Carlos Santamaría y su obra escrita

 

El niño de Oxirrinco

 

El Diario Vasco, 1956-06-17

 

«Si por un milagro se conservara durante dos mil años el contenido de nuestro cesto de papeles, las generaciones futuras dispondrían de un material apasionante para trazar un cuadro de nuestra vida cotidiana». E.G. Turner.

 

      Entre tantas cosas como uno quisiera aprender y conocer en este breve paso de la vida —«ars longa, vita brevis»—, la Historia ocupa para mí un lugar preferente; pero no tanto la Historia considerada como el relato de una cadena de grandes hechos y de las gestas y peripecias de ilustres hombres o famosos bandidos, sino como la simple visión de la existencia del hombre corriente, del hombre medio, lo que somos la inmensa mayor parte de los humanos, no destinados a la inmortalidad histórica.

      Pienso que en esta otra concepción de la Historia, si se pudiera realizar científicamente, se encontraría una regularidad mucho mayor, menos saltos, menos virajes, porque, bajo las grandes conmociones históricas, el hombre ordinario se conserva sorprendentemente igual a sí mismo.

      Estallan revoluciones, explotan guerras, conmuévanse las esferas, arde Troya y se hunde el firmamento; pero tan pronto acaba el estruendo, vuelven las gentes a sus oficios, a sus gustos, a sus maneras de antes, la vida del hombre vulgar se reanuda, poco a poco, casi inalterada, con rara continuidad.

      Este niño de Oxirrinco —una colonia greco-romana emplazada hace dos mil años en el valle del Nilo— cuyos juguetes han sido encontrados ahora por el profesor Turner y que escribe a su padre: «Estoy enfadado contigo porque no has querido llevarme a Alejandría. Si no lo haces otra vez no volveré a hablarte ni comeré, ni beberé. Ya lo verás, esto es lo que ocurrirá si no me llevas...», nos resulta muy parecido a cualquier chico caprichoso de nuestros días.

      Su muñeco de trapo, su caballo de madera y su roseta de papiro, conservados sin duda por la familia como recuerdo y que ahora se han descubierto al excavar las ruinas de su casa, podrían servir para entretener a un niño-1956 si no constituyesen un pequeño tesoro arqueológico.

      La cuenta de la lavandera, la invitación a una boda, los deberes de un colegial, la lista de la cocina, con su señal «para no olvidarse de comprar las aceitunas» y otros muchos «documentos», análogamente intranscendentes, nos revelan algo de lo que hasta ahora apenas se habían ocupado los historiadores: el hombre simple y su pequeña existencia sin glorias.

      Esta nueva manera de entender la Historia que investiga lo que pudiéramos llamar la vida diaria de la gente, está quizás más cerca de nosotros y de nuestra propia existencia.

      ¿No resulta, por ejemplo, sencillamente interesante el saber que un colegial de hace dos mil años había llevado a casa como tarea caligráfica para el día siguiente el copiar diez veces la frase: «El mar, el fuego y la mujer son tres peligros»?

      He encontrado estos datos sobre los trabajos del papirólogo profesor Turner en «El Correo de la Unesco». La obra de este sabio profesor sobre los papiros de Oxirrinco es voluminosa y ha sido publicada por la Sociedad exploradora de Egipto bajo el título: «The Oxyrynchus Papyri».

 

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