Carlos Santamaría y su obra escrita

 

El derecho a equivocarse

 

El Diario Vasco, 1965-04-25

 

      «El hombre tiene derecho a buscar la verdad libremente». Esta enorme afirmación del Papa Juan, a la que nos referíamos en uno de nuestros artículos anteriores, es la clave del problema de la libertad religiosa y nos abre la puerta de otros problemas interesantes.

      Porque los problemas son como las cerezas: cuando se tira de uno cualquiera de ellos, salen unos cuantos detrás. Esto justifica la táctica de algunos varones prudentes que suele resumirse en la frase «no me toque usted ningún problema porque acabará revolviéndome todo el canasto». Actitud que, como es natural, conduce al más atroz de los inmovilismos.

      En nuestro caso, el derecho del hombre a buscar la verdad libremente nos conduce también a otro problema inevitablemente unido al anterior y es lo que llamaríamos con expresión algo ambigua «el derecho del hombre a equivocarse».

      Claro está que frente a él se esgrime de ordinario el argumento de que «el error no tiene derechos» y que, por lo tanto, el pretendido derecho a equivocarse no puede menos de ser un auténtico desvarío, un monstruoso «deliramiento» de la moderna heterodoxia.

      Sin embargo, dice el propio Papa Juan que «importa distinguir siempre entre el error y el hombre que lo profesa, aunque se trate de personas que desconocen enteramente la verdad o la conocen sólo a medias en el orden religioso o en el orden de la moral práctica, ya que el hombre que yerra no queda por eso desprovisto de su dignidad de persona, dignidad que debe ser tenida en cuenta siempre. Y porque, además, en la naturaleza humana nunca desaparece la capacidad de superar el error y de buscar el camino de la verdad».

      Así que nadie, por persuadido y convencido que esté de poseer la auténtica Verdad, puede impedir a otro que siga una senda diferente a la suya. El creyente deberá respetar la actitud de incredulidad del incrédulo y tratará incluso de descubrir en ella los elementos de verdad, de sinceridad, de lealtad a la propia conciencia y hasta de racional escepticismo que pueda contener.

      Congar, ese gran teólogo al que algunos han llamado «poeta de la teología» —queriendo sin duda disminuirle, sin comprender que hacía su máximo elogio al llamarle «poeta»—, dice que el derecho de la persona a la verdad libremente alcanzada, implica prácticamente una especie de libertad del error. «Para adherirse a la verdad, con la cualidad espiritual que pide el acto de fe, son necesarias ciertas condiciones de libertad que entrañan concretamente el derecho del sujeto a equivocarse».

      Atroz e insoportable doctrina, dirán algunos... y, sin embargo, ¿cómo puede pedírseme que me adhiera «libremente» a la verdad si se me pone en condiciones de no tener más remedio que hacerlo?

      La verdad religiosa sólo tiene valor si se alcanza del modo que decimos y no forzada por ninguna suerte de automatismos externo, llámese coacción, colectivismo o conformismo comunitario.

      Admito, hasta cierto punto, que se pueda ser «un buen marxista» a la fuerza —porque, al fin y al cabo, lo que en el marxismo cuenta primordialmente es la colectividad—, pero jamás un «buen cristiano».

      Y, yendo aún más lejos, otro «poeta», el Padre Rouquette, de la Compañía de Jesús, afirma que «la dimensión social de la persona exige que la opción religiosa sea libre y que el riesgo de equivocarse que ella implica tenga un carácter social, es decir, que el riesgo de equivocarse pueda ejercerse en común, traducirse en afirmaciones colectivas, exteriores, en una propaganda y un culto».

      Reconozcamos, sin embargo, que la cuestión no queda resuelta del todo con estas afirmaciones, ya que el problema se traslada a la colectividad y surgen entonces las exigencias del «bien común», es decir, lo que hoy llaman algunos «el interés colectivo». Pero esto es ya harina de otro costal. Esperemos que no faltará ocasión de abordar este otro tema.

 

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