Carlos Santamaría y su obra escrita

 

El pacifismo cristiano

 

Documentos, 9 zk., 1951

 

      La expresión que sirve de título a este artículo no es, en verdad, muy afortunada: es seguro que alguno de mis lectores experimentará una indefinible sensación de desagrado al ver asociados aquellos dos términos de resonancias tan diferentes. La voz pacifismo tiene, en efecto, un timbre humanitarista, poco grato a los oídos genuinamente cristianos.

      Ahora bien, los vocablos no tienen la culpa de lo que pasa: la Historia va cargándolos de contenido hasta llegar a hacerlos odiosos; pero muchos de ellos pueden y deben ser redimidos, ennoblecidos por un uso más digno y los cristianos debemos procurar que así sea. Está entablada una terrible guerra de ideas, la cual muchas veces degenera en batalla de palabras: nos disputamos los vocablos con nuestros adversarios, los cuales se han apoderado de la terminología cristiana y la manejan a su antojo. A este respecto podrían citarse docenas de ejemplos.

      Por otra parte, a pesar del descrédito en que han caído, los «ismos» siguen multiplicándose; a cada paso se nos clavan, como pequeños dardos, en el lenguaje, de modo que se nos hace casi imposible el liberarnos de ellos.

      Todas estas razones me invitan a hablar de un pacifismo cristiano. Hay en primer término una enseñanza evangélica de la Paz: Hay, asimismo, una doctrina teológica, de rancio abolengo, sobre la paz y la guerra justa entre las naciones —aunque podrían quizás contarse con los dedos de las manos las ocasiones en que esta doctrina haya sido lealmente aplicada por los «príncipes cristianos»— hay, en fin, una actitud clara y terminante de la Iglesia en el momento actual, especialmente subrayada por el Santo Padre en sus últimos discursos y encíclicas. ¿Qué más se puede desear?

      Es preciso, sin embargo, que se fijen bien desde el principio ciertas distinciones fundamentales. Las «palomas equívocas» de la paz deben ser desenmascaradas.

 

La neutralidad de la Iglesia

 

      La postura de la Iglesia ante la situación actual resulta radicalmente incomprendida por unos y por otros. La Iglesia debe observar, además, una neutralidad que en nada se parece a la neutralidad diplomática de los Estados o de los bloques ideológicos, precisamente porque su actividad no tiene lugar en el plano de los conflictos políticos ni es lícito tampoco querer conducirla a ese terreno. Es inadmisible, por tanto, que, bajo pretexto de servir altos intereses espirituales, se pretenda utilizar a la Iglesia como medio de consolidar políticas o de afirmar situaciones. La Iglesia no sólo es neutral en las luchas políticas: es esencialmente, radicalmente, ajena a ellas. Su reino no es de este mundo. Sus actitudes a este respecto no son pasajeras, sino que suponen algo permanente, unido a la naturaleza misma de la Iglesia, que es distinta que la de los Estados temporales.

      En este error podrían incurrir, sin embargo, no sólo algunos hombres políticos, sino —son palabras del Santo Padre— incluso hombres de la Iglesia. Ha dicho así, en efecto, SS. Pío XII en su mensaje de Navidad de 1951: «Hombres políticos y, tal vez, incluso hombres de la Iglesia, que pretendiesen hacer de la Esposa de Cristo su aliada o el instrumento de sus combinaciones políticas, nacionales o internacionales, atacarían la esencia misma de la Iglesia y causarían daño a su vida; en una palabra, la rebajarían al plano mismo en el que tienen lugar, en el que se debaten los conflictos de intereses temporales. Y esto es verdad y seguiría siéndolo incluso en el caso de que persiguieran los fines e intereses en sí legítimos».

      La Iglesia no puede salir de esa neutralidad a la que según algunos «debería renunciar»: los que así se expresan no han comprendido su verdadero sentido.

      En realidad hay cosas ante las cuales la Iglesia será siempre neutral y hay otras ante las cuales no será, no podrá ser nunca neutral. «Dios no es nunca neutral respecto de las cosas humanas y frente al curso de la Historia: a causa de esto su Iglesia no puede serlo tampoco». Si ella habla, si emite juicios sobre la bondad y la maldad de los actos humanos, no hace en definitiva sino anticipar el Juicio del Universo que Cristo, su Señor, hará al fin de los tiempos.

      Como consecuencia de estos principios el Santo Padre fija en estos términos las condiciones de la neutralidad de la Iglesia en forma clara y definitiva: «La Iglesia no puede consentir en juzgar según criterios exclusivamente políticos; no puede exponerse al peligro de que haya razones para dudar de su carácter religioso; no puede olvidar en ningún momento que su calidad de representante de Dios en la tierra no le permite permanecer indiferente ni siquiera un solo instante entre el bien y el mal en las cosas humanas; si se le pidiese esto tendría que negarse a ello y los fieles de una y otra parte deberían, en virtud de su fe sobrenatural y de su esperanza, comprender y respetar tal actitud.

      Aparece así la Iglesia en un plano altísimo, por encima de todas las diferencias humanas, denunciando y condenando el mal, sea cual sea la forma y el lugar en que se presente. (¡Cuántos maniqueos prácticos olvidan esto y pretenden que la Iglesia condene sólo los pecados de uno de los bandos contendientes y canonice los actos del otro, como si esto fuese posible mientras el mundo sea mundo!). La Iglesia no bautiza políticas, no se alía con nadie, ni puede pagar los beneficios recibidos de sus protectores temporales desviándose ni siquiera un ápice de su línea propia de conducta, de su divina neutralidad.

 

El pacifismo de miedo

 

      Existe algo, con lo que el pacifismo cristiano no debe ser confundido en manera alguna: me refiero al pacifismo del miedo, es el pacifismo instintivo de los que se resisten a la idea de morir y se agarran mentalmente a la existencia, haciendo de este gesto una actitud vital. «Mi vida ante todo. ¿De qué sirve ganar el mundo, el honor y la gloria marmórea de los mausoleos, si se pierde la vida?». Y aquí «la vida» no significa, ciertamente, la vida eterna, sino la vida corporal, la vida efímera, considerada como el más alto valor, la realidad suprema de la existencia humana.

      El pacifismo del miedo es, hoy como en 1918, el más común y, al mismo tiempo, el más simple y el más inaceptable. Es un pacifismo de masas, de muchedumbres sin fe ni esperanza de ninguna clase. No cabe, dignamente, erigirlo en sistema: procede del instinto, se reduce a pura defensa vital y debe ser relegado al subconsciente, donde tiene su lugar adecuado.

      Manuel Mounier ha descrito y ha condenado el pacifismo del miedo en frases definitivas, como tantas otras de las suyas.

      «¡No queremos morir!», gritaba el otro día un joven en el Velódromo de Invierno, con una especie de frenesí. Y, en boca suya, esta exclamación no causaba mal efecto del todo: porque a continuación añadía: «¡tenemos veinte años!». esa es la única edad en la que, no digo el miedo a morir, pero sí la rebeldía contra la muerte, alcanza su plena grandeza. Es normal que el miedo a morir nos estremezca las entrañas, bajo su doble aspecto: miedo al tránsito misterioso y temerosa confusión de ver acabarse la vida que disfrutamos. Pero, ¿dónde empieza el hombre a ser hombre si no es en el punto en que comienza a vencer el miedo a la muerte? ¿Quién se ha hecho acreedor a la dignidad viril, si, al menos una vez, no ha preferido a la vida, un gesto de honor, de amor o de fidelidad? ¡Bajo cuántas formas, cínicas o encubiertas, hemos visto circular en la época de Munich la fórmula famosa: «Más vale un cobarde vivo que un héroe muerto». Si se pudiese añadir a los Gallup de las profesiones de fe conscientes, el Gallup de las subconsciencias, ¡en cuántas de éstas se descubriría que la guerra no es un crimen en el que se mata, sino más bien una situación desgraciada en la que le pueden matara uno! Una vez instalada, la obsesión de morir se convierte en una ofuscación, después en un principio director de la vida. En ese momento el hombre se transforma. ¿En qué? No acierta uno a saberlo: en una especie de animal atemorizado que ni siquiera cuenta ya con la solidez primitiva de sus movimientos reflejos. El hombre es el ser que domina a la muerte: o sabe que no muere (el cristiano) o sabiendo cómo y por qué muere, tiene la capacidad de convertir la fatalidad en acto humano. Pero si el hombre se transforma en un poseso de la idea de la muerte y se deja llevar únicamente por el vértigo de la evasión y la repulsa del trágico desenlace, su vida se desarticula, pronto se torna en locura y rápidamente se degrada. Importándoles una higa todas las buenas razones y todos los bellos sentimientos, millares de jóvenes franceses han gritado entre 1930 y 1940: «¡Viva la paz!». Y luego han proseguido con esto otros gritos: «¡La paz a toda costa! ¡Todo antes que la guerra!», sin querer oír, como deslizándose bajo su grito, la voz socarrona del instinto camuflado: «¡Todo antes que mi muerte! ¡Mi vida a toda costa!». Luego ha habido que pagarlo caro en Dunkerque, en Auschwitz y en Stalingrado. Algunos han conservado su vida y otros han realizado la operación a un precio mil veces más costoso[1].

