Carlos Santamaría y su obra escrita

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Niños pintores

 

El Diario Vasco, 1965-12-12

 

      Había prometido al pintor Sistiaga ocuparme en estas columnas de su exposición de pintura infantil, que estos días se presenta en nuestra ciudad.

      Quien crea que el universo de los niños es simple y transparente está quizás equivocado. Nada más extrañamente cargado de vivencias que el diminuto mundo interior de un niño. Nada más espontáneo y maravilloso, a condición de que no se intente comprimirlo ni acomodarlo a formas preconcebidas.

      Sistiaga ha puesto un color más en la paleta de esos pintores diminutos: la libertad, la espontaneidad. En esto se diferencia fundamentalmente esta exposición de otras que hemos podido ver del género infantil.

      La libertad es un ingrediente raro y precioso, apenas frecuente en el dominio de la educación. Educar suele consistir, en la mayoría de los casos, en querer imponer al niño un sistema de formas y de convencionalismos de todas clases. Por el contrario, habría que dejar que el niño se abriese, tan libre y naturalmente como pudiera, como un capullo, si me perdonan ustedes lo vulgar y manido de la comparación. Este sería quizás el huevo de Colón de un genuino método artístico-educativo.

      En este caso se trata de colocar al niño ante una superficie virgen, invitándole a expresar sobre ella, mediante un utillaje pictórico elemental, que él mismo debe seleccionar a su gusto, su propia interpretación mágica del mundo. Es, pues, un experimento de la mayor importancia.

      Hay en este sistema algo del «ama y haz lo que quieras» agustiniano. El niño ama lo que ve, y pinta lo que ama. Así se va formando para ver y amar la realidad estética, según las exigencias de su propia interioridad.

      El niño es poeta y la pintura es una poesía «Una poesía que se ve, en lugar de sentirse», como decía Leonardo de Vinci.

      Pero, por lo general, el pequeño poeta infantil queda aplastado por la vulgaridad de sus maestros y de las «personas mayores» que se proponen educarle.

      Unamuno se indignaba en los lunes de «El Imparcial» ante los resultados de una especie de concurso infantil, «Lo que dicen los niños», promovido por una revista de su tiempo.

      En el concurso se proponía a los niños dar su opinión sobre «El Quijote». Pueden ustedes figurarse el resultado de tan descabellada invitación, porque ¿qué opinión puede tener un niño sobre un monstruo literario de tamaña dimensión y profundidad?

      Entre los participantes de este concurso, un niño decía que le gustaba «El Quijote» «porque tiene muchos chistes instructivos» y otro «porque está escrito por el mejor escritor del mundo». Indudablemente estas ideas, tan rigurosamente sensatas, habían sido dictadas por los maestros o por los padres de los niños y resultaban de una falsedad apabullante. Lo horrible de ese género de preguntas consiste precisamente en que las mismas tienden a promover la insinceridad del niño. Y este es también el defecto de una gran parte de nuestros métodos educativos.

      Al niño, como a un autómata parlanchín, le hacemos decir lo que queremos que diga, no lo que a él se le antojaría decir si pudiese. Odiosa fraseología que es, en sí misma, una auténtica educación para la insinceridad.

      Pues bien, el secreto del método de educación poético-pictórica a que nos referimos es justamente lo contrario de eso: consiste en hacer que el niño pueda expresarse a su antojo, dejando volar la bandada de tórtolas, más o menos soñadoras, que lleva dentro de sí.

      ¿Que usted no entiende lo que este niño pinta? ¡Qué más da, si él lo comprende y lo saborea!

      Las personas que quieren «saber» lo que se pinta y que, colocadas ante un cuadro, se descuelgan siempre con el inevitable «¿y esto, qué es?», se parecen a esas otras, no menos incultas, que al escuchar cualquier género de música, aunque sea una sonata de Mozart o un preludio de Débussy, preguntan «¿y esto, como se baila?». Como si toda música se hubiese compuesto para bailarla y toda la pintura para ser traducida e interpretada en el lenguaje de las cosas usuales.

      No. Si vais a esta exposición es posible que os quedéis sin saber y sin entender. Pero vuestro espíritu habrá salido más joven y mejor, porque os habréis acercado al verdadero mundo mágico de los niños.

 

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