Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Las actuales circunstancias imponen en todas partes un deber social de austeridad

 

Ya, 1953-10-25

 

    Una fiesta celebrada en Biarritz al término del pasado verano, había provocado, como el lector recordará, la repulsa de muchas personas y dado, incluso, origen a una severa crítica de «L'Osservatore Romano», el cual se expresaba en estos términos: «Fiestas como la de Biarritz no tienen justificación... Son, por su paganidad de bajo imperio, escarnio, insulto y desafío al cristianismo... No es una cuestión de ecuación de riqueza, sino de ecuación entre la alegría y la amargura, la risa y las lágrimas».

    Ahora se atribuye al organizador del mundano acontecimiento el propósito de querellarse contra el periódico oficioso del Vaticano, por estimar calumniosas sus apreciaciones.

    Sea de ello lo que quiera, el hecho es que la conciencia de muchos hombres y mujeres honrados considera tales exhibiciones fastuosas como un insulto a la miseria y a la precariedad en que hoy viven multitud de seres humanos. En su último mensaje de Navidad, el Santo Padre describía, precisamente, los males físicos y morales que gran parte de la Humanidad padece en esta hora oscura, hora de universal zozobra, de la posguerra. Ante esa muchedumbre de desdichados de toda especie a quienes los egoísmos colectivos, las guerras y la deficiente organización económico-social del mundo han arrojado a una existencia desesperante, casi infernal, constituye una suerte de impudicia imperdonable el que algunos poseyentes, hagan espectáculo de su frivolidad, «echando a perros», como quien dice, sus excesivas riquezas.

    Las actuales circunstancias imponen en todas partes un deber social de austeridad, siquiera sea como precaución indispensable para no herir la sensibilidad de los más débiles y necesitados. Cientos de millones de hombres, mujeres y niños viven vida infrahumana, mal alimentados, sin hogar o hacinados en tugurios insalubres o humanamente inhabitados, en un estado de ignorancia casi total, consumidos por enfermedades endémicas y hereditarias. Quizás esto mismo ocurriría en otros tiempos, pero el mundo no tenía conciencia tan clara de ello. Hoy estamos demasiado bien informados para permitirnos el lujo de ignorar este estado de cosas.

 

«Aquí y ahora» frente a la situación del mundo

 

    Yo me pregunto a veces si ante tal situación los cristianos no tenemos un deber urgente de practicar la pobreza; no sólo la pobreza de espíritu, el desprendimiento de la voluntad, que debe permanecer despegada de los bienes de esta tierra, la pobreza «teórica», que tanto se nos echa en cara, sino cierta pobreza efectiva, práctica, una pobreza real, que nos aproxime físicamente, por decirlo así, a la miseria de los demás. Está muy extendida, sin embargo, la idea de que sólo los religiosos están obligados por causa de sus votos a poner en práctica el consejo evangélico de la pobreza, y que los demás podemos dedicarnos sin reparo a la [?] con tal, claro está, de que lo hagamos por medios legítimos, y reservando una parte para la limosna. Más aún: consideramos que es un deber asegurar el porvenir de nuestros hijos con la constitución de un patrimonio bien redondeado, por aquello de que «escudo es el dinero» y de que «muchos han perecido a causa de la pobreza», que se lee en los libros sapienciales.

    Demasiadas conciencias, de suyo sensibles y delicadas, han sido, tal vez, tranquilizadas con razonamientos de este género. Acaso nos desembarazamos un poco casuísticamente y con harta facilidad del símil evangélico de la aguja y el camello. ¿No haría falta sacudir un poco los espíritus a este respecto? Sin entrar a discutir ahora aquella idea en términos generales —que bien pudiera hacerse—, yo plantearía la cuestión «hic et nunc», frente a la situación actual del mundo. Hora es ésta de testigos más que de apologistas. El Papa así lo dijo en un discurso memorable. ¿No sería, pues, necesario que los cristianos diésemos ahora justamente testimonio visible de nuestra interior pobreza espiritual? La pobreza, que tanto amara Francisco de Asís, tiene un aspecto ascético, de valor permanente, que no podemos desdeñar, y un aspecto educativo, que muchos padres adinerados echan tal vez demasiado en olvido.

 

Aspecto social

 

    Pero tiene, además, un aspecto social, eminentemente ejemplar, el valor de un testimonio de esperanza —poner el tesoro en el cielo—, de que la sociedad de hoy, trabajada como ninguna otra por el escándalo y el resentimiento, está muy necesitada. No es sólo una «comunión» silenciosa con los «desheredados», el medio de identificarse con ellos, conociendo vitalmente su desgracia. Es también la única manera aceptable de aproximarse al pobre, sin «paternalismo», en actitud genuinamente caritativa. «Me he hecho débil con los débiles para ganar a los débiles».

    ¿Cuál puede ser el efecto social de la limosna hecha por una persona que, al abandonar el hogar misérrimo del indigente, vuelve a una casa confortable, bien dotada de comodidades, donde, por ejemplo, una buena calefacción haga olvidar el frío exterior?

    En cierto sentido, y aunque parezca paradójico, sólo el pobre voluntario está en condiciones de hacer con plena dignidad y eficacia la limosna, porque antes que el don material ha hecho el de su propio ser y haber personal. La distancia entre el protector y el protegido se ha reducido a cero.

    Crece hoy en todas partes el número de cristianos «engagés» —como dicen en Francia con palabra todavía no bien traducida al castellano—, decididos a vivir «efectivamente» la pobreza voluntaria, dentro, claro está, de unos términos razonables, matizados siempre por la prudencia, virtud [?]

 

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