Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Linterna y excavadora

 

El Diario Vasco, 1958-05-25

 

      Para salir a buscar a un hombre no basta hoy la vieja linterna de Diógenes; se precisaría una potentes excavadora o una perforadora a fin de atravesar el muro de las posturas hechas, de las opiniones «standard», de las ideas que hay que defender.

      Uno busca un hombre y se da de bruces con un sistema o, a lo mejor, con un número del escalafón. Es la institución, es la ley, es la doctrina, la táctica, el programa, la disciplina, lo que queráis, salvo esa cosa palpitante y viva, tejido cálido de razón y de instintos, carnal y espiritual realidad, perpetua contradicción consigo misma, que es el hombre. Bajo el caparazón de la postura, éste no aparece por ninguna parte.

      Es lo mismo que pasa con el fútbol —hay que poner ejemplos «à la page»—. Uno busca un amateur de este deporte y encuentra un «hincha» del Real Madrid o del Atlético de Bilbao, o, lo que es peor aún, un vulgar quinielista. (Entre los pescadores de caña es más fácil dar con tipos humanos porque este admirable deporte no está aún institucionalizado. El pescador de caña es un sabio que se busca a sí mismo en los reflejos movedizos del agua y del pez).

      Sería muy interesante poder tratar los problema de los hombres con hombres y no con estatuas ni con ídolos.

      El señor Hammarskjoeld, que está desplegando una labor admirable para hacer aceptar por los Estados medidas de desarme efectivo, dirigió hace unos días, en el curso de una cena en la ciudad de Miami, una llamada a los líderes políticos del mundo entero para que se eleven por encima de las consideraciones de propaganda y de táctica y se expresen en la tribuna de las Naciones Unidas de la misma manera que lo hacen a menudo en sus conversaciones privadas con él, acerca de sus verdaderas esperanzas y las posibilidades que ven en la vía de la conciliación.

      Esta actitud de Mister H. me parece sumamente razonable y digna de ser considerada reflexivamente. Si los diplomáticos se olvidasen de que lo son y pudieran enfocar los problemas de la paz como simples hombres, es muy probable que las cosas marchasen bastante mejor.

      Y esta misma consideración podría extenderse a otros órdenes. ¿Por qué los hombres públicos han de ser insinceros? ¿Por qué han de expresar en sus discursos ideas y planteamientos que no se atreverían a repetir, de puro inauténticos, ante un grupo de amigos íntimos?

      Tratar las cuestiones de hombre a hombre. Eh ahí lo que haría falta. Pero, parece un imposible.

      «Ningún hombre es grande para su ayuda de cámara», se dice. Es sutil y además verdadero. Pero yo añadiría: ningún hombre grande es hombre más que para su ayuda de cámara. Los demás le conocerán como príncipe, como novelista, como actor, como general o como archipámpano, pero sólo su ayuda de cámara tendrá el dolor y el gozo de conocerle como hombre.

 

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