Karlos Santamaria eta haren idazlanak

 

Supranacionalicemos Pax Christi

 

Pax Christi, 8 zk., 1957-03/04

 

      La diferencia entre lo internacional y lo supranacional aparece cada día más clara y va pasando del domino de los especialistas al de la opinión pública. La creación de instituciones supranacionales que no dependan de la voluntad de los Estados y a las que puedan confiarse la administración de intereses que son comunes a extensas zonas del mundo o quizás a la Humanidad entera, se presenta hoy como una necesidad ineludible para salvar la paz y dar al mundo una organización estable.

      Cada comunidad natural requiere su forma: la forma política de una nación es el Estado. En el mundo civilizado la familia, comunidad natural, tiene también una forma o figura jurídica. Nación o familia son sin embargo dos realidades muy diferentes, pues los nexos que dentro de ellas unen a los hombres unos con otros, son también muy distintos y sería un gravísimo error el querer aplicar a ambos casos los mismos moldes o estructuras.

      En cuanto a la supranación humana, la comunidad de civilización creada por el conjunto de lazos afectivos, utilitarios e ideológicos y religiosos de todas clases, que unen entre sí a los hombres por encima de las fronteras, hay que reconocer que todavía no se ha encontrado una forma adecuada para ella, quizá porque el desarrollo técnico de la Humanidad era hasta ahora insuficiente y el problema no se planteaba de un modo apremiante.

      La fórmula del Superestado gigante, es evidentemente rechazable, pues equivaldría a la destrucción de realidades nacionales. El concepto de nación debe subsistir: corresponde a la realidad natural de la vida humana, como la familia o el municipio y todo intento de estructurar aquélla con desconocimiento de estas realidades está condenado al fracaso.

      La solución «internacional» por medio de una Sociedad de Naciones, que es la que ahora se nos ofrece, es insuficiente: no reconoce entidad propia a la comunidad humana. La hace consistir únicamente en un agregado de naciones, algo así como si identificásemos el Estado con una sociedad intermunicipal.

      Entre estos dos extremos hay que buscar una solución, una forma adecuada a la materia que se trata de organizar, que está ahí presente ante nosotros y que es precisamente la Humanidad civilizada, con la inmensa red de relaciones interpersonales que el progreso ha ido creando en ella.

      Tal vez la solución de este problema consista en el desarrollo de la idea de la creación de grandes «pools», que sin destruir la soberanía de los Estados, aunque sí moderándola y adaptándola a las nuevas exigencias de la historia, haga frente a las necesidades de la Humanidad en su conjunto.

      La Iglesia, aunque pertenezca a un plano muy distinto y no pueda ser puesta en ningún caso en paralelo con las organizaciones puramente humanas, constituye un ejemplo y un modelo de organismo supranacional por esencia. En su interior la Iglesia no reconoce fronteras; pero la división de los Estados es tenida en cuenta por la Iglesia a fines administrativos y por la necesidad de adaptarse al trato con los poderes temporales.

      La Iglesia no quiere tampoco imponer la unificación de sus miembros y al contrario, alaba y protege las legítimas diversidades de lenguas, culturas, etc.

      En cuanto a Pax Christi, ¿podemos darnos por satisfechos del estado actual de cosas desde este punto de vista?

      Es curioso observar que este Movimiento, destinado por definición a sobrepasar las diferencias entre los pueblos y a aproximar a los católicos a un gran esfuerzo común en favor de la paz, por encima o a través de las fronteras, esté en realidad más parcelado, o dicho de otra manera, sea bastante menos «supranacional» que otros movimientos católicos internacionales.

      Al decir esto no hacemos sino subrayar un hecho, un hecho concreto, que no se halla en la voluntad de los organizadores y de los dirigentes de Pax Christi, sino que viene impuesto por la pobreza de los medios y la forzosa lentitud con que se desarrollan todas las empresas humanas.

      Pax Christi es actualmente mucho más «interseccional» que «supraseccional». Sin negar la necesidad de una autonomía de las secciones habría que procurar que los miembros de Pax Christi, sin distinción ni matiz de nacionalidad, de mutua extranjería, se incorporasen cada vez más a la vida «supraseccional» del Movimiento.

      Pax Christi debe dar el ejemplo. Un movimiento de esta naturaleza no puede menos de aplicarse a sí mismo los principios que defiende y tiene que empezar por corregir en su propio seno las concepciones demasiado estrechas, los egoísmos localistas que dan a las relaciones humanas el carácter de un perpetuo litigio y de una permanente competencia de intereses.

      La sección española de Pax Christi aboga decididamente por esta «supraseccionalización» del movimiento, si se nos permite la expresión, que evite a los órganos centrales del mismo las dificultades de desarrollo y de crecimiento, independientes de la buena voluntad general.

      Lo que queremos decir es simplemente que el Movimiento debe ser vivido por sus miembros de un modo más universal y este ha de traducirse en todas las manifestaciones del mismo. Nuestras actividades de todo género (Publicaciones, Actos religioso, Consejos, Asambleas, Rutas, etc.), deben supraseccionalizarse paulatinamente, adquirir poco a poco un aspecto más evidente de universalidad, mediante la colaboración íntima entre personas de distinta nacionalidad que se incorporan a fondo y con absoluto despego de sus particulares localismos a una tarea común, a una tarea genuinamente católica.

 

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