Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Navidad para todos

 

El Diario Vasco, 1965-12-19

 

      La Navidad no es una fiesta específica de los cristianos. Es la fiesta universal, la fiesta de todos los hombres de buena voluntad o, dicho sea con mayor precisión, de todos los hombres que, aun sin saberlo ellos, son amados por Dios.

      Que existen ateos de buena voluntad, hombres que no creen en Dios y, sin embargo, son particularmente amados por El, es para mí una convicción personal básica. Me figuro que esta afirmación mía puede parecer atroz a más de uno de mis lectores, pero, tratándose de una convicción personal, no es cosa de ponerse aquí a razonarla ni a justificarla.

      El Evangelio de San Lucas dice que un coro de ángeles se les apareció a los pastores —nadie es capaz de entender nada, racionalísticamente hablando, acerca de estas apariciones místicas que se suceden en el transcurso del tiempo— y que cantaban: «Gloria a Dios en lo más alto de los cielos y paz en la Tierra a los hombres que son objeto de la predilección o de la benevolencia divina». Tal parece ser, al menos, la versión más exacta de la primitiva frase evangélica.

      ¿Quiénes son estos hombres?

      «Indudablemente nosotros. Nosotros que somos católicos, que hemos tenido la suerte de nacer en un país católico, de unos padres católicos, etc., etc.» Estamos acostumbrados —y un poco hartos— a oír desde niños consideraciones de este género, que, a nada que se las apure, podrían tener un cierto sentido farisaico.

      Sin embargo, nadie está en condiciones de responder a aquella pregunta, apuntándose a sí mismo, ni apuntando a los demás, porque esto pertenece al misterio de los misterios, que no nos será revelado hasta después de la gran tribulación.

      Nunca mejor que ahora, nunca con mayor motivo que este año de 1965, puede decirse que la fiesta cristiana de la Navidad es la fiesta de todos los hombres de buena voluntad, sea cual fuere su creencia, ya que la Iglesia acaba de proporcionarnos textos que nos abren el corazón sobre nuestros hermanos budistas y musulmanes, hindúes judíos y hasta sobre nuestros hermanos ateos.

      Este año estamos en mejores condiciones intelectuales para sentir la universalidad y el carácter ecuménico de la fiesta del nacimiento de Cristo.

      Claro que uno abriga sus dudas sobre el interés que a la mayor parte de la gente pueda ofrecerle esta idea de universalidad. La casi total paganización de nuestras fiestas cristianas constituye un índice desagradablemente significativo sobre el estado de nuestras creencias.

      Pero este año, en la Nochebuena, y pese a todo eso, junto al turrón clásico, al champán francés y a las sorpresas del árbol de Navidad, quizás pudiéramos dedicar un rato a gustar de ese grato manjar del espíritu que es la declaración conciliar sobre las religiones no cristianas.

      Me dirán quizás que estoy loco, ante tan extraña proposición, pero a mí, personalmente, aquella declaración abierta me produce bastante más euforia que el espumoso brebaje de la viuda de Clicot.

      Numerosas son las cuestiones que angustian a los seres humanos —dice el texto promulgado el 28 de octubre— y él mismo las enumera. «¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido último de la existencia? ¿Qué significado puede tener el sufrimiento? ¿Y la muerte?».

      Estas cuestiones, y otras más, son contestadas por las diversas religiones de modos distintos. Pero no falta algo de válido, de útil y de saludable en cada una de estas respuestas, por erróneas e incompletas que sean, por lo cual las mismas «pueden aportar un rayo de verdad que ilumine a muchos hombres».

      En todas esas posturas hay, sin duda, innumerables hombres y mujeres de buena voluntad que son amados por Dios con especial predilección.

      De todos ellos y para todos ellos es esta fiesta del nacimiento de Cristo, porque así lo dijeron los ángeles aquella misma noche estrellada.

 

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