      Las masas son siempre cobardes, incapaces por definición, de todo heroísmo. Todos somos un poco —o un mucho— «hombres masa», tenemos miedo, un miedo superlativo, absoluto, a perder la vida; pero hay quien considerando ese miedo inconfesable como una debilidad, como una exigencia humillante de la carne, lo supera —la carne es flaca, más el espíritu está pronto— y hay, en cambio, quien no tiene reparo en exhibirlo y en hacer de él un sistema o un programa político.

      El cristiano es, o debe ser, el polo opuesto del hombre masa. A cada paso se ve obligado a propugnar actitudes heroicas, que son el escándalo de las personas «sensatas». El heroísmo está hoy al orden del día en la vida cristiana y esto no debe extrañar a nadie porque los cristianos tienen que singularizarse para no dejarse arrastrar por la avalancha de la masa. Por todas partes se oyen consejos «prudentes», serpentinos, y ¡ay! del que los escuche, no tardará en caer en la más degradante vulgaridad. «Es un insulto —decía recientemente el Santo Padre en su discurso a las parteras italianas— es un insulto a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo el que se les considere incapaces de un heroísmo continuado. Hoy, por muchos motivos —acaso bajo el imperio de la dura necesidad o, a veces, al servicio de la injusticia— el heroísmo se ejerce en un grado y con una extensión que en los tiempos pasados hubiéranse creído imposible. ¿Por qué, este heroísmo, si verdaderamente las circunstancias lo exigen, deberá detenerse en las fronteras señaladas por las pasiones y las inclinaciones de la naturaleza? Esto está muy claro: el que no desee dominarse a sí mismo no podrá hacerlo y el que crea poder hacerlo contando sólo con sus propias fuerzas, sin buscar sinceramente y con perseverancia el socorro divino, permanecerá miserablemente degradado».

      El pacifismo cristiano supone, pues, una actitud heroica frente a la vida. Ante el pacifismo del miedo, el cristiano siente náuseas y quien no comprenda esto ignora las más primarias esencias de la enseñanza evangélica.

 

Campaña comunista de paz

 

      Los comunistas demuestran un conocimiento sumamente preciso de la situación social de Occidente y dan pruebas del avisado ingenio que, según sabemos, caracteriza a los hijos de la noche cuando llevan a cabo su gran campaña en defensa de la Paz.

      La filosofía del mundo capitalista no es en el fondo otra que la del hedonismo, un hedonismo técnicamente puesto a punto y llevado a un extremo de perfeccionamiento inimaginable para los hombres de otras edades.

      La propaganda pacifista constituye, por tanto, un medio muy adecuado para captar prosélitos, y sobre todo un procedimiento singularmente eficaz para socavar las bases de la estructura occidental y para acelerar el proceso de descomposición de esta civilización descaecida. Estamos ante una guerra de paces, en la que el instrumento más poderoso de ataque resulta ser, paradójicamente, la idea misma de la paz manejada con una audacia y una agresividad nunca vistas (Hitler la había utilizado antes, pero no con la amplitud y el arte que ahora vemos).

      De acuerdo con su moral dialéctica los partidarios del marxismo hacen muy bien en propagar el pacifismo integral. Los «slogans» ya populares con los que los marxistas y sus amigos difunden la «voluntad de paz de los pueblos», son, pues, otros tantos barrenos puestos en el corazón mismo de la sociedad capitalista y que, si Dios no lo remedia, darán al traste con ella a su debido tiempo. Así esperan hacer avanzar la Humanidad hacia la sociedad sin clases, mito polar del progreso marxista.

      De refilón la campaña de la paz sirve también para atacar a la Iglesia, considerada por los comunistas como la más fuerte expresión de los valores ideales burgueses, y por tanto como el objetivo más importante que hay que destruir.

      Se acusa a la Iglesia de que no quiere verdaderamente la Paz, a pesar de las declaraciones casi continuadas y siempre oportunas del Santo Padre en favor de ella.

      En el fondo —dicen los periódicos comunistas— la actitud de la Iglesia es belicista y tiene por finalidad la recuperación de su influencia en los países centro europeos situados del otro lado del telón de acero. La Iglesia no ha renunciado a esa tierra irredenta y hará todo lo posible para reconquistar su influencia política del tiempo de los Habsburgo, aunque para ello sea preciso provocar una nueva guerra más sangrienta que cualquiera de las precedentes. Cuenta para ello con la ayuda del bloque capitalista anglo-americano y no vacilará, ni siquiera ante la posibilidad de que las nuevas armas atómicas sean utilizadas sin escrúpulos morales de ninguna clase.

      Por eso —siguen diciendo— cuando el Papa se refiere a la Paz, lo hace siempre en una forma vaga, genérica, en términos que a nada comprometen y que no añaden nada nuevo al tono pacífico y consolador del mensaje evangélico. «Verba, verba, verba», exclamaba recientemente el editorialista de uno de esos periódicos.

      Más aún: la Iglesia toma una parte activa en la preparación de la guerra. «Bajo diversas formas, diplomáticos extranjeros, sacerdotes o religiosos católicos, los que habíamos recibido fraternalmente en nuestro país como huéspedes o como amigos, actúan en calidad de mercenarios del enemigo cambiando sus sotanas por el «traje de faena» del espionaje y han conseguido cometer por doquier multitud de crímenes cumpliendo las órdenes diabólicas de sus maestros, los ricos anglo-americanos, instigadores de la guerra»[2].

      El Santo Padre se ha defendido enérgicamente contra estos ataques a los que ha calificado de «suma injuria». «De parte bien conocida se nos levanta la acusación de querer la guerra y de colaborar a tal fin con potencias «imperialistas», que, según se dice, confían más en la fuerza de sus homicidas instrumentos bélicos que en la actuación del derecho. A tan acerbo ultraje no podemos responder sino: escrutad los doce agitados años de nuestro pontificado; examinad cada una de las palabras que han brotado de nuestros labios, cada uno de los párrafos salidos de nuestra pluma y no hallaréis sino exhortaciones de paz. Recordad especialmente el fatal mes de agosto de 1939, cuando, al tiempo en que los temores de un sangriento conflicto mundial se hacían cada vez más agobiantes, desde las riberas del lago de Albano elevamos nuestra voz conjurando en nombre de Dios a los gobernantes y a los pueblos a que resolviesen sus discordias con pactos recíprocos y leales. ¡Nada se pierde con la paz —exclamamos— todo puede perderse con la guerra! Procurad considerar todo esto con ánimo sereno y leal y habréis de reconocer que, si hay todavía en este mundo, desgarrado por intereses contradictorios, un puerto seguro donde la paloma de la paz se pueda posar tranquilamente, está aquí, en este territorio consagrado por la sangre del apóstol y de los mártires, donde el Vicario de Cristo no conoce deber más santo ni más grata misión que el ser incansable propugnador de la paz»[3].

      Se acusa también a la Iglesia de su ausencia en el Movimiento de la Paz. «¿Por qué no se coloca junto a los pacifistas del mundo entero y a los defensores de la Paz congregados en Varsovia en vez de limitarse a recomendar plegarias y penitencias? ¿Por qué no se dispone a interesar enérgicamente de los gobiernos medidas políticas, diplomáticas y sociales que garanticen definitivamente la paz que los pueblos desean?»

      Es curioso observar que, como señalaba a este respecto el «Osservatore Romano» en su polémica con «Il Paese» y otros periódicos comunistas italianos, son los mismos los que, de esta suerte, reclaman a la Iglesia actitudes políticas y diplomáticas y la acusan de una posición que juzgan teórica e ineficaz, que los que pretenden confinarla en sus actividades espirituales, negándole toda posibilidad de influencia o de intervención en el orden temporal.

      No es fácil imaginarse las consecuencias de esta enorme campaña. Millones de ciudadanos europeos del Este y del Oeste aceptan actualmente como un dato bien probado la actitud belicista de la Iglesia; están persuadidos de que ésta alinea hoy sus fuerzas espirituales y su influencia diplomática junto a los Estados Mayores del mundo Occidental.

      El sistema de información maciza, característicos de los regímenes totalitarios, apenas deja abierto el más ligero resquicio por donde pueda filtrarse un corpúsculo de verdad y este hermetismo suele producir asombrosos resultados, especialmente cuando actúan sobre los pueblos capitidiminuidos por el terror y el cansancio.

