Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Reformas en la enseñanza

 

El Diario Vasco, 1966-02-06

 

      Un artículo editorial que acabo de leer en un periódico local aconseja nuevas reformas en el bachillerato y en el conjunto todo de la enseñanza secundaria y superior.

      Se recoge en este artículo la bien fundada crítica de que el bachillerato actual no prepara adecuadamente a los estudiantes para el trabajo universitario, porque no le enseña a pensar, a ordenar y resumir conceptos, a estudiar por cuenta propia, sin que el profesor tenga que estar resolviéndoles a cada paso las dificultades y dictándoles las ideas.

      Todo esto es verdad, genéricamente hablando, porque la mayoría de los alumnos que hoy llegan a la Universidad, siguen siendo colegiales en el sentido más limitado y estrecho de la palabra.

      Suprimidos los antiguos preparatorios y cursos selectivos, masas de estudiantes en un evidente estado de impreparación intelectual y psicológica, alcanzan hoy el nivel universitario propiamente dicho, sin que barrera alguna pueda ya detenerles.

      Como consecuencia de ello, se habla de la necesidad de crear de nuevo cursos preparatorios para el ingreso en la enseñanza superior. Es una proposición que no deja de satisfacernos a los que, como yo, habíamos previsto hace tiempo —implantarse el sistema de «puertas abiertas»— que había de llegar un día en que se estableciese otra vez una «criba» entre el grado secundario y el superior.

      A mi entender, las cosas no se arreglarían, sin embargo, con una nueva reforma de los planes de enseñanza, sino, mucho mejor quizás, con una aplicación más eficaz continuada y metódica de lo ya legislado. Si hay algo que requiera estabilidad, continuidad y equilibrio es la enseñanza.

      Desde que —allá por los años 25 ó 26— se implantó el plan Callejo, hasta ahora, se han producido ya tantas reformas y cambios en el bachillerato, que casi hemos llegado a perder la cuenta de ellos. Nada digamos de las escuelas técnicas medias y superiores, donde las alteraciones han afectado incluso al concepto y a la sustancia misma de estas carreras.

      Últimamente la cadencia de esa sucesión de reformas se ha ido acelerando hasta hacerse casi vertiginosa. Apenas ha habido tiempo para someter a prueba de experiencia un plan, que ya viene otro pisándole los talones al anterior.

      Los profesores hemos llegado a la conclusión de que no vale la pena de trabajar a fondo en una dirección determinada, porque una vez que uno ha concentrado su esfuerzo en ella, aparece otra nueva que hace inútil gran parte de la labor intelectual y organizativa que se había intentado realizar. En cuanto a los alumnos, la superposición y coexistencia de situaciones diversas convierte la administración docente en una verdadera maraña de casos particulares.

      A mi juicio, no debe pensarse tanto en hacer reformas como en practicar, con enorme seriedad y sentido de la eficacia, los planes actualmente existentes, porque todo plan aplicado a conciencia puede ser bueno. Bastarían quizás pequeñas correcciones y reajustes, realizados con extrema prudencia, para soslayar las principales dificultades.

      Por desgracia, este es el país del todo o nada. No entra en las cabezas celtibéricas aquel principio tan sabio de que vale más lo malo conocido que lo bueno pro conocer. Ni aquel otro, no menos sabio, de que «lo mejor es enemigo de lo bueno».

      Cada celtíbero parece un Cristóbal Colón que quiere descubrir un mundo nuevo y no se contenta con menos que esto.

      Muy pocos se adaptan a la idea de que la paciencia, la continuidad y la constancia son las armas más eficaces para la construcción de la historia.

 

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