Carlos Santamaría y su obra escrita

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Ortega y Kierkegaard

 

El Diario Vasco, 1956-04-22

 

«Tal vez haya alguno que viva mi vida: yo no lo sé, me he olvidado de vivir» (Pirandello).

 

      Se equivoca, a mi modesto juicio, don José Ortega y Gasset al suponer que es fácil y conveniente «una exposición del cristianismo como puro sistema de ideas, pareja a la que puede hacerse del platonismo, del kantismo o del positivismo».

      Es cierto que el cristianismo comporta ideas y hasta, si se quiere, sistemas de ideas; pero no puede ser considerado como una ideología, ni siquiera como una moral o una norma de vida. El es, en sí mismo, una vida, una vida nueva, o más bien una «metanoia», una transformación de la vida.

      Se pueden barajar frases, fórmulas, conceptos, ideas y dogmas cristianos sin alcanzar ni remotamente su sentido vital, ni tocar siquiera el misterio de la vida cristiana.

      Este es el caso de los que Kierkegaard llama los a-espirituales, cristianos imbéciles (débiles de espíritu), que se resumen en gestos y palabras.

      «La a-espiritualidad puede poseer todo el contenido del espíritu, pero no como tal, notadlo bien, sino como galimatías, historias de aparecidos, memeces, etc... Puede poseer la verdad, no como tal, notadlo bien, sino como chismes y comadreos... El hombre a-espiritual puede decir completamente la misma cosa que el espíritu más rico: la diferencia consiste en que no la dice en virtud del espíritu. La orientación a-espiritual hace del hombre una máquina de hablar: lo mismo puede aprender de memoria un kyrie filosófico que una confesión de fe o un rollo político».

      Pues bien, este polvo impalpable es lo que quedaría del cristianismo si lo expusiéramos —como quiere Ortega— como puro sistema de ideas.

      Si restamos al cristianismo lo que tiene de vida —de «metanoia»—, nos quedará la ideología, la a-espiritualidad, el hombre viejo considerado como sosia o falsificación del hombre nuevo.

      Pero no sería lícito atribuir a Ortega esta pretensión. El mismo se aproxima más a la realidad en otros pasajes, al considerar el cristianismo como la forma primera, original y auténtica del compromiso vital.

      «Desde el cristianismo, el hombre, por ateo que sea, sabe, ve, no ya que la vida humana debe ser entrega de sí misma, vida como misión premeditada y destino interior —todo lo contrario que aguante de un externo destino—, sino que lo es, queramos o no. Díganme ustedes que otra cosa significa la frase tan repetida en el Nuevo Testamento y, como casi todo el Nuevo Testamento, tan paradójica: «el que pierde su vida es el que la gana». Es decir da tu vida, enajénala, entrégala, entonces es verdaderamente tuya, la has asegurado, ganado, salvado».

      Este enajenamiento, esta entrega, este abandono —bien entendidos, claro está— son, en efecto, el meollo del cristianismo. Justamente lo que no puede traducirse en fórmulas, en ideas o en palabras; lo que es inefable; lo que no puede ser expresado; lo que no puede ser hablado —eso precisamente, quiere decir inefable—. Lo que necesariamente debe ser vivido.

      El único modo de poseer nuestra propia vida, de que no se nos disuelva a la manera pirandeliana.

      El que se resiste a enajenar su vida, el que quiere ganarla para sí mismo, acaba por perderla del todo: «tal vez haya alguno que viva mi vida: yo no lo sé, me he olvidado de vivir».

 

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