Karlos Santamaria eta haren idazlanak

 

Buscarse un camino nuevo

 

El Ciervo, 290-293 zk., 1976-09

 

      La aparición de El Ciervo hace un cuarto de siglo no fue evidentemente un hecho aislado ni casual. Nada nace por generación espontánea.

      En mi opinión, el nacimiento de esta entrañable revista nuestra respondió a una situación determinada y a unas posibilidades que a un momento dado se presentaron. Conviene recordar ahora las condiciones en que aquel hecho se produce.

      Al iniciarse los años cincuenta había pasado ya lo que Max Gallo llama «la noche negra del franquismo». Empezaban a volver los embajadores. La ONU anulaba su dura e inefectiva condena del 46, con la ingenua esperanza, sin duda, de que el régimen totalitario se ablandaría por sí mismo.

      Para el régimen era pues el momento de empezar a hacer algunos gestos de buena voluntad. La presencia de Artajo y el nombramiento de Ruiz-Giménez en Educación parecían ofrecer ciertas esperanzas. Algunos confiaron en una evolución favorable hacia las libertades cívicas. Cierta ala católica, menos retrógrada que otras, veía facilitados sus movimientos y algunas iniciativas tímidamente liberalizadoras se hacían posibles.

      Este es el momento en que nace El Ciervo y simultáneamente se producen otras concesiones que contrastan con un sistema de prensa y de medios de comunicación ferozmente dirigista. En realidad el poder no cede nada. El hecho de que en unas cuantas pequeñas publicaciones empiecen a decirse algunas cosas muy medidas no ofrece ningún peligro. Se podían permitir algunos experimentos «ad usum Delphini» y sin duda El Ciervo fue uno de ellos. Con su aire de cristianismo moderno, un poco a la manera francesa, en una línea algo análoga a la de Mounier, El Ciervo se daba en realidad de palos con el llamado espíritu de la cruzada, y no hubiera podido existir unos pocos años antes.

      Pero el sistema se equivocaba acerca del valor de estos pinitos juveniles. Precisamente empezaba a surgir en aquel momento la nueva generación intelectual que había de dar al traste con muchas cosas. A través de los resquicios y fisuras que el sistema dejaba abiertos, el pensamiento, ese funesto vicio, volvía por sus fueros. Y era malo, malísimo, que la gente se pusiera a pensar.

      El Ciervo contribuyó al nacimiento de esa nueva generación. Fue en realidad uno de sus pioneros. Se enfrentó como pudo con el autoritarismo. Siempre de modo inteligente y sutil, en El Ciervo se decían cosas.

      También desde un punto de vista religioso era como un estímulo para seguir creyendo y esperando en medio de aquel bonapartismo eclesiástico ottavianista de los años cincuenta. Año 53: crisis de los cursos obreros y condenación de los dominios franceses.

      Hoy todo ha cambiado enormemente, claro está, y resulta difícil explicar estas cosas a los que no las han vivido.

      No creo haber modificado en nada lo esencial de mi postura. He sido siempre y sigo siendo partidario de un cristianismo en lucha permanente y clara contra la injusticia. Un cristianismo revolucionario cuando la injusticia se sienta en el poder. En estos veinticinco años he leído a Marx y he sentido simpatía por la lucha de este hombre. pero no he experimentado la menor necesidad de hacerme marxista. El materialismo histórico no me convence nada desde un punto de vista científico y me parece terriblemente insuficiente en relación con los problemas del hombre individual. En Cristo sigo encontrando la fuente secreta de mi entusiasmo por la vida. No veo motivo alguno para modificar mi postura. Nuestra revolución permanente nunca puede acabar. No hay lugar en mi espíritu para ningún mesianismo milenarista, ni siquiera el de la sociedad sin clases, que es, dicho sea de paso, uno de los más grandes «camelos» de nuestro tiempo.

      Veo algo difícil el papel de El Ciervo hoy. Para seguir siendo lo que ha sido tiene que buscarse un camino nuevo. Pero no es fácil trazarse un camino nuevo en medio de esta terrible indefinición en la que todo se encuentra en este momento. También El Ciervo tendrá que esperar un poco sin dejar de otear el horizonte.

 

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