Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Hombres buenos

 

El Diario Vasco, 1960-04-03

 

      La muerte de don Gregorio Marañón ha suscitado numerosos artículos necrológicos y un extenso coro de voces de los más variados tonos y estilos ha concurrido a este homenaje.

      Con Marañón desaparece una de las últimas figuras de la generación del 98, sin que aún se vea en el horizonte nada que pueda realmente reemplazarlas. Se tiene la impresión de que en diversos órdenes nos encontramos hoy muy faltos de hombres para el porvenir, lo cual es sin duda un problema grave e importante.

      La razón del aludido concierto de opiniones entre personas habitualmente disconformes en cosas fundamentales radica, como se ha señalado ya en varios comentarios, en el hecho de que don Gregorio era, ante todo y sobre todo, lo que se llama un «hombre bueno».

      Fijar el sentido de esta expresión —«hombre bueno»— en un mundo confuso y sectario, como lo es este en que vivimos, no resulta tan fácil como parece a primera vista.

      Sin duda un «hombre bueno» es alguien que está por encima de todo fariseísmo. Alguien en quien resplandece sobre todo el amor a la verdad y a la justicia.

      Un hombre ecuánime, servicial, abierto, humano, sin intenciones torcidas ni encubiertas, fiel a sus propios principios morales, recto en sus caminos y consecuente con sus propias ideas, merece aquel calificativo público sin que nadie se meta, naturalmente, a juzgar la interioridad de su conciencia.

      El pueblo o la gente tiene un fino instinto para reconocer a esta clase de hombres buenos y suele descubrirlos y amarlos, pese al odio y a la maledicencia de sus adversarios.

      Don Gregorio dio en repetidas ocasiones muestras de amar, por encima de todas las demás cosas, la verdad y la justicia. Y, lo que es aún más, de creer en la virtud o eficiencia de las mismas, lo que por desgracia suele ser bastante raro. Muchas personas piensan que con la verdad y la justicia no se puede ir a ninguna parte en este miserable mundo y que para sacar cualquier empresa adelante hay que mentir, disimular y trampear en mayor o menor escala. Lo que cuenta, para esta clase de personas, es el poder y la fuerza, es decir, las cartas de este género que se tengan sobre el tapete. Es una visión muy triste, pesimista y desesperante.

      Aunque, en parte, ya ha sido citada por mi viejo amigo Arteche la siguiente frase del doctor Marañón —una de tantas como podrían extraerse de sus escritos con el mismo sentido—, es tan bella y tan convincente que no resisto al deseo de reproducirla. «En este mundo el que tiene razón es indefectiblemente el que triunfa, a pesar de los gritos, de las persecuciones y de las violencias. El triunfo de la verdad tardará poco o mucho, pero es inevitable. Nada distingue a un alma noble como saber esperar en silencio a la injusticia, en la seguridad de que las semanas, o los años, o los siglos, le darán la razón».

      ¡Qué hermoso acto de fe en la fuerza de la razón! ¡Qué noble actitud frente a todos los tortuosos defensores del maquiavelismo! Verdaderamente don Gregorio merecía el calificativo de «hombre bueno», antes, incluso, que el de gran médico, gran literato y gran historiador.

 

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