Carlos Santamaría y su obra escrita

 

El impertinente

 

El Diario Vasco, 1959-06-07

 

      En este gran teatro de Polichinela, que es el mundo, hace falta de todo para representar la farsa de la existencia. «Il faut de tout pour faire un monde». Hacen falta arlequines y polichinelas, crispines y colombinas, para que el mundo sea mundo.

      Impertinentes y aduladores; tontos y sabelotodos; gigantes y enanos; sumisos y rebeldes; tirteafueras y pantagrueles; quijotes y sanchopanzas.

      El impertinente es de los personajes que uno más admira, acaso porque se siente absolutamente desprovisto de cualidades para desempeñar ese papel.

      Es muy conveniente, y hasta indispensable, que haya impertinentes en todas partes. Sin impertinentes, ¿qué sería del mundo? La bella y el poderoso necesitan de ellos para que resalte su belleza y su poder.

      Además nos gusta. La verdad es que nos gusta.

      Un impertinente bien medidito, claro está, que no diga más impertinencias que las que permite la buena educación y el sentido reverencial.

      A los tontos nos agrada tanto que se hable de nosotros mismos, que hasta suele complacernos que se nos critique un poco. Sólo un poco, naturalmente.

      Que no ponga el dedo en la llaga; que no denuncie en nosotros aquello precisamente que sabemos que es verdad; que no diga verdaderas impertinencias y el impertinente será siempre bien acogido y hasta nos resultará simpático.

      El bufón cortesano, ese histrión con caperuzo y campanillas del que hablamos no ha mucho, es exactamente un impertinente inofensivo, un impertinente a la orden, al que se le puede mandar callar cuando se quiera.

      El impertinente nos enseñaría a ser humildes y a conocernos a nosotros mismos si de veras quisiéramos aprender su lección. Pero la humildad es una virtud que tiene nula prensa en el mundo de hoy y aun pienso que nunca la tuvo buena.

      La mayor parte de los hombres no toleramos a los auténticos impertinentes. En cuanto podemos nos desembarazamos de ellos y los ponemos de patitas en la calle.

      ¡Ah! Si al menos aprendiésemos a ser impertinentes con nosotros mismos; a decirnos de cuando en cuando alguna impertinencia gorda a nosotros mismos. Pero ni a eso solemos atrevernos. Somos «autoaduladores»: la clase más necia de aduladores que pueda existir.

      A los comunistas rusos que han inventado esa cosa terrible e incomprensible que es la autocrítica, yo les propondría que introdujesen en su sistema una pieza más: el auténtico impertinente. Pero tal vez sea ésto demasiado pedir en un sistema como el ruso.

 

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