      Así se explica que Mons. Montini se apresurase a recoger y a subrayar en su respuesta de 16 de febrero último al presidente del Consejo mundial de la Paz, M. Joliot-Curie, las manifestaciones que éste había hecho en su carta reconociendo que Pío XII, así como sus predecesores, había «proclamado en muchas ocasiones la necesidad de trabajar por el establecimiento de la paz entre las naciones y por la sustitución de la fuerza de las armas por la fuerza del derecho y de que se procediera de un modo serio y honrado a una limitación progresiva y adecuada de armamentos. Dáis estado asimismo —proseguía Mons. Montini— a la reciente Encíclica del 19 de julio de 1950, citando las palabras mismas de Su Santidad sobre las mortales máquinas de guerra inventadas por la técnica moderna. No puede menos de verse con placer reconocido el hecho de que el Soberano Pontífice se ha pronunciado siempre en favor de la paz, de una paz justa y verdadera». Y apuntaba luego de un modo directo y con evidente severidad, la mala fe de los procedimientos pacifistas: «Este es un punto que ha sido negado o desconocido muy a menudo y por muchos estos últimos años: las palabras y los actos del Santo Padre han sido disfrazados hasta el punto de que organizaciones poderosas que pretendían, sin embargo, trabajar por la paz han llegado a intentar acreditar ante las masas la absurda calumnia de que el Papa deseaba y favorecía la guerra».

      Frente al «dumping» de paz comunista resulta difícil mantener una concurrencia honrada. A primera vista la mentira se pliega al deseo mucho mejor que la verdad. Las masas crucifican a los profetas. Claro está que terminan crucificando también a los embaucadores, pero siempre conceden a éstos un plazo mayor, un margen de confianza más holgado que a aquéllos. «Sólo los falsos profetas prometen la paz. Los verdaderos no prometen más que pruebas, persecuciones y guerra. En cuanto a la paz, no la prometen: la han dado ya»[4].

      La Iglesia no puede tampoco prometer la paz internacional porque la paz que ella ofrece no pertenece propiamente a este mundo. En rigor, nadie puede hacerlo sin mentir: ningún medio humano garantiza la continuidad de esta inestable y parcelada paz que el mundo actual «disfruta». La guerra universal puede estallar de nuevo en cualquier momento y esta posibilidad hay que aceptarla desde ahora con ánimo entero, rechazando como una tentación de estupidez la táctica del ciervo.

      Por muy severas que puedan parecernos, las palabras de Mons. Feltin a los peregrinos de Pax Christi subrayan con firmeza estas ideas; hay en ellas una sinceridad que va haciéndose cada vez más necesaria. «La paz no es de este mundo»... Conocéis esta palabra, os entristece, os hace daño; pero aunque esta verdad os hiera hay que mirarla de frente. No, la paz no es de este mundo... las guerras, los conflictos locales, renacen y se engendran sin cesar, ¡demasiado lo sabemos! Algunos encuentran esto fatal y han perdido toda esperanza de llegar a poner fuera de la ley la guerra y la lucha de clases: no les seguimos. La Iglesia enseña que la paz es posible, que todos tienen derecho a ella, que constituye un deber para quienes detentan el poder. Otros, al contrario, se figuran que la era de las batallas ha concluido, que en adelante la Humanidad, instruida por la Historia y hecha ya, gracias al progreso, mayor de edad, reemplazará la espada por el arado y las hecatombes por los intercambios fraternos. Tampoco lo creemos, o al menos no creemos en los medios que ellos preconizan. Ellos confían totalmente en el triunfo de la razón y en la bondad de la naturaleza humana. Nosotros, los cristianos, no concedemos a ésta tanto honor, no somos los discípulos de J.J. Rousseau, sino los hijos de la Iglesia. Creemos, pues, como ella y merced a ella, en nuestra dignidad de «personas» y en nuestra solidaridad de hombres. Creemos —más que otros— en el hombre; creemos en la humanidad. Pero en la humanidad de los hijos de Adán, en la de los pobres pecadores, como él lo fue y como lo somos nosotros ahora; en la que Jesucristo ha rescatado con su sangre; pero que nosotros somos aún capaces ¡ay! de profanar. No, no creemos en una paz fácil, en una paz automática. No somos ingenuos, sino penitentes, hombres de buena voluntad».

      «Como cristianos, nos inclinamos a la esperanza, pero no a la utopía. Creemos en el paraíso, pero no en el paraíso sobre la tierra. No sucumbiremos, pues, a la eterna tentación de confundir la paz con una «tierra prometida», en la que «manase la leche y la miel».

      «Cristo nunca nos ha prometido un reino de esta suerte; El mismo se negó siempre a ser rey en la tierra. No haremos al Evangelio la injuria de querer ponerlo al servicio de nuestros intereses o al de nuestro miedo de vivir. El Evangelio no es ni una receta ni un talismán para conjurar las desgracias posibles; es una fuerza y una verdad que nos preservan de creer fatales esas desgracias que nos permiten superarlas si se presentan, e incluso servirnos de ellas para redimirnos».

 

Pacifismo sentimental

 

      Junto con el pacifismo del miedo hay que condenar el pacifismo sentimental de los que sólo prestan atención a los horrores de la guerra, a los enormes daños físicos que la acompañan, a las destrucciones de todo orden que son su inmediata manifestación... en fin, a esa copia de males sin cuento, que constituye la estela fatídica de la guerra. La voluntad cristiana de paz no tiene nada de sentimental, «es fuerte como el acero», «es fuerza y no debilidad o causada resignación», «de otro temple muy distinto que el simple sentimiento de humanidad, el cual no detesta la guerra sino a causa de sus horrores y de sus atrocidades, de sus destrucciones y de sus consecuencias, y no, también, a causa de su injusticia. A un sentimiento de ese género impregnado de eudemonismo y de utilitarismo y de origen materialista, le falta la base sólida de una obligación incondicionada y estrecha. Crea el terreno propicio en el cual arraigan la alusión engañosa del compromiso estéril, la tentativa de salvarse a expensas de los demás y, en todo caso, la fortuna del agresor»[5].

      Cuando las almas cristianas se angustian ante la barbarie de la guerra no ven sólo en ella el mal físico, el dolor, la muerte de muchos seres, sino algo que tiene una significación más terrible y más honda: descubren en el subsuelo de todo ello, el pecado, la injusticia, campando por sus respetos, y, sobre todo, «el trágico testimonio de la apostasía del espíritu cristiano».

      Ante el espectáculo de la guerra, uno se ve forzado a reconocer que el mensaje evangélico no ha sido escuchado por las naciones. Los hombres no han recibido la palabra de Cristo, o si la han recibido, luego la han escupido. Una vez más comprobamos la terrible expresión: «Vino a los suyos y los suyos no le recibieron». Eso es lo que ve, sobre todo, el alma cristiana en la guerra y su congoja no es un simple llanto humanitario.

      Los enemigos puramente sentimentales de la guerra ignoran las causas secretas y profundas del acontecer histórico y al proceso interior que larva la epopeya del género humano.

      Nunca más claramente que en la guerra se manifiesta la animalidad y, lo que es peor aún, la maldad del género humano. Esto no quiere decir, sin embargo, que esa maldad no exista en igual o mayor grado en las épocas de paz: existe y acaso obra con mayor eficacia, pero su acción no es tan patente. Por eso pasa desapercibida a los ojos de aquellos que carecen de una sensibilidad moral suficientemente delicada para captar otras formas más hondas del mal. Muchos de los que se lamentan de la guerra parecen ignorar la existencia de las injusticias y de los pecados que la preparan y la acarrean: condenan la guerra, pero apenas protestan, mientras no les afecten a ellos mismos, contra las desigualdades y las injusticias sociales, sangrientas, irritantes, que claman al cielo, ni contra la miserable explotación de hombres y pueblos (el hambre, en ciertas regiones, parece ser el único patrimonio que unas generaciones transmiten a otras). Mueren millones de niños al año por insuficiencia económica de sus familias y casi nadie se entera ni se conmueve de ello. El aborto y el control de natalidad privan de la vida a muchedumbre de seres humanos y esto les parece a muchos hombres civilizados la cosa más natural y explicable a causa del odioso hedonismo que hoy reina en todas partes. Algunos señores sin moral ni escrúpulos lanzan al mundo montañas de literatura morbosa —que es como un continuado y sistemático encender la guerra— pero nadie se escandaliza de ello.

      Sólo cuando la guerra se echa encima se recuerdan sus horrores y se describen patéticamente. Entonces la gente clama: ¡¡paz!! Pero si la guerra está incubada, ¿quién podrá detener su proceso germinativo?

