Carlos Santamaría y su obra escrita

 

La aparición del hombre

 

El Diario Vasco, 1965-10-24

 

      La lectura del último cuaderno de «Munibe», dedicado a los descubrimientos de la cueva de Altxerri, nos invita a reflexionar sobre la cuestión apasionante de la aparición del hombre sobre la Tierra.

      El hombre de Altxerri es ya, sin duda, un ser avanzado en la escala de los tipos humanos. Posee un mundo conceptual. Es capaz de manejar símbolos y de trazar signos. Raciocina y parece haberse interrogado a sí mismo sobre su propio destino. Probablemente ha encontrado ya un repertorio de respuestas que trata de plasmar en sus figuras murales.

      En cierto modo, el hombre de Altxerri es un próximo pariente nuestro, el cual vive a una distancia relativamente pequeña de nosotros, unos cincuenta mil años nada más. Es, como quien dice, un hombre moderno. Tal vez la angustia de la brevedad y de la dramaticidad de la vida humana le asalta ya y empieza a carcomerle el alma.

      Porque antes que él, a unos doscientos mil años de nosotros, han existido tipos humanos mucho más arcaicos que aparecen ya imbuidos de ideas sobre la supervivencia humana y el culto de los muertos. Y antes todavía, a una distancia de medio millón de años, homínidos hominizados, poseedores de técnicas que relevan inteligencia y no mera reacción al estímulo. Y aun más lejos, a un par de millones de años, seres que poseen ya determinados vestigios de hominización.

      En el curso de la evolución de su rama zoológica, ¿cuándo empieza el hombre a ser hombre?

      Javier Zubiri se ha planteado este problema en un artículo, para mí de excepcional importancia, publicado no hace mucho en la «Revista de Occidente» y que una vez más nos revela la extraordinaria cultura y penetración de este compatriota nuestro.

      Y al planteárselo como filósofo, más que como paleontólogo Zubiri se ha visto lógicamente en la necesidad de contestar a la pregunta ¿qué es el hombre? El animal —nos dice— no hace sino responder a estímulos, resolver situaciones. El hombre, por rudimentario que sea, se caracteriza precisamente por su capacidad para aprender las cosas como realidades.

      La capacidad para aprender la realidad como tal realidad, no limitándose a responder a sus estímulos, es lo que define al hombre o, por lo menos, a un primer tipo de hombre.

      Esta inteligencia no es todavía razón. Más tarde, para poder sobrevivir, la estructura humana exigirá una psique intelectiva y es entonces cuando aparecerá el «homo sapiens», el animal racional tal como nosotros lo concebimos.

      ¿En qué momento puede hablarse del hombre en sentido teológico, tal como lo hace la Biblia, desde el Génesis hasta San Pablo?

      Esta es harina de otro costal. «El hombre de que se ocupa la teología no es forzosamente el hombre de que se ocupan la paleontología, la prehistoria y la filosofía» —dice el autor de «Sobre la esencia».

      Sólo a un momento dado el animal racional será elevado a una condición teologal y podrá hablarse en sentido pleno del hombre.

      No se trata, pues, de una simple cuestión terminológica, sino de algo mucho más importante y ambicioso. De una reflexión filosófica sobre la aparición del hombre. La brumosa historia que va del hombre rudimentario, el captador de la realidad como tal, al ser raciocinante, capaz de abstracciones sin cuento y de una visión trascendente de lo real.

 

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