Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Domingo de Ramos

 

El Diario Vasco, 1956-03-25

 

      El automóvil no hubiera tal vez existido sin el heroísmo del rey Leónidas y de los suyos, pero, de todas maneras, la batalla de las Termópilas no ejerce ya ninguna influencia en nuestras vidas.

      Si mal no recuerdo, es Millán Puelles quien, en su pequeña, pero profunda, ontología de la historia, establece una distinción utilísima entre lo «pretérito» y lo «pasado». Ambas expresiones se refieren a un hecho ya acontecido, pero mientras la primera se aplica a un suceso enteramente acabado, definitivamente transcurrido, la segunda hace mención a algo vivo o que puede ser vivido, algo capaz de incorporarse a un «yo» actual y de traducirse en lo que Ortega —traduciendo un neologismo de Dilthey— llama vivencias: «todo aquello que tiene tal inmediatez a mi yo que entra a formar parte de él».

      Lo pretérito es, pues, pura pieza de museo, motivo de curiosidad arqueológica, entretenida —y tal vez útil— erudición. Lo pasado, en cambio, es vida o puede serlo aún.

      Lo pretérito es puro objeto, naturaleza muerta; el pasado es sujeto o «subjetivable», vivido o vivible.

      Lo que llamamos pasado es una forma de presente con dimensiones históricas, en tanto que el pretérito es un rastro, el esqueleto de algo que fue vida, pero que ya es sólo cosa.

      Esta distinción, que tal vez no responda estrictamente a la terminología de Millán Puelles, en la que me he inspirado, pero que para mí tiene un sentido coherente, adquiere una clara significación cuando se aplica al misterio cristiano.

      El misterio religioso ni es ni puede ser nunca puro pretérito sin desmentir su propia autenticidad. Una religión perecedera, que acepte la necesidad de morir o de transformarse, es lógicamente falsa. El absoluto requiere eternidad y todo aquello que no goce de esta cualidad recae necesariamente en lo relativo.

      La diferencia entre el creyente y el incrédulo radica precisamente en que, mientras para el segundo el hecho religioso no goza perennidad ni de peculiaridad alguna, es como cualquier otro hecho humano, el segundo sabe que el misterio vive y alimenta la raíz de su propio existir.

      Los acontecimientos históricos que son el punto de partida del cristianismo, no pueden ser considerados, pues, como pretéritos. No lo son, en realidad, a pesar de la superficialidad, la rutina y el desenfado con que en nuestra sociedad se considera muchas veces el misterio religioso, tanto por los escépticos como por muchos de los que se tienen por fieles.

      «Aspectos» se incorpora hoy al Domingo de Ramos. El misterio que hoy centra la atención de la liturgia es el Cristo aclamado por la multitud, recibido en palmas, poniendo en conmoción la ciudad del Dios vivo, la teocrática Jerusalén. He aquí algo que no es puro pretérito y que cobra un sentido real una vez que se lo considera como vivencia y fuente de vivencias.

      Lo que ciertos escépticos no ven es la muchedumbre de hombres y mujeres espirituales genuinos en quienes aquel hecho adquiere vida y vida auténtica. El misterio está vigente, aunque esto, desdichadamente, sea invisible para ellos.

      Sin duda las gentes hebreas que aclamaban a Cristo no veían en El al Supremo Señor de lo absoluto, sino un profeta o un libertador político. Maldonado expresa esta idea razonable. Pero entre las mismas había, ciertamente, quienes daban a la figura de Jesús su verdadera interpretación: tal vez eran muy escasos los que traducían en actos de caridad y de amor auténticos aquella manifestación de simpatía popular.

      Nadie puede saber si son pocos o muchos los que en este Domingo de Ramos revivirán en sí mismos el misterio de esta celebración, aunque nos inclinamos a creer que sean muchos. Lo cierto es que Cristo es de nuevo aclamado por un pueblo de almas y que el misterio del Domingo de Ramos tiene para los espirituales un sentido profundo de reviviscencia.

 

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