Carlos Santamaría y su obra escrita

 

La paradoja de Fulton Sheen

 

El Diario Vasco, 1958-01-05

 

      El calendario se acabó: vuelta a empezar a contar. De nuevo, como Sísifo, a levantar la roca del año, que se nos había caído hasta el fondo del valle de las Efemérides. Volverán las mismas fechas, pero con una significación nueva y muy diferente de la que tuvieron en el pasado.

      Mil novecientos cincuenta y ocho de la Era cristiana. Desde que apareció el hombre sobre el planeta, mucho más. ¡Quién sabe cuánto! Pongamos una cifra cualquiera; acaso estamos, por ejemplo, en el año ciento sesenta y siete mil cuatrocientos cincuenta y dos de la Era humana. (Diez mil años más o menos no tienen importancia en esta clase de cálculos).

      No se sabe, en efecto, si el hombre existía en el período terciario; pero los geólogos aseguran que hay que atribuirle, por lo menos, una antigüedad del millar y medio de siglos, frente a una débil epidermis o capa histórica que no pasa de los ocho mil años.

      La oscuridad más cerrada envuelve el pasado de nuestros antecesores. Durante mucho tiempo los sabios habían creído poseer una cronología bastante completa de las civilizaciones anteriores; pero hoy se sabe que nuestro conocimiento histórico se reduce a unas cuantas culturas relativamente próximas a nosotros y que pertenecen en cierto modo a nuestra inmediata vecindad. Sumerios, caldeos, asirios, egipcios, civilizaciones del remoto Oriente, todos ellos son, como quien dice, de ayer. De griegos y romanos, casi estoy por pensar que los somos nosotros mismos, que estamos aún viviendo el mismo momento histórico de la guerra de Troya.

      Alguno dirá que exagero, pero, en último extremo, ¿qué significan cuantitativamente esos ocho mil años de conocimiento histórico, relativo y limitado, comparados con los ciento cincuenta, ciento ochenta o doscientos mil de existencia del género humano?

      Andan por ahí gentes lo suficientemente retrógradas, o lo bastante progresistas, para jugar al juego de la estupendez de la ciencia. Pascal, por lo menos, empleaba las dos cartas al mismo tiempo, la de la grandeza y la de la miseria del hombre, y así resultaba tan difícil de cazar como el jugador de ajedrez que se escondía dentro del famoso Autómata del siglo XVIII. (En el interior del aparato había dos escondrijos y el jugador se ocultaba alternativamente en uno o en otro, mientras el explicador de fuera abría las puertas del armario, a la vista del curioso visitante).

      «Si me elevan al hombre, yo lo rebajo. Si me lo rebajan, yo lo elevo».

      Cuando hablamos del hombre primitivo pensamos inevitablemente en un feroz salvaje con plumas de ave en la cabeza, dispuesto a comerse el hígado de su adversario clavado en una pica. Es muy poco probable que esta imagen responde a la realidad.

      Desde luego, los índices craneométricos resultan bastante poco reveladores sobre la conducta moral de aquellos caballeros que juzgamos tan escasamente educados y de gustos gastronómicos tan discutibles.

      Un hombre que le da a un interruptor para encender un horno eléctrico no es necesariamente menos bárbaro que otro que tiene que atizarle al pedernal durante un buen rato para hacer fuego con unos leños húmedos. Yo me inclinaría a creer que hace falta más personalidad para lo segundo que para lo primero.

      No sería fácil que nos pusiéramos todos de acuerdo sobre los verdaderos índices de primitivismo. Para un positivista o para un marxista, por ejemplo, la religiosidad es uno de estos índices y ello explica que, en la sociedad comunista, se nos reserve, a los que creemos en una inteligencia trascendental al mundo, un estatuto social parecido al de los débiles mentales o al de las echadoras de cartas.

      El caso es que al empezar el año se acostumbra a formular votos de felicidad y de prosperidad. Esperemos también nosotros que del lío actual salgan cosas buenas para la Humanidad. Si hemos de creer a Mons. Fulton Sheen, arzobispo auxiliar de Nueva York, en su informe del pasado noviembre a la Cámara americana de Representantes, «de aquí a cincuenta o cien años, Rusia será una de las más grandes fuerzas espirituales y morales del mundo», y esto precisamente porque los soviets han restaurado el espíritu de disciplina y de sacrificio. «El comunismo —dijo el prelado americano— ha tomado la Cruz sin Cristo, mientras que el Occidente ha elegido a Cristo sin la Cruz».

      Impresionante paradoja que yo ofrezco a la meditación de mis lectores, aquí y ahora, en los albores del año 167452 (?) de la especie humana.

 

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