Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Inhibición

 

El Diario Vasco, 1956-10-07

 

    Un publicista necesita conocer los ecos que sus escritos despiertan en el espíritu de sus lectores (suponiendo, naturalmente, que lleguen a despertar algún eco). Esta información no es fácil de obtener. En nuestro país casi nadie se lanza a discutir con el hombre que escribe, a criticarle o a impulsarle con sus votos favorables. Las cartas al editor son raras, no se estilan entre nosotros, y el publicista tiene, en general, la impresión, probablemente falsa, de dirigirse a un público de rigurosos sordomudos. ¿Es que, a fuerza de no ejercerlo, hemos perdido el hábito de reflexionar y de hablar sobre los problemas de interés público?

    De cuando en cuando hay sin embargo excepciones y he de decir que mi último «Aspectos», en el que me refería a la práctica de los derechos cívicos, me ha valido una pequeña correspondencia.

    Creo necesario tranquilizar las inquietudes de uno de mis comunicantes y hacerlo públicamente, porque las suyas pueden ser las de otros muchos. Lo hago además con verdadero gusto porque, para mí, la colaboración periodística es, o quiere ser, diálogo, como deberían serlo la conferencia, la lección académica y hasta el sermón.

    Piensa que ya pasó la época de los elocuentes y pretenciosos monólogos y que todo lo que se diga en este tono a nadie convencerá y será acogido con un frío escepticismo por los hombres de hoy y especialmente por los jóvenes.

    Una de las personas que ha tenido la gentileza de escribirme me sugiere la siguiente cuestión —resumo la expresión de sus ideas—: «Habla usted de una inhibición por ignorancia y de una inhibición por fatiga. Pero, ¿es que no cabe una tercera clase de inhibición, una inhibición sistemática o táctica, del hombre que quiere justamente manifestarse por su gesto inhibitivo? ¿Esta actitud es legítima? ¿Puede la moral cristiana aceptarla? O, dicho de otro modo: ¿tiene el ciudadano cristiano el deber de ejercer sus derechos políticos siempre, aun en las circunstancias más adversas a sus ideas?».

    Yo, que no soy moralista —vaya esta afirmación por delante—, no veo dificultad en responder a este reparo. La inhibición consciente, que se manifiesta precisamente inhibiéndose, no es una verdadera inhibición: es un gesto tan positivo como cualquier otro.

    Lo condenable es la indiferencia, la falta de interés real por la cosa pública, el desinterés hacia el bien común.

    Pero cuando no cabe una legítima participación, cuando no hay otro medio de expresarse que el apartamiento y se espera que este acto sea eficaz, la actitud inhibitiva me parece legítima. Así sucede por ejemplo en algunos países del otro lado del «telón de acero», donde, según parece, el sistema electivo es una farsa que no ofrece garantías de autenticidad. En tal caso, el ciudadano tiene derecho, y aun el deber, de abstenerse.

    ¿Inhibición? No. No es esta una verdadera inhibición: no hay aquí pereza, ni egoísmo, ni ignorancia, sino un deseo, tal vez heroico, de servir al bien común. La historia de todos los pueblos está llena de estas hermosas actitudes de hombres que prefirieron el apartamiento a la complicidad, tales como en España en la época de Napoleón o en Francia durante el período de la ocupación alemana, y en nuestro tiempo, la de los cristianos que hoy en Hungría o en Checoslovaquia renuncian al ejercicio de unos derechos políticos que consideran ilusorios e inservibles para la defensa de sus ideas.

    Lo fundamental es estimular a las gentes a que amen a la sociedad y su bien común. Donde haya un verdadero amor habrá obras, obras de muchas clases y aspectos, como lo son siempre las obras humanas.

    Los que actúen movidos por el amor y dirigidos por una inteligencia real de los problemas sociales, ora hablen, ora guarden silencio, servirán al bien común, según su leal saber y entender. ¿Qué más puede pedírseles? «Ama y haz lo que quieras», es la palabra de San Agustín.

 

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