Carlos Santamaría y su obra escrita

 

El laberinto

 

El Diario Vasco, 1957-09-22

 

      Los griegos fueron unos humoristas formidables. El humorismo helénico va de par con su conocimiento profundo del hombre y de su problema. Toda buena filosofía requiere cierto sentido del humor.

      De cuantas fábulas mitológicas existen, una de las más bellas y divertidas es, sin duda, la del artista Dédalo, hijo de Palamón, inventor del hacha, de la sierra, del mástil, del berbiquí y de una porción de aparatos, a cual más útiles e ingeniosos.

      No sabiendo qué hacer con su hijastro el Minotauro, hijo de reina y de toro, el rey Minos confía a Dédalo la solución del problema y éste construye entonces el «Laberinto», extraño alcázar en el que se entra con facilidad, pero del que no se sale o se sale dificilísimamente.

      Esta ficción genial está llena de contenido humano. El hombre es un terrible creador de laberintos. No hay dédalo más intrincado que aquel en que uno mismo se encierra por obra de su propio ingenio.

      La Historia está llena de ejemplos de tipos que se vieron aprisionados en las mallas que ellos mismos había tejido arteramente. Es la araña que queda cómicamente prendida en su propia tela.

      Esto es precisamente lo que le ocurrió a Dédalo. Malquistado con Minos, por causa de cierta aventurilla amorosa, decide aquel enchiquerarlo y manda que se le introduzca en el Laberinto. Todos los obstáculos que el pobre Dédalo había amontonado para dificultar la salida se vuelven ahora contra él.

      Felizmente ahí está Ariadna. Ariadna, la bella princesa de toda literatura niña, la princesa real, que provista de su famoso hilo —el nunca bien ponderado «hilo de Ariadna»—, penetra en el Laberinto y salva al desdichado arquitecto, escapando luego con él hacia horizontes más anchos y luminosos.

      ¡Hombre! No desfallezcas, pues la esperanza te invita a creer que, por hermético que parezca el laberinto en que te encuentras metido, siempre existe un hilo salvador y una divina Ariadna que tire de él.

      Para los pueblos, como para los hombres, nunca falta un postigo que permita salir, campo traviesa de la Historia o de la vida.

      A condición de que no te resignes, hombre o pueblo, a vivir en el interior del laberinto. De que no digas: «Qué bien se está aquí. Este es un mundo ideal, sin complicaciones, mientras que fuera de él todo son líos. Quedémonos a habitar para siempre en este lugar y no cometamos la locura de buscar la salida».

      Si Dédalo hubiera dicho esto, su pérdida hubiera sido irremisible. Y aún estaría encerrado en el mágico palacio, en lugar de vagar por los espacios celestes en compañía de la refulgente Ariadna.

      Esta donosa fábula de Dédalo y Ariadna, ¿no es la historia verídica del hombre occidental?

      ¿No es también un poco la historia de nuestro pueblo, metido siempre en enredos inverosímiles? Felizmente para nosotros, entre el Dédalo conformista (Sancho) y el Dédalo batallador (Don Quijote) creo que priva el segundo. Este pueblo nunca se echará a dormir plácidamente en el interior de ningún laberinto, por confortable que quieran presentárselo.

 

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