      La guerra es repugnante, es un recuerdo de bestias, una bestialidad desatada. De acuerdo. Pero hay algo más repugnante que la guerra, y es la paz asentada sobre la injusticia, gravitando sobre las conciencias como una roca de impiedad. Una y mil veces se repite en la historia el famoso comunicado «la paz reina en Varsovia». Lo repiten todos los «ciudadanos bien asentados» del mundo que no quieren reconocer la injusticia en que se vive.

 

Pacifismo mágico

 

      Todo esto quiere decir que la paz hay que merecerla y hay que ganarla. Nada, por tanto, más lejos de nuestra mentalidad que el pacifismo mágico profesado por los innumerables incautos que esperan que la paz pueda ser asegurada el día menos pensado por una especie de fórmula cabalística o de mágico conjuro: paz automática, paz demasiado fácil. Muchos aguardan con impaciencia la noticia sensacional de un acuerdo entre tres o cuatro grandes que, como por arte de birlibirloque, les asegure la tranquilidad para el resto de sus días y los de sus hijos y los de sus nietos. Nada más estúpido que este modo de pensar.

      El cristiano sabe muy bien por donde anda el juego: conoce, en la rebeldía de su propia carne, el rastro del pecado original y la tragedia encubierta y milenaria que el progreso no resuelve. Nadie se hace menos ilusiones que el cristiano aunque, seguramente, nadie es tan optimista como él. Pero, para él no hay «ábrete, sésamo» que valga.

      Sin desconocer el valor de los tratados y de los esfuerzos políticos en favor de la paz, se puede estar de acuerdo con Robert Morel —ese «cristiano rebelde» que se cree aislado y que a veces adopta un tono demagógico para decir cosas que no tienen nada de demagógico.

      Se puede estar de acuerdo con él, por ejemplo, en este párrafo: «Los pacifistas creen siempre que el mundo es capaz de organizarse a sí mismo, al amparo de unas leyes humanas, en una sociedad apacible. Destrócense los fusiles, entiérrense los cañones: no se quebrarán por eso los corazones. El origen de la guerra no radica en las armas ni en el armamento, sino en ese poder terrible que tiene el hombre de estar o de no estar en paz. La guerra a la guerra, es una quijotada. algunos consideran la guerra como un fenómeno de naturaleza, un fenómeno natural, ligado a las manchas solares, a los vientos y, a veces, si se quiere, a las circunstancias económicas. No se equivocarían si considerasen a la naturaleza como creación de Dios y al hombre como criatura de Dios y todo desacuerdo entre una y otra, o entre unos y otros, como desacuerdo ante el Creador, como desacuerdo con Dios. Así vemos a San Francisco, a San Romualdo, a San Antonio y a los Padres del Desierto penetrar harto en el amor de Dios para reconciliar luego toda la tierra, las ciudades guerreras de Italia, los leones, los lobos, las aguas y todas las cosas salvajes... Yo sólo creo en esta arma contra la guerra, sea la guerra que sea. Es más débil y más delicada que cualquier otra porque es sensible al menor pensamiento oculto y se muestra frágil ante todo pecado; pero tiene un poder que no se puede comparar con ningún otro, puesto que la paz adquirida por el amor de Dios es vulnerable; las cárceles y los grilletes nada pueden contra ella; el santoral lo repite todos los días. Es una de esas cosas, dice Péguy, «que nunca podrán destruir los soldados». Esta arma decisiva contra la guerra define, en fin, la guerra como una consecuencia del pecado, de todo pecado, del mío como del del prójimo. Esta guerra, nudo de destrucciones, odios, divisiones, desesperaciones, causa de desfallecimientos, cobardías, violencias, es el fruto agusanado y podrido del pecado; y antes de oponernos, o al mismo tiempo que nos oponemos al fusil y a las fábricas de fusiles y de balas, debemos oponernos al pecado que horada el corazón del hombre, que infecta su mirada, falsea sus palabras, traiciona sus gestos y hasta un apretón de manos. Hay que empezar por mí cuanto antes. Hay que empezar por ti... y cuanto antes».

      ¿Por qué no estar de acuerdo con él en esto? ¿O en esto otro?: «Se diría que hablo de cosas lejanas y que no me cuestan. Y, sin embargo, es terrible, terrible, terrible, terrible, terrible, terrible, terrible, saber que Cristo ha venido por nosotros y por nuestra paz; saber que nos la ha concedido a todos, quienesquiera que seamos, de cualquier lugar que procedamos, esclavos o libres, judíos, griegos o alemanes, monárquicos o comunistas; saber que la paz está ahí y solamente ahí, en Cristo, por Cristo, con Cristo, a nuestro alcance»[6].

      La paz no es, pues, cosa de juego, cosa de magia o de azar. Cristo vino al mundo para eso, para traernos la Paz, para que tuviéramos gozo pleno y para eso murió. Pero la Paz de Cristo es obra de la Justicia y mientras ésta no reine en el mundo aquélla estará ausente de él, el mundo no la conocerá. Nuestra paz ha de implantarse primero en las almas y luego extenderse a las familias y a las naciones.

      Esta es la única paz verdadera. El resto es pura prestidigitación.

      Más que el desarme de los ejércitos lo que se impone es el «desarme de los corazones». En su último discurso de Navidad, hace todavía unos días, el Santo Padre afirmaba que «el desarme, es decir la reducción simultánea y recíproca de los armamentos, que siempre hemos deseado y solicitado, es una garantía poco sólida de paz duradera, si no viene acompañada de la abolición de las armas del odio, de la concupiscencia y del deseo desmesurado de prestigio».

 

Motivación cristiana de la voluntad de paz

 

      «Lo que importa —dice el Santo Padre— es querer sincera y cristianamente la paz». Pero, los cristianos, ¿cuántos la quieren de esta manera? La mayor parte de ellos parece haber olvidado que la paz es, ante todo, un precepto que hay que cumplir —un precepto de derecho divino— y en segundo término, un bien que procede de Dios y que ha de ser merecido por el ejercicio de ciertas virtudes o, más propiamente, de todas ellas.

      La motivación cristiana de la paz es, pues, mucho más compleja y más densa que las que hemos analizado hasta ahora. Implica obligaciones muy graves, no tan sólo ante la guerra inminente, sino en todo momento: cualquier injusticia social es una semilla de discordia, una incitación al odio. La frase de Jaurès: «Le capitalisme porte la guerre comme la nuée porte l'orage», es exacta si se aplica a cierto género, sin duda el más extendido, de capitalismo que hace del lucro el único principio motor de la economía, pretende declarar autónomo de toda servidumbre ética al mundo de los negocios («les affaires sont les affaires») y desconoce sistemáticamente la noción, genuinamente moral, del bien común. Ese capitalismo es el que ha encendido y alimentado la mayor parte de las guerras modernas, si no todas.

      Malo es el odio y quien se deja arrastrar por él, pero más malo aún resulta el que con su egoísmo hipócrita lo excita y con su injusticia lo provoca. Quien ame verdaderamente la paz debe, pues, comenzar por cumplir él mismo y hacer cumplir las exigencias de la justicia social.

      La paz de los diplomáticos no es la misma que la paz que predica la Iglesia. Ellos intervienen y se mueven en la epidermis de los acontecimientos: la Iglesia conoce y trata de evitar las causas profundas de toda guerra.

      Lo que primero mueve la voluntad cristiana de paz es, pues, el mandato de Cristo: «Que os améis los unos a los otros».

      «Si nos sentimos atraídos por la paz —dice Su Santidad Pío XII[7]— es, sin duda alguna, por el espectáculo de las ruinas de la última guerra, por la silenciosa condenación que se eleva de los grandes cementerios en los cuales se alinean en filas interminables las tumbas de sus víctimas, por la nostalgia todavía no apaciguada de los prisioneros y de los desterrados, por la angustia y el abandono de numerosos detenidos políticos, hastiados de verse injustamente perseguidos. Pero, más todavía que todo eso, debe incitarnos la voz poderosa del precepto divino de la paz y la mirada dulcemente penetrante del Divino Niño del pesebre».

      Y en virtud de este precepto —y no precisamente por el temor a la muerte, el deseo de la tranquilidad o un flojo humanitarismo sentimental— el Papa «conjura a sus queridos hijos e hijas del mundo entero a que trabajen por la paz según el corazón del Redentor».

 

«Feliz el que muere en una guerra justa»

 

      Si la voluntad de paz cristiana se halla tan profundamente arraigada, si el precepto del Salvador es categórico, ¿cómo se explica, pues, que el cristiano pueda ir a la guerra sin macular su propia conciencia? Muy fuertes deben ser ciertamente las razones de una guerra para que los cristianos deban considerarla justa: en este punto los teólogos católicos se han mostrado desde Santo Tomás sumamente exigentes, aunque, por desgracia, como he apuntado antes, en muchos casos los gobernantes y príncipes cristianos no parecen haber sentido demasiados escrúpulos al aplicar tal doctrina (yo me atrevería a pensar que, las más de las veces, no han sentido ningún escrúpulo y hasta que la ignoraron de grado).

