Carlos Santamaría y su obra escrita

 

El grano de trigo

 

El Diario Vasco, 1958-03-30

 

      Jesús había andado siempre rodeado de muchedumbres, así que no tiene nada de extraño que, al saber que El se aproximaba a Jerusalén, un gran concurso de gente se reuniera para recibirle. aparte de que lo de Lázaro acababa de acontecer y la noticia del suceso había llegado ya a la capital.

      El borrico prestado debió pisar firme aquel día sobre los mantos tendidos en el suelo. Las ramas verdes de las palmeras, recién cortadas, extenderían una fragancia, simple y vegetal, muy adecuada a la figura del Maestro campesino.

      Fue una gran manifestación con hosannas y vítores. A las ventanas y a las puertas se asomaba la gente para verle pasar y muchos se preguntaban quién era aquel Hombre.

      Los discípulos no las tenían todas consigo, porque aquello era, en definitiva, como meterse en la boca del lobo. Jesús había tenido que tirar de ellos, poniéndose en cabeza de la pequeña caravana remoloneante.

      Aquella especie de apoteosis era cosa decidida por el Señor. Si la gente se hubiera callado, las piedras, las propias piedras, se hubieran puesto a gritar aquel día.

      El caso es que a Jesús el pueblo le quería. Le quería, como por instinto, porque en los pueblos, como en los niños, hay una especie de sexto sentido que les enseñaba a descubrir quiénes son, de verdad, sus amigos.

      «¿Qué habrá en la figura de Jesús que el pueblo en seguida le reconoce?» —se pregunta Dostoievski en la leyenda del Gran inquisidor—. «El pueblo, con fuerza irresistible, corre hacia El, lo rodea, se apiña en torno suyo, le va siguiendo. En silencio pasa El por entre ellos con una mansa sonrisa de dolor infinito».

      Pero aquel día, no. Aquel día no habría dolor en su rostro. Su entrada en la Ciudad Santa era verdaderamente un episodio mesiánico.

      Y además ¡se encontraba El tan a gusto en medio de su pueblo! Por los caminos de Galilea y en las orillas del Tiberíades, una multitud deteriorada, de tullidos y estropeados de cuerpo y alma, le había acompañado con fidelidad incansable, olvidándose en ocasiones hasta de comer, por oírle. El les hablaba de cosas simples, cosas divinas y muy humanas. Harto se vería que nadie les había amado como El les amaba y que nadie había sentido hacia ellos una compasión como la suya.

      Así que aquellas pobres gentes se interesaban profundamente en todo lo que El les decía y en aquel reino de Dios que no había de tardar en descender sobre las almas. De cuando en cuando alguien de entre la turba le interpelaba a gritos, planteándole su problema personal, sin reparo, delante de todos, un problema que revelaba muchas veces el egoísmo más triste y sórdido: «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo nuestra herencia».

      Pero al fin y al cabo este diálogo con la gente del pueblo tenía cierta simplicidad encantadora. Otra cosa era cuando llegaban los escribas con sus preguntas retorcidas y llenas de intención, con que la gente no llegaba a entender del todo. Entonces la conversación adquiría un sesgo muy diferente y el Maestro respondía incluso aceradamente. El pueblo se alegraba al ver salir revolcados a aquellos vanidosos, tan soberbios que parecían estar hechos de la madera misma de Lucifer.

      Pero —volviendo a Jerusalén— los dirigentes no podían aguantar aquel espectáculo. A Jesús se lo hubieran tolerado todo si hubiera sido un doctor más, un intelectual rebuscado, un sabio de gabinete, un asceta espiritado. Pero eso de que resultase un personaje popular y de que fuera capaz de conmover a la muchedumbre, eso sí que no se lo perdonaban. En resumen, lo que no podían permitir es que el pueblo le amara.

      Expertos y hábiles maniobreros, conocedores de las técnicas multitudinarias, los escribas y fariseos no tardarán en entrar en juego y Jesús, el buen Maestro, el de la mirada infinitamente compasiva, será condenado a muerte como autor de un delito contra el Estado.

      El grano de trigo que se entierra y muere para dar fruto.

 

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