Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Un mundo nuevo

 

El Diario Vasco, 1959-02-08

 

      La Historia alumbra siempre cosas nuevas e imprevisibles. Hoy, como siempre, el hombre ignora lo que él mismo está preparando; pero sin duda algo prepara que está completamente fuera de nuestros cálculos, como estaba fuera de los cálculos del hombre medieval el descubrimiento de América o, para los coetáneos de Luis XVI, el despertar de las democracias contemporáneas.

      ¿Cómo puede ocurrir que lo que ha estado latente durante siglos en el alma de un pueblo pase, de repente, al plano de la conciencia colectiva al conjuro, quizás, de una voz profética o de un accidente histórico cualquiera?

      ¿Qué es lo que hace que un pueblo se ponga en marcha un buen día hacia grandes empresas que nunca se había imaginado y, sin que nadie lo espere, se dedique a hacer cosas enormes?

      Si hay algo que se muestre prodigiosamente mudable y cambiante, aparte del mar —el inagotable Proteo de las mil y una formas—, es la faz de los pueblos. Los pueblos son como los océanos, profundos e indomeñables. Todo puede esperarse de ellos. Todo puede temerse. ¡Ay de los imprudentes navegantes de tales mares!

      La Historia, sin embargo, debe tener su lógica, debe tener su explicación, aunque ésta escape casi siempre a la aguda visión de los más finos observadores. La visión mítica que quiere hacerla consistir en un tejido de milagros es más propia para nutrir las estrofas de los poetas épicos que para llevar el convencimiento al ánimo de los juiciosos investigadores.

      Hay, por otra parte, quienes pretenden reducirla a la violencia, al juego de los instintos fundamentales de la naturaleza humana: el instinto de agresividad, el instinto de provocación, el instinto de conservación, la lucha por la vida. La historia de la especie humana sería como la de cualquier otra especie, la resultante de un sistema de fuerzas naturales en permanente actividad, una historia de monstruos destruyéndose los unos a los otros.

      ¿Qué sería, entonces, de todas aquellas ideas nobles que se nos han enseñado: la justicia, el bien, el amor, la generosidad?

      El pacífico, el manso, el amador de la justicia, el inocente, ¿tienen, en definitiva, algo que hacer en el proceso de la Historia?

      Habría que ser demasiado pesimista para dar a esta pregunta una respuesta negativa.

      Lo importante es que quienes se sienten llamados por el Sermón de la Montaña encuentren su camino de paz también en este mundo. Acaso lo que el mundo desea, sin saberlo, es esto: la reconciliación, la paz, después de las dos grandes guerras mundiales. Quizá sea esta una lamentable e ingenua ilusión, pero yo soy de los que aún abrigan la esperanza de que tras las gigantescas matanzas, tras los enormes odios, una era de paz y de reconstrucción vaya a iniciarse en el mundo.

      Pero, ¿no habíamos quedado en que el futuro de la Historia es absolutamente imprevisible?

 

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