      La razón fundamental que los cristianos pueden tener para ir a la guerra es que existen bienes de gran importancia, valores de superior categoría, de más altos quilates, que la paz y el orden externos. Los que sólo ven por los ojos de la carne es natural que quieran la paz a todo precio; pero el cristiano tiene unos ojos más penetrantes y unos oídos más finos y perceptivos que le permiten darse cuenta de otros bienes que a aquéllos se les ocultan. «Entre estos bienes hay algunos de tanta importancia para la comunidad humana que su defensa contra una agresión injusta está plenamente justificada. Esta defensa se impone igualmente a la solidaridad de las naciones, las cuales tienen el deber de no abandonar a cualquier pueblo que sea víctima de una agresión»[8].

      El cristiano no puede sentirse, por tanto, detenido por la simple perspectiva de destrucción y de muerte que la guerra trae consigo y hasta podrá ocurrir que la guerra sea para él una obligación ineludible. El balance que él establece se plantea en un terreno más elevado. El considera los acontecimientos desde otro punto de vista muy distante del de los positivistas y materialistas políticos.

      «Tan cierto es esto que la sola consideración de los dolores y de los males que se derivan de la guerra y aun la dosificación cuidadosa de la acción emprendida y de los bienes que de ella se esperan, no son, en último extremo, suficientes para determinar si es moralmente lícito —e incluso, en tales o cuales circunstancias concretas, obligatorio (con tal de que haya siempre probabilidades fundadas de éxito)— el rechazar al agresor por la fuerza»[9].

      Pero esta actitud, en virtud de la cual, todo, hasta la guerra misma, es puesto al servicio de la paz verdadera, no puede ser exagerada o deformada, no puede ser transformada en una posición belicista. Se trata de defender bienes altísimos, de los que luego hablaremos, no simplemente modos culturales perecederos, que en sí mismos tienen un valor muy reducido, ciertamente insuficiente para justificar catástrofes bélicas universales. Menos aún se tratará de defender intereses egoístas o privilegios injustos de ciertas clases sociales —por ejemplo, un régimen capitalista, anticuado, incapaz de resolver los problemas económicos de la Humanidad—. Este es el temor de muchos pacifistas cristianos frente a este mundo partido en dos bloques político-económicos, ninguno de los cuales parece muy interesado en reconocer públicamente el reinado del Redentor. Agnosticismo, laicismo y capitalismo egoísta por una parte; ateísmo, tiranía y dictadura del «proletariado» por la otra: no es como para inclinarse demasiado alegremente. La desconfianza de estos cristianos pacifistas es lógica: temen que los más nobles ideales y las más dignas palabras sean puestas al servicio de las causas más torpes e inconfesables. Sólo una prudencia divinamente iluminada puede dictar las decisiones en momentos tan graves y complicados.

      Por otra parte, el Papa afirma —y lo hace de un modo contundente que no deja lugar a dudas— que no bastan las cuestiones de prestigio nacional, ni las reivindicaciones de legítimos derechos, para provocar un nuevo incendio con todas sus consecuencias espirituales y materiales.

      En las condiciones hodiernas es, pues, muy difícil que pueda darse una guerra justa: de este modo piensan muchos teólogos a la vista del panorama internacional y del alcance de los medios modernos de combate. El P. Zalba, por ejemplo, no vacila en afirmar «que una guerra de agresión no puede ser lícita a no ser que haya certeza moral de que el conflicto bélico ha de quedar restringido a pocos contendientes y de escaso potencial bélico»[10] y esta circunstancia difícilmente puede darse en el momento presente. En su famosa carta pastoral, tan traída y llevada, publicada en el «Osservatore Romano» del 6 de abril de 1949, el Obispo de Parma, Mons. Evasio Colli, manifestaba que actualmente son necesarias, para que una guerra pueda ser estimada justa, tres condiciones de casi imposible realización: su popularidad, la seguridad de que el daño y el riesgo sean proporcionales a las causas que se combaten y, en fin, la eliminación de todo medio de lucha contrario a la justicia.

      Si el Obispo de Parma ha colocado como primera condición la popularidad de la guerra, no hay en ello nada de sorprendente: «La autoridad legítima del Estado, aun derivando siempre de Dios, está hoy personificada en los elegidos por el pueblo y el pueblo no cree ya en la guerra y no la quiere». El pueblo no cree ya en la guerra entre otras razones que Mons. Colli enumera, porque «ha soportado ya tantos sacrificios y tantos daños y todo esto —según se decía— para crear un orden nuevo fundado sobre la justicia y sobre la libertad y para proporcionar un bienestar mayor. Y después, al término de la guerra, en vez de orden ha visto un mayor desorden, en vez de justicia ha visto privilegios o dictaduras, en vez del bienestar ha encontrado la miseria». (No es extraño, dicho sea entre paréntesis, que esta pastoral haya sido objeto de discusiones: hay mucho de santa indignación y de explosión de noble ira en ella y estas actitudes siempre despiertan resistencias y oposiciones).

      Pero quiero señalar que el Santo Padre ha insistido recientemente en esta idea de la impopularidad de la guerra. «Si hoy hubiese guerras «populares» —ha dicho en su discurso a los diplomáticos el día 1 de enero de 1951— habrían de serlo en el sentido de que respondiesen a los deseos y a la voluntad de los pueblos; sería solamente en el caso de una injusticia flagrante, tan destructora de los bienes esenciales de un pueblo, que hiciese revelarse a la conciencia de toda una nación. Tal es la voluntad de paz que los pueblos han expresado con una evidencia innegable, tanto con las palabras como con los hechos»[11].

 

Guerra de agresión. Guerra preventiva. Guerra de liberación

 

      La cuestión de la guerra justa parece claramente resuelta en lo que se refiere a la guerra defensiva. Se reconoce la legitimidad de esta guerra y hasta su carácter obligatorio cuando se trate de defender valores superiores. No así en lo que se refiere a la guerra de agresión en sus formas más o menos encubiertas. Las opiniones parecen en esto más divididas.

      Mons. Ancel, obispo auxiliar de Lyon, bien conocido por sus actitudes sociales eminentemente populares, acaba de publicar en el semanario L'Essor o mejor dicho está publicando aún cuando estas líneas se redactan, una serie de artículos sobre la guerra preventiva que han levantado comentarios muy vivos en Francia y fuera de ella. El propio Mons. Ancel se ha visto obligado a salir al paso del uso que algunos periódicos políticos (comunistas) han empezado a hacer de sus palabras, citando éstas parcialmente y de modo que no reflejan la totalidad de su pensamiento. Mons. Ancel afirma que él no ha predicado la objeción de conciencia ni el neutralismo, sino solamente ha tratado de presentar la doctrina de la Iglesia sobre la paz de un modo asequible a sus lectores de la diócesis lyonesa, y ciertamente lo ha hecho con el vigor y la vivacidad que caracterizan a todos sus escritos.

      Para Mons. Ancel la guerra preventiva es una forma de la guerra de agresión, que resultaría, en las circunstancias actuales, tan injusta como cualquier otra. «Atacar el primero no es defenderse». «¿Hay derecho a matar a un hombre antes de que ataque, bajo pretexto de que se le suponen malas intenciones?». «Sin duda, si un hombre tiene motivos para creer que otro quiere hacerle daño, debe ser prudente, debe tener cuidado, debe estar presto a defenderse en caso de ataque, pero si mata a su adversario antes de ser atacado, es un criminal».

      En consecuencia, concluye Mons. Ancel, «cualquiera que aspire o desee realmente que los americanos desaten una guerra preventiva contra la Rusia comunista, está en estado de pecado. Ha pecado mortalmente contra el quinto mandamiento: No matarás». «Jamás hay derecho a decir: Yo te mato hoy para que tú no me mates mañana». Esto no significa, precisa el ilustre prelado, que haya que dejar al comunismo libertad para invadir el mundo entero, ni mucho menos que la voluntad de defensa de los pueblos cristianos deba ser debilitada.

      En sus diferentes artículos el prelado francés ha planteado varios casos concretos: este es un modo mejor para hacerse entender, un lenguaje que el pueblo comprende más que las elucubraciones teóricas.

      «Supongamos que Francia está unida a los Estados Unidos por un tratado militar. ¿Qué debería hacer Francia si los Estados Unidos iniciasen una guerra preventiva contra Rusia?». La contestación de autor —que no ha dejado de levantar una nube de comentarios— es categórica: «El tratado sería nulo por el hecho mismo. No valdría nada. Un tratado se hace nulo cuando se opone a la ley moral».

