Carlos Santamaría y su obra escrita

 

«La gente no está preparada»

 

El Diario Vasco, 1959-05-31

 

      La pereza es tan perezosa que ni siquiera se decide a adoptar una forma propia. En la mayor parte de los casos no se declara a sí misma como pereza y a menudo se cubre con las apariencias más opuestas. A menudo se presenta como benignidad, como humildad, como prudencia y hasta como sabiduría.

      Más aún: suele hacerse pasar también algunas veces por actividad. Una actividad, naturalmente, que no compromete a nada, que no da ningún quehacer real, ni ninguna preocupación ni complicación; que no obliga a abordar nada arriesgado ni difícil.

      Encontraréis hombres que parecen desplegar un trabajo terrible y que, en el fondo, son unos enormes perezosos, porque no se enfrentan con aquello que verdaderamente interesaría y «daría guerra». Se han buscado un «quehacercito» a la medida de su pequeñez y ahí están, tan tranquilos, haciéndose los buenos.

      Claro que —dicho sea entre paréntesis— yo no me atrevería tampoco a arrojar la primera piedra. Es curioso y hasta divertido sorprenderse uno de su propia pereza, agazapada en el fondo de situaciones y posturas que parecen activas y generosas.

      Conozco un tipo de hombres cautelosos que siempre desaconsejan la acción: «Es arriesgado, sabe usted; hay que pensarlo muchos antes de empezar». Y tanto lo piensan que se les pasa la vida y se les viene la muerte, tan callando, sin que hayan hecho otra cosa que predicar prudencia a los demás.

      Otro de los argumentos que suelen emplear es el de que «la gente no está preparada». No conviene, pues, plantear problemas ni proponer inquietudes. Conviene más adormilar a la masa con canciones, con bellas canciones de cuna.

      ¡Oh! ¡Y cuán ignorantes sois, mis queridos perezosos cautos, del mundo que os rodea! ¡Y cómo os tiene, en el fondo, sin cuidado, lo que aquí pueda ocurrir cuando ya no estéis sobre la faz de la tierra!

      Mientras estos perezosos duermen su siesta, la gente no deja de moverse, no deja de vivir, de plantearse problemas por todas partes. La gente comenta, discute, lee, va al cine, oye las radios de todo el mundo, se entera, reflexiona, critica, forma sus juicios falsos o equivocados, adopta actitudes, buenas o malas, ante la vida. Ellos, los perezosos dominantes, que se dicen defensores del bien y de la verdad, opinan que lo mejor es silenciarlo todo, no darse por enterados, ignorar el estado de opinión y sus infinitos problemas.

      Yo me pregunto si no harían mejor en ponerse a estudiar, a informarse también ellos para estar al día, en toda clase de cuestiones y colocarse en condiciones de presentar las soluciones más completas y justas y no las más simples y cómodas.

      Claro está que se acaba mucho más rápidamente rasgándose las vestiduras y condenando al mundo moderno y su liberalismo. Así no hay que pensar. Así no hay que estudiar ni discutir.

      Pero, mis queridos perezosos cautos, esta no es forma de buscar la verdad ni de procurar el bien. En vez de repetir tanto eso de que «la gente no está preparada», deberíais hacer algo de vuestra parte para que lo esté, porque son ya muchos los años que lleváis con la misma cantinela y resulta inexplicable —eso mismo, inexplicable— el que, después de tanto tiempo, la «gente» siga aún en ese estado de imbecilidad que vosotros le atribuis. En el fondo, ¿no será vuestra pereza la que os hace creer semejante cosa, queridísimos hermanos cautos?

 

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