Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Resurrección

 

El Diario Vasco, 1958-04-06

 

      Cristo ha resucitado como primicia de todos los que están dormidos, como anticipo de nuestra propia resurrección.

      En vano trataremos de aplicar a esta afirmación —clave de la Fe— nuestras categorías, amasadas en el ahora y en el aquí de nuestra temporalidad; querer encajar el misterio religioso entre los hechos «normales», considerarlo como la cosa más natural del mundo, es la mayor de las falsificaciones.

      El error radical de muchos creyentes y no creyentes, consiste precisamente en querer introducir el misterio religioso en la cotidianidad y en atribuirle los caracteres de los sucesos corrientes y naturales.

      La resurrección del Señor es un hecho histórico, tanto como pueda serlo cualquier otro de los episodios de su vida, pero no es un simple hecho histórico. Que Jesús predicase a las muchedumbres desde una barca es algo que puede ser expresado y entendido dentro de las categoría ordinarias o domésticas de la existencia. Pero que El volviese a la vida y se hiciera de nuevo presente a sus amigos como hombre resucitado, es un hecho misterioso ante el cual no cabe una actitud vulgar. O se cree —y en ese caso hay que inclinar profundamente el espíritu al contacto con la trascendencia misteriosa, porque sabe uno que está en diálogo con el Señor de lo absoluto, el Rey del salón oscuro— o no se cree, y entonces el asunto no tiene más interés que el de una cuestión de prestidigitación, de echadoras de cartas, o a lo sumo, el de un enigma histórico como el de la máscara de hierro o el del pastelero de Madrigal.

      El tema religioso requiere una actitud religiosa. Sin ella todo se falsifica en el desde su raíz.

      El volterianismo viene precisamente de eso: de tratar los asuntos más profundos y sublimes entre chanzas y copas de coñac, chismes políticos y asuntos de faldas.

      El volteriano, como el positivista, adopta ante el misterio religioso una actitud inadecuada que es ya una incredulidad apriori.

      Así, los saduceos, cuando interpelaban a Jesús acerca de la resurrección de los muertos, intentan hacer humorismo a cuenta de ella, planteando el caso matrimonial de un hombre que al resucitar se encuentra casado con siete mujeres de las que había ido enviudando sucesivamente en el curso de su existencia terrenal. ¿Cuál de ellas será su verdadera mujer puesto que todas lo han sido?

      Se trata de un chiste, de una broma volteriana, para desmontar en su base la creencia en la resurrección. Pero Jesús no presta atención a la burla y les contesta elevándose poco a poco hasta el sublime «Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos», en el que se reconduce el tema a su ámbito genuino.

      La superstición, aunque no lo parezca, no está tampoco lejos de aquella misma radical incomprensión. También ella, a pesar de su aparente reverencia, reduce a figuraciones humanas y ridículas los hechos misteriosos en que se apoyan la Fe, las razones de la creencia y la trama misma que ésta forma.

      Es triste tener que suponerlo, pero yo creo que muchas gentes religiosas piensan y viven la religión como pura fantasmagoría. A los que se preguntan: «¿Cómo resucitarán los muertos y con qué clase de cuerpo se presentarán?», les responde San Pablo llamándoles necios.

      ¿La resurrección de los muertos cosa de fantasmas y aparecidos, de hombres y mujeres ensabanados saliendo de sus sepulcros en un solemne y majestuoso paso de danza como en la ópera? Eso sí que no. No se nos tenga por tan imbéciles a los creyentes y acéptese, al menos, la idea de que en nuestra actitud hay un sentido especial para percibir algo que escapa a la comprensión de los no creyentes.

      Cristo ha resucitado como primicia de todos los que están dormidos. Recibamos el misterio y procuremos sobre todo vivir de él.

 

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