      Mons. Ancel ha insistido sobre esa conclusión en su segundo artículo de L'Essor, del 16 de diciembre último. «Toda guerra ofensiva es un pecado. La invasión liberadora es una guerra entablada para liberar a un pueblo de la injusticia que pesa sobre él. No es pues una guerra defensiva, es una guerra defensiva. No se trata de acudir en defensa de pueblo víctima de una injusta agresión. Es directamente una guerra ofensiva, aunque esta guerra ofensiva pretende justificarse por su objetivo. Se trata de liberar a un pueblo de la injusticia». Pero «la verdadera voluntad de paz no admite ni pretexto ni razonamiento para justificar una guerra de agresión. Ella excluye toda guerra ofensiva sin excepción. Por consiguiente la invasión liberadora es un crimen de guerra, tanto como la guerra preventiva. Si los Estados Unidos desatasen una guerra para liberar del yugo soviético a las naciones de Europa Central, serían criminales de guerra. Si la Rusia desatase una guerra para liberar del yugo capitalista al proletariado de cualquier otro país, sería criminal de guerra».

      El eco de estas manifestaciones, ha sido, como el lector puede suponerse, enorme. Mons. Feltin, arzobispo de París, en una conferencia pronunciada el día 22 de diciembre sobre «la Iglesia y el problema de la Paz», que era esperada con expectación, no sólo no ha reafirmado la opinión de Monseñor Ancel, sino que, con exquisito cuidado, ha repuesto el problema en un plano más general. Concretamente sobre la objeción de conciencia, tema que en parte había sido provocado por el primer artículo de Mons. Ancel («si Francia siguiera a los Estados Unidos la participación en una guerra «preventiva», habrá que «negarse a combatir» porque «por encima de toda disciplina está la voluntad de Dios»), el arzobispo de París se ha expresado así (según «Le Monde» del 23 de diciembre): «Sobre la objeción de conciencia el Magisterio no se ha pronunciado explícitamente ni directamente. La cuestión, que no es ligera, sigue perteneciendo por ahora al dominio de las cuestiones disputables. No entra por otra parte en mis propósitos, emprender el examen de la misma. A decir verdad, su solución está ligada en lo esencial a la de una cuestión más vasta —y capital— la de la 'guerra justa'. Problema inmenso, que tampoco puede entrar en esta disertación».

      Por otra parte, un despacho de la Agencia France Presse, fechado en la Ciudad del Vaticano y publicado en diferentes periódicos, después de hacer resaltar la legitimidad y aun la necesidad de la guerra defensiva, decía lo siguiente: «Cuando un país está en guerra, los nacionales deben someterse a las obligaciones que les vienen de su condición. Sea cual sea la naturaleza de la guerra a la que sean conducidos, tienen siempre el derecho de defenderse. No se ha visto nunca en la historia reciente que la Iglesia haya predicado la revuelta contra las autoridades constituidas ni obligado a los fieles a no tomar las armas contra sus adversarios. Así pues la Iglesia se alzará siempre contra todas las guerras, pero no llegará nunca hasta intervenir directamente en los conflictos y a apreciar la revuelta a los fieles».

      En el último artículo publicado hasta hoy, Mons. Ancel ha tratado de la guerra defensiva, tema en el que, como he dicho antes, todas las opiniones cristianas están netamente de acuerdo. Su pensamiento se resume en esta frase: «Para que los franceses permanezcan unidos en una misma voluntad de paz, hace falta que permanezcan opuestos a toda guerra preventiva y decididos a verter la última gota de su sangre en caso de agresión».

 

Por la libertad vale la pena de morir

 

      Cabe preguntar aquí cuales son esos valores supremos, esos bienes de más elevada categoría, en defensa de los cuales los pueblos pueden y debe lanzarse a una guerra. Si hubiese que expresarlos todos en una sola palabra, yo los llamaría libertad. La libertad concebida como libertad para el bien es, sin duda, garantía o, al menos, base de todos los valores morales. Cuando una persona o una colectividad ha sido privada de esa libertad, bien puede decirse que ha sido vulnerada en su misma esencia. Sin libertad el hombre deja de ser persona, desciende un escalón ontológico, se convierte en bruto, en cosa; la comunidad, en colmena de autómatas. La libertad para el bien implica, en cambio, diversidad de bienes morales y materiales que al hombre y a la comunidad les son debidos por su propia naturaleza: así, cierta independencia y holgura material (la subyugación económica es la forma más sutil de la esclavitud), un conjunto de derechos políticos fundamentales sincera y rectamente ordenados al bien común (no al predominio y a la prosperidad de unos cuantos), una amplia autonomía del ámbito religioso que impida que a la Iglesia se la pueda sojuzgar, poniéndola al servicio de inconfesables egoísmos políticos o considerándola como enemigo público, una razonable libertad de conciencia en virtud de la cual nadie pueda intentar imponer a nadie por la violencia, por la coacción o por la presión social, esta o la otra religión, esta o la otra concepción político-mística. Todo eso —y el respeto a los niños, a las mujeres, a los jóvenes y a la dignidad de la vida humana en sus más delicadas manifestaciones y aun otras cosas más— va implicado en la libertad para el bien. Este es verdadero patrimonio de una verdadera civilización. De la defensa de esos bienes nacen las únicas batallas sinceramente populares, las únicas, al menos, que merecerían serlo, en toda ocasión y circunstancia.

      No hay verdadera paz sin libertad. «Sólo la realización de una verdadera libertad puede producir la paz»[12].

      «El orden cristiano —ha dicho Su Santidad en el último mensaje de Navidad— como organización para la paz, es esencialmente un orden de libertad. Es el concurso solidario de hombres y de pueblos libres para la realización progresiva, en todos los dominios de la vida, de los objetivos asignados por Dios a la Humanidad».

      Pero sí es verdad que la paz está condicionada a la libertad, también lo es que ésta no puede ser verdaderamente asegurada sin «la fe en un Dios personal y un reconocimiento incondicional de la ley moral del cristianismo». Donde falte esa fe, la libertad y la paz se apoyan sobre la arena y llegan a perder su legítimo significado.

      Resulta, por tanto, que allí donde se niega a Dios acaba por negarse también la libertad y que allí donde se niega la libertad acaba por negarse también a Dios: piérdense las nociones morales, la existencia humana se abisma, no queda siquiera el recuerdo de la menospreciada dignidad humana.

 

El cristiano en la guerra

 

      Se explica que, para evitar esta cadena de males, el cristiano no vacile en acudir a la guerra defensiva, cuando esta medida es posible (los campos están tan confundidos que, a veces, no cabe discernirlos como a dos ejércitos contendientes. Quienes se fingen defensores de la libertad son, en ocasiones, sus mayores enemigos). Es un paso que le repugna, una decisión extrema, sumamente dolorosa, pero de ningún modo injusta. Para el cristiano la guerra es un «estado espiritualmente monstruoso» como ha dicho alguien, pero, sin embargo, puede ser necesario en la situación actual del género humano. También la muerte es monstruosa y la enfermedad y el dolor. Mas todos son frutos del pecado, que es máxima monstruosidad.

      Cuando el cristiano va a la guerra, la Providencia lo protege, no tanto contra el daño físico —contra el bombardeo, contra el hambre, contra el frío— como contra su propio salvajismo interior. ¡Qué milagros no ha de hacer Dios para que en esa horrible situación el cristiano no se deje también arrastrar por la ola de sangre, para que no reviva en sí mismo el papel bíblico de Caín! El cristiano no puede odiar a hombre alguno: incluso si se ve obligado a matarlo, tampoco puede odiarlo y ha de amarle al propio tiempo que le quita la vida. ¿No es esto una gran paradoja? ¡Nunca lo será tan grande como la paradoja de la cruz!

      Esto es lo que no quieren ver los objetantes de conciencia: que el cristiano sigue amando en su trinchera al que está en la trinchera de enfrente y debe seguir amándolo aún mientras carga su ametralladora. («Todo esto es absurdo, no tiene sentido». Es verdad: sin la Fe y sin la Gracia, todo esto es imposible).

      El cristiano en la guerra se pasea en medio de las llamas, como Azarías y sus dos compañeros, sin dejar de dar gloria a Dios. Mil enemigos le rondan a diestra y mil a siniestra. Pero su verdadero enemigo le acecha por dentro y es el único que, en verdad, puede quitarle la vida.

      La frase de Péguy «feliz aquél que muere en una guerra justa», encierra dentro de sí un gran misterio que algunos, demasiado superficiales, no han barruntado todavía. Es el misterio de Abraham dispuesto a sacrificar a Isaac, su unigénito.

      ¡Amargo es el cáliz que debe beber la Humanidad! Sólo al final de los tiempos podrán ser entendidas estas cosas.

