Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Día de la caridad

 

El Diario Vasco, 1959-07-12

 

      Hoy se celebra en nuestra ciudad el «Día de la caridad» y sus beneméritos organizadores me han invitado a que escriba algo acerca de este tema. ¡Como no, mis queridos amigos! Para hablar de la caridad no debe faltar tiempo ni espacio en mis «Aspectos».

      Claro está que siendo la caridad la virtud suprema, sin la cual no puede haber verdadera vida espiritual, aquélla debe constituir la preocupación esencial del cristiano.

      Sin caridad no hay devoción ni comadreo piadoso que valga. La caridad es lo primero y lo más sublime. Quien no se examine a sí mismo de amor, inútilmente se examinará de todo lo demás.

      Esto del «Día de la caridad» no es, pues, más que un recordatorio y una llamada a la limosna colectiva.

      Conste, sin embargo, que ni toda limosna es caridad ni toda caridad es limosna. Se puede dar limosna por motivos humanos y hasta banales —y entonces no será caridad, sino vanidad— y cabe hacer caridad de variadísimas formas que nada o apenas nada tengan que ver con la limosna. hay la caridad de la palabra y la caridad del silencio. Hay la caridad de la limosna y la de la «no-limosna». Hay infinitas maneras de caridad, porque el catálogo del amor es inagotable. Aunque casi todo se suela hacer sin amor, casi todo se puede y se debe hacer por amor.

      La limosna sin caridad puede ser un insulto. Sin amor, la limosna no engendra agradecimiento, sino resentimiento y odio. Dar es cosa relativamente fácil para el que tiene —aunque para algunos poseyentes, ¡oh, qué sudores!—. Darse es mucho más difícil. La caridad, empero, no consiste en dar, sino en darse.

      Dad pues limosna; dadla hoy mejor que mañana, pero dadla con amor. Y vosotros, los que recibís, recibidla también con amor. Se encuentra, acaso, menos gente capaz de recibir con amor que dar con amor.

      Cuenta Unamuno que un mendigo acostumbraba a pedir limosna a un señor los sábados, y que una vez que se la pidió no siendo sábado, el señor le dio los cinco céntimos habituales, pero le manifestó que no debía salirse de la costumbre. A lo que el pordiosero respondió diciendo: «¡Ah! ¿Con que ahora salimos con esas? ¡Pues búsquese usted otro pobre!». Que es como si dijera —añade Unamuno—: «¿Con que vengo a hacerle la merced de ponerle en ocasión de que ejercite la virtud de la caridad y gane así méritos para el Cielo y me viene con condiciones y reparos? Tome, tome su limosna y busque quien le favorezca en tomársela».

      En este «búsquese usted otro pobre» hay, en definitiva, un mundo de cosas y de «aspectos» que no podemos desarrollar aquí. ¡Ay de los ricos el día que todos los pobres les lancen a la cara el «búsquese usted otro pobre».

      ¿Quién de los dos, en definitiva, da más o recibe más y hace mayor caridad: el que da o el que recibe? Piense y reflexione el lector.

      Por ignorarse estas cosas, hablarse poco de ellas y vivirse aún menos, vino la crítica marxista contra la caridad y el descrédito de la limosna. Así andamos faltos de caridad y sobrados de arbitrariedad.

      Porque la caridad es también para muchos cristianos la gran desconocida. No digo que no la practiquen, sino que ni siquiera saben lo que es.

 

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