Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Ecce Homo

 

El Diario Vasco, 1957-07-28

 

«No pudiéndose hacer que lo justo sea fuerte, se ha hecho que lo fuerte sea justo». — (PASCAL).

 

      Releo estos días un libro impresionante publicado hace ya diez años por un amigo, el profesor de la Universidad de Lieja Léon E. Halkin.

      «A la sombra de la muerte» no es obra de la fantasía ni de la pasión, sino el relato minucioso de un historiador que ha puesto especial empeño en contar objetivamente cosas vistas y comprobadas por él mismo en su peregrinación concentracionaria a través de los campos de prisioneros civiles.

      Abundan los testimonios de este género. Ninguna duda cabe sobre la realidad de aquellos horrores.

      Lo más trágico de la última guerra no han sido las víctimas directas de las operaciones militares, sino los millones de detenidos políticos, muertos por malos tratos en los campos de concentración, los millones de judíos sistemática y fríamente exterminados en las cámaras de gas, los centenares de miles de niños caídos en los bombardeos de poblaciones civiles.

      La bestialidad y el sadismo quedan tan claramente al descubierto en estos hechos, que ya no hay escapatoria para los que quieren vendarse los ojos y no ver la realidad de la condición humana.

      «Después de lo ocurrido no es ya posible —dice Mauriac— preconizar una literatura lenitiva y edificante. Los nazis eran hombres como nosotros y no pertenecían a una raza salvaje, sino a la raza que ha dado al mundo a Mozart, Goethe, Beethoven».

      Esta es la realidad con que tenemos que enfrentarnos todos, dentro y fuera de nosotros mismos.

      Querámoslo o no, todos llevamos dispuesto en nuestros labios el beso de Judas. Basta que se presente la ocasión terrible de darlo.

      Esto es lo que hay en el hombre. «Ecce homo».

      Matar a un hombre es ordinariamente un crimen; peor, en ciertas ocasiones, parece convertirse en un acto heroico. Es el famoso diálogo de Pascal: «¿Por qué me mata usted?». «Porque está usted al otro lado del agua. Si estuviese usted en este lado, yo sería un asesino y mi acto una injusticia. Pero puesto que se encuentra usted al otro lado, yo le mato y resulta que mi acto es justo y que me convierto en un valiente».

      Antes y después de Pascal se ha razonado infinitas veces de esta manera. Estamos tan familiarizados con frases de este género, que no nos suenan a nada nuevo ni extraño.

 

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