 

Medios temporales para la victoria de la paz

 

      «Todo esto está muy bien, es muy bello —dirán algunos— pero el pacifismo de la Iglesia resulta ineficaz: se reduce a dar buenos consejos, que casi nadie escucha; es como un predicar en el desierto, que a nada práctico conduce. Nosotros no podemos permanecer así, cruzados de brazos. No estamos en condiciones de aguardar a que la Humanidad se convierta, cosa que, por otra parte, parece demasiado imposible. Dejadnos buscar la paz del mundo por los caminos del mundo. Vuestra actitud excesivamente mística nos parece poco realista y harto ineficaz».

      Razonar de esta manera es desconocer la posición cristiana en relación con lo temporal, que constituye —cuando es correcta— una síntesis de trascendencia y de encarnación.

      «Dios como si no hubiese medios, medios como si no hubiese Dios»: este es el principio tan repetido por muchos doctores de la Iglesia y que el gran polígrafo español enunció con su clásico laconismo de estirpe estoica. Aplicado este principio al caso de la paz, nos dice que la paz hay que buscarla primero con la oración, con la penitencia, implorándola de Quien puede darla, con la práctica constante de todas las virtudes sociales. Pero además hay que lograrla mediante aquellos expedientes puramente temporales que la razonable visión del mundo actual nos ofrezca.

      Cumple la Iglesia en su misión evangélica aconsejando plegarias, reforma de costumbres, expiación de los pecados propios y ajenos, mas no desdeña la aplicación de otros recursos, al contrario, los estimula y los bendice.

      ¿Cuáles son esos medios? La Caridad es ingeniosa, su inventiva resulta inagotable. No rechaza ningún medio lícito para lograr la paz, todos los estimula y los multiplica. El objeto inmediato de los esfuerzos pacificadores debe consistir por de pronto en determinadas medidas de carácter económico que funcionen como una primera cura de urgencia. Habrá que tratar de dominar previamente, mediante una acción rápida y enérgica ciertas causas de tensión que agravan moral y materialmente el peligro de guerra, tales como «la relativa estrechez de ciertos territorios nacionales y la penuria de materias primas». Para ello será menester dirigir inteligentemente los movimientos migratorios orientándolos a las regiones en que más fácilmente pueden encontrarse víveres; procurar que todos los pueblos sean capacitados técnicamente para producir, dotándolos de las materias primas necesarias. No ha existido hasta ahora una política migratoria mundial: los movimientos humanos se han desarrollado de acuerdo con leyes naturales, parecidas a las que establece la teoría cinética de los gases, con los consiguientes conflictos, que por no ser simples choques de moléculas, sino de hombres, han dado lugar a verdaderos cataclismos históricos. Tampoco ha existido una política generosa y constructiva de materias primas: el uso y el intercambio de éstas están sujetos a trabas innecesarias que crean peligrosos desniveles económicos sin beneficio para nadie y que han de ser suprimidos.

      Por lo que se refiere al orden interno de las naciones, es preciso abolir las injusticias sociales: una situación aceptable debe ser establecida aun para los más débiles y hay que acabar con esas enormes desigualdades que son la lacra de muchos países, sobre todo de los que se consideran cristianos. En este punto hay que ir a marchas forzadas: de lo contrario el comunismo se echará encima de esas naciones como un nuevo azote de Dios antes de que puedan despertarse de su letargo.

      Pero, por muy importantes que sean los fenómenos económicos no bastan para explicar la Historia ni son los únicos que hay que tener presentes a fin de conseguir la paz. La paz del futuro está muy ligada al clima espiritual en que sea educada la juventud de hoy. «Dadme la educación en un siglo cambiaré el aspecto de Europa», decía Leibnitz, el gran optimista. (¡Ah! ¿Por qué no se la dieron?).

      La propaganda del odio, la exaltación desmedida de los valores propios, la simplificación casi grotesca de la historia, que durante muchos años ha reinado en las escuelas —aun en las escuelas cristianas— constituía una verdadera «educación para la guerra». Es urgente que se establezcan nuevos moldes educativos, dirigidos a la formación del sentimiento de comunidad entre los hombres, de la unidad del género humano y de la relatividad de los conceptos nacionales, es decir, una auténtica «educación para la Paz». Esto no es tan fácil como parece a primera vista porque los egoísmos colectivos han cristalizado en formas monstruosas revestidas de una especie de irisación sagrada, ciertos tabús sociales, muy difíciles de destruir. Los nacionalismos exacerbados, herméticos, unitarios, inorgánicos que brotan como hongos de la siembra napoleónica, se entremezclan con los legítimos patriotismos y pretenden cubrirse bajo el manto casi religioso del amor a la patria. Los mismos católicos se dejan arrastrara veces de estas deformaciones confinándose en sus cómodos y egoístas aislacionismos, o lanzándose a elucubraciones místico-patrióticas que son la negación misma del catolicismo. Contra esta situación de hecho vienen a chocar los esfuerzos de los que intentan promover «la educación de la paz» y es probable que esta idea tarde mucho tiempo en abrirse camino; pero todos deben intentarla, los cristianos con más motivo que nadie.

      Ahora bien, para poner en juego todas estas ideas, se necesita, ante todo, una colaboración internacional orgánica y permanente. «Ojalá —decía el Papa— que la Organización de naciones unidas se convierta en esa plena y pura solidaridad internacional, borrando de sus instituciones y de sus estatutos todo vestigio de su origen, que era necesariamente una solidaridad de guerra».

      Claro está que esto no puede lograrse en un día. Los detractores de la ONU y de sus filiales harían mejor en considerar cuan costosos y largos han sido los esfuerzos que a través de la Historia han tenido que realizar ciertas buenas ideas para abrirse paso y llegar a encarnar en instituciones viables. ¿Que estas empresas están sujetas a desviaciones? ¿Que los cristianos no podemos mirarlas con plena confianza porque fácilmente pueden ser presa de humanitarismos filantrópicos de carácter agnóstico o ponerse al servicio de intereses determinados? De acuerdo completamente. Pero eso no nos autoriza a desearles el mal, ni a aguardar con sonrisa conejil a que llegue el fracaso, secretamente deseado, para decir después: «¿Véis? Ya os lo anunciábamos nosotros». Con razón el P. Zalba, en su artículo citado, afirma «que todos debemos aplaudir y favorecer —en vez de limitarnos a criticar las imperfecciones y aun arbitrariedades de sus primeros tanteos y actuaciones— la idea cristianísima de que existe un «bien común de las naciones» el cual «se debe promover mediante una organización internacional, cuyo ensayo pudo ser después de la guerra europea la Sociedad de Naciones ginevrina, resucitada en otra forma después de la guerra mundial».

      Es preciso —dice S.S. Pío XII— dar al mundo una «organización política eficaz». «Nada hay más conforme a la doctrina tradicional de la Iglesia, ni más ajustado a su doctrina sobre la guerra legítima o ilegítima, sobre todo en las circunstancias actuales. Es necesario, por tanto, llegar a una organización de esta naturaleza, aun cuando no fuera más que para terminar con una carrera de armamentos en la que hace ya muchas décadas los pueblos se arruinan y se agotan en pura pérdida»[13].

      Pero, ¿cuáles deben ser las estructuras básicas de aquella organización política? Esta es todavía una incógnita: el mundo no acierta a descubrir la vía. Decir que hay que volver al pasado es proponer un imposible. Todo es nuevo bajo el sol. Cantar las grandezas de la tradición no pasa de ser una actitud elegíaca, porque la tradición en sí misma es puro gemido ontológico, inofensivo pretérito, como astil desguarnecido de su saeta. La historia debe darnos el suelo que hace falta para «adquirir impulso». Mas para ello es menester sentirse inflamados de vida, radicalmente insatisfechos, comprender la necesidad constante de existir en perpetua renovación. Está por hacer una nueva técnica social adaptada a las dimensiones del mundo actual. Para lograr esto hará falta poner en juego no sólo una filosofía, sino también esa imaginación creadora de la que el Papa nos habla con increíble juventud de espíritu: «¿Quién se atrevería a juzgar suficientes los recursos y métodos actuales de gobierno y de política? En verdad es imposible resolver el problema de la organización política mundial sin avenirse a dejar algunas veces los caminos trillados, sin hacer un llamamiento a la experiencia de la historia, a una sana filosofía social aun a cierta intención de la imaginación creadora»[14].

      El federalismo es, quizás, la fórmula original capaz de reemplazar los automatismos actuales por una cinemática más humana, el culto ciego del valor numérico por una unidad orgánica natural más profunda.

      «Os parece a vosotros que para ser eficaz la organización política mundial debe adoptar la forma federalista. Si con ello entendéis que esta organización debe liberarse del engranaje de un unitarismo mecánico, en esto estáis de acuerdo con los principios de vida social y política enunciados firmemente y sostenidos por la Iglesia. De hecho ninguna organización del mundo podrá ser viable si no armoniza con el conjunto de lazos naturales, con el orden normal y orgánico que rige las relaciones particulares de los hombres y las de los diversos pueblos»[15]. Pero todo esto constituye un campo amplísimo de trabajo, de estudio y de acción que el Papa invita a desbrozar a los políticos, economistas y sociólogos católicos. En él su labor puede ser fecunda.

