Carlos Santamaría y su obra escrita

 

La verdad indiscreta

 

El Diario Vasco, 1956-11-18

 

      Kruschev, en su famoso «raport» de hace unos meses al Poliburó soviético, había sido muy explícito sobre los crímenes del stalinismo no vacilando en poner en evidencia ciertas atrocidades del régimen policíaco ruso.

      Ahora hay, entre sus mismos amigos, quienes le echan en cara aquella «explicitud», que ha traído como resultado el debilitamiento del prestigio y de la autoridad rusos en los países sometidos a la influencia política de la U.R.S.S.

      Hasta este momento los gobernantes comunistas gozaban de una especie de irresponsabilidad, comparable, bajo algunos aspectos, a la que el absolutismo desenfrenado de ciertos autores suele atribuir a los reyes o señores de derecho divino.

      Manteniéndose fieles a la ortodoxia marxista, los jefes comunistas no se equivocan nunca, puesto que actúan en el sentido de la historia y de sus leyes ineluctables. Una piedra que cae no puede tampoco cometer errores porque su movimiento responde fielmente a las leyes de la caída de los graves, que son la expresión de la realidad física determinante.

      No olvidemos que la política no es —en la concepción marxista— nada esencialmente distinto de un proceso material, por la misma razón que los actos intelectuales y las valoraciones morales son manifestaciones de fenómenos substancialmente físicos. El espíritu no existe como algo distinto ni separado de la materia.

      Para comprender la filosofía marxista hay que meterse bien estas ideas en la cabeza.

      Sólo, pues, los traidores, los contrarrevolucionarios, los retrógrados burgueses, que hacen de rémora o luchan contra la evolución histórica se equivocan; cuando un marxista dejándose llevar de sus atavismos burgueses comete este mismo error, debe acusarse de él, formulando un sincero propósito de enmienda (autocrítica o, de lo contrario, será también arrastrado por la ola del progreso.

      Tiene razón quien está con la Historia, no la tiene quien se opone a ella. Los revolucionarios siempre aciertan, los contrarrevolucionarios nunca.

      Reconocer ahora que pudo haber fallos y errores graves en la política staliniana es renunciar a aquella inerrabilidad infalible.

      Las afirmaciones de Kruschev han sido, pues —concluyen los comunistas del ala «integrista»—, altamente desacertadas. Aún suponiendo que sean ciertos, determinados hechos no deben revelarse al pueblo, pues pueden escandalizar a los débiles y a los poco formados en la práctica marxista. Cabe reconocer fallos en los subordinados, pero afirmar que los haya en la suprema autoridad comunista es un pecado contra la dialéctica materialista que ahora se está pagando caro. El mesianismo y la absoluta identificación de la dictadura del proletariado con el sentido de la Historia, salen, en efecto, muy mal parados de esta crisis.

      Frente a esta actitud aparece una corriente «liberal» de «libre pensadores» e «incrédulos», que pretenden liberalizar al régimen, introducir en él la libertad de crítica y renunciar a los dogmas infalibles y a las normas inerrables de la estricta ortodoxia marxista. Se comprende perfectamente que estos últimos sean tratados como herejes por los primeros y que se esté librando una batalla a muerte.

      Todo este proceso tiene un interés extraordinario, no sólo para el historiador, sino para el filósofo de la Historia. La aparición de grietas en una dogmática política es un signo de tránsito o de muerte para el sistema que se apoya en ella.

      ¿Qué hay que pensar desde el punto de vista cristiano?

      Kruschev hizo bien en decir la verdad a los hombres del Politburó: el silencio, en su caso, hubiera sido un crimen.

      La veracidad es una virtud; el decir la verdad «quando oportet et secundum quod oportet» es un deber de justicia, a veces muy difícil de cumplir.

      El alterarla, el ocultarla, el presentarla de un modo parcial o unilateral insistiendo sólo sobre ciertos aspectos de ella, e ignorando otros —la verdad a medias forma la más astuta de las mentiras—, es un pecado.

      Habrá casos en los que la discreción, la prudencia, y aún la misma justicia, puedan obligarnos a callar; nunca, sin embargo, será admisible la mentira ni siquiera las formas engañosas de decir la verdad, que inducen a los otros a entender lo contrario de lo que es.

 

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