Karlos Santamaria eta haren idazlanak

 

Socialismo autogestionario

 

El Diario Vasco, 1980-06-01

 

      Con motivo de la muerte del mariscal Tito, algunas personas se cuestionan acerca del régimen político y social establecido por él en Yugoslavia. ¿Qué es? ¿En qué consiste el socialismo autogestionario?

      En 1948 Tito se negó a aceptar los dictados de Stalin y, como consecuencia de ello, Yugoslavia fue expulsada de la Kominform. Decretado por los países comunistas el bloqueo económico y político del Estado titoísta, los americanos —que, sin duda, no eran ajenos al origen del conflicto— intentaron atraerse a Tito mediante una fuerte ayuda financiera.

      Tito aceptó la ayuda —claro está—, pero no se dejó seducir por el nuevo vasallaje que se le proponía. Rechazó la occidentalización de Yugoslavia y mantuvo la independencia de ésta frente a los dos bloques. Hizo de su país no un Estado neutral, sino un Estado neutralista —cosa muy distintas, ciertamente.

      El ejemplo de Tito fue pronto seguido por otros países subdesarrollados o ex-coloniales, que se negaron a someterse a ninguno de los dos imperialismos. Así nació el tercermundismo o política de no alineación, que es la base de la actual estrategia triangular del mundo.

      Pero la acción de Tito no se limitó a esto: intentó crear una tercera posición, no sólo en lo político, sino también en lo social. Tito inventó —o creyó inventar— un nuevo modelo de socialismo, distinto de la socialdemocracia y distinto, también, de la democracia popular de los países del Este: el socialismo autogestionario.

      La clave de la diferenciación se encontraría, sobre todo, en la estructura del poder. Tanto los comunistas como los socialdemócratas, propugnan la toma del poder por la clase trabajadora: los primeros por la acción revolucionaria, los segundo, a través de las urnas. El autogestionarismo defenderá, en cambio, la idea de la total descentralización y difracción del poder.

      Desde este punto de vista, la toma del poder no tiene ya sentido o —por lo menos— tiene un sentido completamente distinto. El poder no está ya en una Bastilla, que pueda ser tomada de la noche a la mañana. Es algo que se difunde por toda la sociedad como la sangre de un cuerpo animal.

      La autogestión consiste, en efecto, en que el país sea gobernado desde la base. Autogobierno a todos los niveles: nacionalidades, municipios, empresas, fábricas, escuelas, organizaciones culturales y deportivas. En todas partes serán los propios actores —fundamentalmente los trabajadores— quienes llevarán la gestión de lo actuado, mientras que a la Administración estatal no se le reconocerán otras competencias que las que sean necesarias para la coordinación general y la buena marcha del conjunto.

      Pero en Yugoslavia —enorme contradicción— al mismo tiempo que se afirma todo esto, se sigue manteniendo el principio del centralismo democrático, en virtud del cual el poder real, el poder «definitivo», queda en manos de un pequeño grupo de personas.

      Era natural que la puesta en práctica de la idea autogestionaria en gran escala surgiera de un país como Yugoslavia. Yugoslavia es un mosaico de pueblos, razas, lenguas y religiones: casi veinte nacionalidades, seis repúblicas y dos regiones autónomas. El Estado yugoslavo ha heredado toda la enorme complejidad del antiguo imperio austro-húngaro y con ella toda su dificultad política.

      Al verse dueño del terreno, Tito se plantea el problema de gobernar en una situación tan complicada como esa y trata de resolverlo partiendo de la realidad misma.

      En 1952, declara: «He reflexionado ampliamente y he llegado a la conclusión de que la única manera de asegurar la cohesión de un país como el nuestro es la autogestión».

      Pero muchos observadores —favorables en otros aspectos a la aventura yugoslava— piensan que Tito dista mucho de haber dado cima a este ambicioso proyecto de una manera medianamente auténtica.

      El prestigioso crítico comunista Jean Elleinstein, escribía recientemente en «Le Monde» que es difícilmente concebible que un sistema genuinamente autogestionario pueda ser compatible con partido único, con la censura de Prensa y —en general— con el estilo autoritario impuesto en Yugoslavia por el mariscal Tito.

      Los sindicalistas franceses de la CFDT, que actualmente han asumido la línea autogestionaria como programa de futuro para sus luchas sociales, desautorizan al régimen yugoslavo y lo rechazan como ensayo válido de autogestión en un estado moderno. A su juicio, el autogestionarismo yugoslavo no es probablemente más que una tapadera, una ficción, para hacer creer a las gentes que gozan de una libertad política y social de la que están muy lejos, como ocurrió con el nacional-sindicalismo, la democracia orgánica, el corporatismo salazariano y otros sistemas encubridores de dictaduras bien conocidas.

      En resumidas cuentas, tendríamos que convenir en que el socialismo autogestionario yugoslavo ni es socialismo ni es autogestionario. Este severo juicio puede ser útil a fin de dejar el terreno bien despejado para la realización de posibles nuevas experiencias de autogestión en países mejor preparados para ello, en el económico y en lo cultural, que la sufrida Yugoslavia.

      Tal vez el País Vasco pudiera ser uno de estos países. Hay, al menos, algunas razones importantes para creerlo; pero aún no ha llegado el momento de que proyectos de esta naturaleza puedan ser siquiera acariciados por nosotros. La autogestión no es cosa que pueda ser pensada en medio de la «pagaille».

 

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