Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Seres vivos artificiales

 

El Diario Vasco, 1958-06-08

 

      Hace unos meses dediqué uno de mis «Aspectos», titulado «Horror a lo desconocido», a comentar la noticia de que algunos sabios soviéticos estaban realizando experiencias para lograr la síntesis artificial de la vida. Ante un hecho de este género, algunos creyentes —venía yo a decir— se sentirán quizás consternados como si todo el universo de sus creencias se les viniese abajo, pero no hay ningún motivo para ello; en definitiva nada hay en el dogma o en la creencia religiosa que permita negar ni afirmar esta posibilidad.

      Al contrario, en la visión del mundo y el sentido de la grandeza de la creación que la Fe cristiana nos comunica, encontramos razones para levantar la acción del investigador hacia las más altas y atrevidas empresas. Nadie puede conocer el papel que Dios ha reservado al hombre en su acción transformadora de la naturaleza. El poder de la ciencia se nos va revelando cada vez como más sorprendente y formidable. Nuestros hijos verán muchas cosas inimaginadas e inimaginables para los hombres de hoy.

      Este comentario no dejó de promover «quelques remous», ¿No me había ido demasiado lejos al formular con semejante rotundez la posibilidad —en principio— de la vida artificial? ¿Los teólogos estarían dispuestos a aceptar la afirmación de que la Fe no contradice esta posibilidad?

      Un estudio publicado en la muy prestigiosa «Nouvelle Revue Théologique», de Lovaina, viene a asegurarme en mis puntos de vista. El Padre jesuita A. Bauchau se planteó en él la cuestión en los siguientes términos:

      «¿Llegaremos un día a fabricar sintéticamente en el laboratorio un ser vivo? Este sueño que ha acosado al hombre durante siglos, ¿va a dejar de ser una utopía, una eventualidad, tan lejana e improbable que vale más pensar en cualquier otra cosa, o, por el contrario, cabe la esperanza de que en un porvenir inmediato se convierta en realidad?».

      El autor trata este problema con datos científicos rigurosos, partiendo de hechos conocidos y adquiridos, examinando primero los antecedentes paleontológicos y analizando luego las diferentes aproximaciones experimentales que hasta ahora han podido realizarse para lograr la síntesis de seres vivos, sea a partir de elementos simples inanimados o de organismos elementales.

      Las consideraciones que, al final de su trabajo, hace el P. Bauchau se sitúan ya en el terreno filosófico y religioso-teológico: «¿La vida se reducirá a un rodaje muy complejo pero esencialmente físico químico? Y, desde el punto de vista religioso, ¿hay que esperar estos descubrimientos con aprensión, hay que temer una especie de usurpación de la Omnipotencia divina?».

      No hemos de seguir al autor por los meandros de sus razonamientos filosóficos, destinados sobre todo a separar la «conciencia humana» e incluso cierta especia de «conciencia analógica en los animales» —terminología delicada que el autor precisa en sus debidos términos— de las manifestaciones físico químicas de la vida.

      Pero sí recogeremos su esperanzadora conclusión: «Sea como quiera, un cristiano no tiene por qué experimentar ni angustia ni inquietud frente al progreso científico contemporáneo. El poder que el hombre adquiere con sus descubrimientos no hace sino subrayar la amplitud de las responsabilidades que Dios le ha confiado. El mundo no nos ha sido dado solamente para que vivamos en él, sino que nos ha sido encomendado para que acabemos con el Señor lo que El había empezado sin nosotros. Todo progreso científico desemboca, pues, no en una actitud de autosuficiencia y de soberbia, ni en una posición de timidez y de asustamiento, sino en una gran alegría: la de saber que Alguien cuenta con nuestros sudores y se interesa tanto en nuestros fracasos como en nuestros éxitos frente a la enorme entereza del hombre de ciencia».

 

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