 

Pax Christi

 

      Los católicos empiezan a preocuparse seriamente de este problema de la paz. Aunque con algún retraso, muchos comienzan ahora a darse cuenta de que precisamente como cristianos tienen algo que hacer sobre esto. Ya durante las últimas guerras algunos se habían decidido a promover campañas de oración y de penitencia entre los beligerantes, sin distinción de bandos, y la empresa parecía haber dado frutos de amor admirables. Últimamente la Jerarquía de Alemania, Francia, Bélgica, Italia, Holanda y Suiza han acogido el movimiento titulado «Pax Christi», que es todo un símbolo de los tiempos que corremos. La Iglesia ha sufrido enormemente en estas últimas guerras al ver divididos a sus hijos y en grave peligro la unidad del amor que debe reinar entre ellos. Si en otras épocas los predicadores cristianos fueron los heraldos de la guerra santa para la reconquista de Jerusalem y la defensa de la diminuta y gravemente amenazada sociedad cristiana, hoy han de predicar la paz, la auténtica paz cristiana, que no es, como hemos visto, la paz de los débiles y cobardes, ni la paz sentimental de los blandos, ni la paz mágica de los incautos, sino la paz consciente, la paz de los fuertes, fundada en la justicia, en el sacrificio, en el desprendimiento, en la práctica de las virtudes sociales, en el razonable despliegue de los medios lícitos que la Caridad sugiere.

      Ningún país debe estar al margen de este movimiento de paz cristiano. ¿No sería esto mismo un signo de mala voluntad? Todos los pueblos somos solidarios. La guerra no se detiene hoy en ninguna frontera. Las ciudades alegres y confiadas deben despertar. Sus habitantes deben cubrirse de ceniza y hacer pública penitencia para impetrar de Dios el beneficio de la paz. De hecho, son pocos los que se inquietan en los países que, por un singular privilegio, han estado alejados de las últimas contiendas. Pero esta situación de indiferencia ha de modificarse, sencillamente porque no es cristiana y porque, además, no es razonable.

      He aquí unas palabras del manifiesto de «Pax Christi» que nuestros lectores españoles, acaso menos interesados hacia estos problemas, deben meditar. Sus afirmaciones no son exageradas: expresan un estado de ánimo muy real en el mundo de hoy.

      «A mediados de este siglo, época de cambio y renovación, decisiva para el provenir de la humanidad, los pueblos, las razas y las naciones tiemblan en una angustia sin límites ante la amenaza de una guerra más espantosa, por su extensión, su carácter total y la potencia de las máquinas mortíferas, que todas las crisis sufridas por la especie humana hasta el presente.

      Los cristianos participan de esta angustia; la llevan consigo como todas las miserias de los hombres. No pueden permanecer indiferentes ante la perspectiva de una guerra que estaría a punto de aniquilar la civilización, de arruinar por mucho tiempo los valores morales, de debilitar enormemente la vida religiosa y de corromper para siglos la historia de la humanidad en marcha hacia su Creador.

      ¿No son los cristianos hijos del Padre de todos los hombres y hermanos de Cristo, Príncipe de la Paz? ¿No son ellos los depositarios y los testigos del Amor, única causa efectiva de la paz?

      Y los católicos ¿no llevan ese bello nombre, que significa universal? ¿No han sido invitados infinidad de veces por los Papas y por toda la Jerarquía eclesiástica a realizar un trabajo obstinado y eficaz por la paz de Cristo en el reino de Cristo?

      Pax Christi, unión de oración, de pensamiento y de acción por la paz del mundo, aprobada y alentada por la Iglesia, quiere contestar a estas consignas, a estas necesidades, a esta misión, a esta vocación.

      Los hombres no conocerán la paz —esa paz que el mundo no puede dar— si ellos no la piden por medio de la oración a Dios, Autor de toda paz. Pax Christi va a promover una cruzada de oraciones por la paz.

      Los hombres no conocerán la paz si buscan las reglas lejos de las enseñanzas de Cristo, Príncipe de la Paz, tal y como lo transmite fielmente la Iglesia. Pax Christi quiere difundir en las gentes el pensamiento cristiano por la paz. Quiere enriquecer y hacer progresar este pensamiento por medio del estudio, adaptándolo a las necesidades presentes.

      Los hombres no conocerán la paz si no actúan, si no se arriesgan, si no sufren generosamente por la paz bajo la dirección del Espíritu Santo, Espíritu de luz, de fuerza y de paz. Pax Christi quiere agrupar a los cristianos para una acción inmediata, práctica y eficaz en favor de la paz».

 

¿Orden cristiano o paz armada?

 

      Ahora bien, resulta perfectamente inútil que se presente a los pueblos un programa de orden cristiano capaz de fundamentar la paz si ese programa no puede ser llevado a cabo, si la Humanidad no está en condiciones de comprenderlo ni de aplicarlo.

      Cabría pues preguntarse: ¿dónde están los cristianos? ¿De qué han servido tantos siglos de civilización cristiana? El panorama no puede ser, en efecto, más desolador.

      Si el cristianismo tuviese hoy vigencia social, es decir si los criterios cristianos estuviesen latentes en los espíritus como un supuesto colectivo, como un «a priori» de indiscutible trascendencia social, las enseñanzas de Cristo y de su Iglesia tendrían un eco que desgraciadamente no se produce, ni se siente por ninguna parte.

      Pero no es así. Y no se nos culpe de pesimismo, pues el mismo Papa es quien lo dice en su último discurso de Navidad, días antes de terminar el año 1951: «Un profundo sentido cristiano falta en exceso en el mundo de hoy: los verdaderos y perfectos cristianos son demasiado raros» (Soy yo quien subraya esta frase terrible, que algunos calificarían de pesimista). «El nudo del problema de la paz es actualmente de orden espiritual; es deficiencia o defecto espiritual».

      Que no se diga que con estas palabras el Papa agrava «el desánimo de los amigos de la paz». Que no se diga tampoco que el Papa da en cierto modo la razón a «los que ven en la paz armada la palabra última y definitiva en la causa de la paz, solución deprimente para las fuerzas económicas de los pueblos y exasperante para sus nervios».

      Es importante que todos nos demos cuenta del enorme déficit de paz que hay en nosotros como consecuencia de nuestro enorme déficit de cristianismo. Esto despertará, tal vez, a los que están dormidos, a los que cierran los ojos a la realidad, sin duda porque de esta manera se justifica más fácilmente la inacción. ¡Los perfectos y verdaderos cristianos son demasiado raros! Después de tantos siglos de cristianismo tenemos que llegar a esta terrible conclusión de que el evangelio no ha penetrado todavía con suficiente profundidad en el género humano y de que Cristo sigue siendo hoy el «Gran Desconocido» del siglo.

      Por eso no queda de hecho más recurso por el momento que la «paz armada», es decir un equilibrio inestable y costoso que se está llevando la inmensa mayor parte de los esfuerzos de la actual generación y de las inmediatas precedentes. Por eso atravesamos una era de militarismo receloso que en vano se encubre bajo formas más o menos populares, tanto al Este como al Oeste del telón de acero. No cabe hacerse falsas esperanzas: esta situación no puede terminar de otra manera que con la implantación de un orden social cristiano. ¿Que esto nos parece algo casi utópico o, al menos, muy lejano? Tanto peor para nosotros. Pero sería estúpido cegarse voluntariamente. La meta de los amigos de la Paz no puede ser en último extremo otra que la cristianización del mundo, la realización histórica de un proceso que aún no ha adquirido su plenitud existencial.

 

 

[Notas]

 

[1] («Les équivoques du Pacifisme», Esprit, 2. 1949).

[2] De la Pastoral dirigida al Clero y a los fieles de la Iglesia Ortodoxa Rumana por el patriarca Justiniano Marina y leída en todas las iglesias el domingo 20 de agosto de 1950, o el domingo siguiente en las parroquias que no lo hubiesen recibido a tiempo.

[3] Del Mensaje de Navidad de 1950.

[4] Jacques François. Peut on-faire la paix par la magie?

[5] Radiomensaje de Navidad de 1948.

[6] Robert Morel. Pax Tecum. Número citado de la Revista Esprit.

[7] Radiomensaje de 1948.

[8] Ibid.

[9] Ibid.

[10] «Guerra atómica y Moral». Ecclesia, 1950-I-23.

[11] Ibid.

[12] S.S. Pío XII, disc. al nuevo ministro de Inglaterra en el Vaticano, junio 1951.

[13] Discurso al Congreso del Movimiento Universal para una Confederación Mundial, 6 abril 1951.

[14] Ibid.

[15] Ibid.

 

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