Karlos Santamaria eta haren idazlanak

 

Pros y contras

 

El Diario Vasco, 1960-09-25

 

      Muchas personas piensan que en toda sociedad bien organizada la crítica es necesaria, como estimulante y como depurativo. Otras, en cambio, entienden que es algo nocivo y que hay que evitar o, por lo menos, reducir a términos casi invisibles.

      Los tres principales argumentos que esgrimen los defensores de la segunda postura son los siguientes: la crítica entorpece la acción de los dirigentes, no hace sino crearles dificultades, «arrojarles bastones a los pies», como se dice por ahí. En segundo lugar la crítica debilita la disciplina social, divide a los ciudadanos y los conduce a la discordia y a la guerra. En fin, la tan criticada crítica proporciona armas a los contradictores del orden social, a los constantes rebeldes y descontentos, siempre dispuestos a destruirlo todo en aras de una utopía cualquiera. Así, por ejemplo, criticar los males e injusticias de nuestra sociedad equivale a dar razones al comunismo, el cual, por su parte, no tolera a los críticos dentro de su sistema.

      La anterior argumentación tiene una fuerza indiscutible y no puede, en modo alguno, ser ignorada. La verdad se encuentra probablemente en el «justo medio», en ese famosísimo justo medio aristotélico, supremo reducto de las almas templadas y condescendientes, pero que en la mayor parte de los casos es muy difícil determinar.

      Los partidarios de la crítica aducen por su parte poderosas razones en favor de su tesis. La crítica es la condición previa para todo perfeccionamiento. La llamada «auto-crítica» —extraño término inventado según creo por los marxistas— no basta, no resuelve nada, es un perfecto «camelo»: nadie se critica o se discute a sí mismo. Los dirigentes necesitan ser moderados y contenidos por la crítica, del mismo modo que el «temor de Dios» contiene y modera al cristiano. La crítica es además un derecho de los dirigidos o gobernados, a menos que no se les considerase como esclavos, y una manifestación espontánea de la pluralidad de opiniones propia de toda sociedad sana. La crítica, permitida y ordenada, evita, en fin, males mayores y depura constantemente los fondos subconscientes de la opinión pública.

      El escritor A. Koch decía recientemente en la revista de los jesuitas alemanes «Stimmen der Zeit» que «ya pasaron los tiempos en que se podían cubrir los daños reales mediante un sistema de camouflage». Hoy se tiende a la claridad y no se teme confesar las dificultades y aun los fracasos, lo que contribuye a reforzar y endurecer la conciencia colectiva y a estimular el esfuerzo y la responsabilidad de todos. Estima Koch que lo que hace fuerte a una sociedad de inspiración cristiana frente a las amenazas actuales es precisamente este espíritu de sinceridad pública que no se ve por ninguna parte en los estados totalitarios.

      Todo hombre razonable debe aceptar y aún desear la crítica de los demás: si uno fuese impecable, infalible, perfecto, tendría derecho a exigir silencio y sumisión totales a los otros. Pero ¿qué humano se halla en estas condiciones? La crítica nos libera de nosotros mismos y de nuestras propias debilidades; nos ayuda a corregir nuestros errores y a modificar o atemperar nuestros puntos de vista, equivocados o exagerados. Por eso la necesitamos, tanto en el plano personal como el social, y si nos privamos de ella durante mucho tiempo se siguen grandes males para nosotros.

 

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