pueden ser una invitación al pesimismo, que está lejos de mi modo de ser y de pensar.

      En el momento actual, por muchas razones —económicas unas, psicológicas y morales otras—, las masas españolas empiezan a experimentar el deseo de participar en el diálogo internacional. Como hemos visto, esto no puede lograrse de la noche a la mañana, porque para lograrlo hay que vencer viejos prejuicios y hasta quizá ciertas desviaciones mentales, que pueden proceder de una historia larga y llena de variadas empresas.

      Pero esta consideración no debe desanimar a nadie. Las nuevas generaciones tinen derecho a que los viejos les mostremos la posibilidad de un camino viable, y creo que en el problema de que me he ocupado, aunque de modo sumamente imperfecto, por cierto, existe esa misma posibilidad.

 

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