Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Por un sano donostiarrismo

 

El Diario Vasco

 

      El concepto del donostiarrismo no ha sido, que yo sepa, definido ni estudiado todavía seriamente por nadie; mas no por eso deja de constituir una realidad y un fenómeno humano muy interesante. Existen, ciertamente, ensayos esporádicos y algunos valiosos trabajos aislados, pero la «teoría del donostiarrismo» no ha sido construida aún. Esto tiene mucha importancia en una ciudad como la nuestra que ha experimentado en pocos años un crecimiento extraordinario y se halla, por tanto, en grave peligro de despersonalización. Tal riesgo se ha acrecentado por causa del oficio turístico de nuestra Bella Easo, porque San Sebastián es como un grande y buen mesón puesto en el itinerario de las caravanas para alivio y reposo de caminantes: la misión de nuestra ciudad es, pues, la de mostrarse agradable con los viajeros, no contradecirles en sus opiniones, agasajarles y mimarles, sean blancos o colorados, montescos o capuletos... Y ¿habéis visto alguna vez un hostelero que demuestre tener ideas propias? Sin embargo, San Sebastián tiene su perfil psicológico, una manera privativa de ser, un alma tradicional y un patrimonio de formas y virtudes que le fueron legadas por las generaciones anteriores.

      De entre la multitud de recuerdos e historias del viejo San Sebastián es menester que algún filósofo extraiga las esencias, para definir lo genuinamente donostiarra, lo típicamente nuestro, «lo jatorra», «lo koshkero». Por muy «cascariñas» que fuesen los hombres representativos del San Sebastián de 1900, encerraban algo importante y hondo dentro de sí, puesto que acertaron a establecer, material y espiritualmente, los cimientos de la urbe en que hoy vivimos. Estudiar la psicología de aquellos hombres y tratar de descubrir en ellos la extensa gama de valores permanentes que, sin duda, encerraban, sería muy útil y muy educativo. No olvidemos este punto de vista: si nuestra generación quiere que San Sebastián siga siendo en el futuro lo que fue en el pasado, deberá presentar a los jóvenes un concepto claro y definido de lo que es o debe ser el auténtico donostiarrismo. Para los jóvenes donostiarras de hoy el recuerdo de 1900 representa ya un eco demasiado lejano. Es necesario presentar ante ellos algo más vivo y menos vaporoso.

      El donostiarrismo se ha reducido hoy a unas pocas cosas de valor muy relativo. Al culto de tres o cuatro ritos o festejos populares, que en un tiempo fueron ingenuos, y a los placeres de la mesa, a un buen comer y a un mejor beber. Y, sin embargo, el donostiarrismo es mucho más que todo eso, representa fuerzas vitales que no han muerto, queremos creerlo, capaces todavía de realizar grandes trabajos y acometer grandes empresas.

      Â¿Es que la historia de nuestra ciudad se reduce a medio siglo de tamborradas, de «soka-muturras» y entierros de la sardina? ¿Es que la cultura de San Sebastián se concentra en torno a las «bibliotecas» de las sociedades gastronómicas? Muchos jóvenes que carecen de auto-defensa frente al contagio ambiental parece que interpretan que esas cosas, y sólo ellas, constituyen el donostiarrismo y que el mundo entero nos envidia porque podemos disfrutar de ese placer de dioses, que es el paladear un clarete engañoso y el degustar unas «cocochas» junto a una cuba renegrida en un bodegón de la Parte Vieja.

      San Sebastián, sus jóvenes y los que ya lo somos menos, necesitamos una compensación cultural que sirva para mitigar, durante los largos meses de invierno, los efectos de la erupción veraniega. San Sebastián necesita bibliotecas —bibliotecas de verdad— necesita cátedras, laboratorios de estudio y una vida intelectual mantenida en tensión durante todo el año. Las Corporaciones tienen a su alcance, muchos medios para acometer esta empresa y dar a la ciudad el peso universitario de que ahora carece. Es preciso, sobre todo, fomentar entre los jóvenes un sano donostiarrismo, constructivo, culto y ágil que, apoyando un pie en el pasado, que significa la continuidad histórica, acierte a dar con el otro un nuevo paso hacia adelante. Los jóvenes deben ser estimulados a un trabajo hondo, serio y eficaz, como hondos, serios y difíciles son nuestros problemas locales.

      No negamos valor a las tradiciones populares, a los clásicos festejos. Tampoco criticamos el que los honrados y laboriosos ciudadanos se reúnan en torno a la mesa con fines gastronómicos ¡Felices aquellos que pueden hacerlo con frecuencia! Pero, al mismo tiempo, nos gustaría ver contenida la expansión de ese bárbaro gamberrismo que amenaza dar al traste con la cortesía, la buena educación y la pulcritud donostiarra. Estas manifestaciones de barbarie son pruebas de que se ha roto la línea tradicional. No se trata, evidentemente, de meras cuestiones policíacas o de orden público, sino de males internos, símbolo de una decadencia espiritual. Sólo el cultivo de nuestros fecundos valores y la práctica de un «koshkerismo» elevado, digno e inteligente, pueden salvar de la muerte a aquella Donosti ideal, a la que amamos todos los buenos donostiarras.

 

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