Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Los Turcos

 

El Diario Vasco, 1959-11-08

 

      Cuando en 1528 el rey de Francia, Francisco I, firma un tratado de amistad con los turcos, se organiza en toda la Cristiandad un escándalo fenomenal. «Después de un siglo de combates contra el otomano, ¿va ahora la Cruz a pactar con la Media Luna?».

[!] mente la libertad religiosa de los cristianos, sus vidas, sus haciendas y el ejercicio libre del culto, pero no es fácil creer en la palabra de un «perro infiel». Se trata de un escándalo histórico sin precedentes.

      En realidad, la política del rey cristianísimo es lo que hoy se llamaría una política de «coexistencia».

      La concepción medieval —todo aquello del Sol y de la Luna de los dos poderes, con que la comunidad europea había vivido durante siglos— no resuelve ya el problema. Han aparecido demasiados bárbaros, y sobre todo unos bárbaros demasiado bien organizados, para poder seguir ignorando su existencia. En aquel momento el mundo necesita una estructura nueva porque la que tenía se le ha hecho pequeña y resulta inservible.

      Las noticias que llegan del Este son asombrosas. Viajeros y mercaderes causan general estupefacción con sus informes. «Los otomanos no son hordas salvajes; al contrario, bajo ciertos aspectos están más civilizados que los cristianos; su organización jurídica tiene un contenido de justicia y de rectitud moral innegable». Esto es también lo que cuenta Postel, el nuevo embajador que Francia ha enviado a la Sublime Puerta.

      El cristianismo rey se ve obligado a defenderse, sin embargo, ante Roma, de los ataques de que es objeto y a este efecto escribe una famosa carta al Papa Paulo II, carta que es el anuncio de una nueva estructura política del mundo.

      «Los turcos —dice— no están fuera de la sociedad humana, a menos que se afirme que podemos tener más relaciones con los animales que con los infieles. nadie debe desconocer los lazos de naturaleza que Dios ha establecido entre los hombres. Los errores de éstos y sus imperfecciones les impiden unirse en una misma religión, pero con conviene que la diversidad de costumbres y de cultos destruya la asociación natural de la Humanidad».

      Este recuerdo constantinopolitano no está hoy fuera de lugar. Un anticomunismo simplista y pernicioso, que la propia Jerarquía eclesiástica se ha visto precisada a condenar más de una vez —véase, por ejemplo, la reciente pastoral del arzobispo de Guatemala— se empeñaba en pintarnos el mundo soviético como una sociedad atrasada, inculta y brutalmente salvaje.

      Ahora que la mitad de la geografía lunar va a llevar nombres rusos, pues nadie impedirá ya que los «Montes soviéticos», el «Mar de Moscú» y el cráter «Lomonosov» se sigan llamando siempre así, lo mismo que Durango, Córdoba e infinitas ciudades americanas se han seguido llamando con el nombre que les pusieron los conquistadores, habrá que ir pensando en revisar aquellos conceptos al mismo tiempo que se observa con mayor objetividad la realidad de lo que acontece en aquella sociedad, hasta ahora casi herméticamente cerrada sobre sí misma.

      Naturalmente, nada tiene que ver esto que digo con el juicio que merece el materialismo dialéctico. Porque, para nosotros, el hecho de que los rusos tengan grandes éxitos científicos —de lo que, como hombres, debemos alegrarnos— no significa, ni mucho menos, que las teorías marxistas sobre el principio y fin del hombre hayan de ser tenidas por verdaderas.

      Creo, por el contrario, que el conocimiento verídico del hecho ruso pondrá en evidencia otros factores completamente extraños, y aun opuestos, al materialismo dialéctico.

 

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