Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Gigantes y molinos

 

El Diario Vasco, 1966-05-08

 

      Hacer de los molinos, gigantes, es locura quijotesca muy común entre nosotros. Contra esos fingidos enemigos acostumbrados a librar desaforadas batallas, batallas retóricas, se entiende, palabras, insultos y algún lanzazo que otro. Y esto nos tranquiliza y descarga nuestro subconsciente colectivo, convencidos de «que es gran servicio de Dios quitar esa mala simiente de sobre la faz de la tierra».

      Lo natural sería ocuparse de los molinos mismos, es decir de los problemas reales, pero esto es precisamente lo que no suelen hacer nuestros caballeros andantes, a los que no gusta, ciertamente meterse a molineros.

      Y por eso los molinos —los problemas— están siempre ahí, prácticamente los mismos, volteadas sus aspas por idénticos vientos, mientras sus piedras muelen, a duras penas, el grano escaso y ruin de cada día.

      Quiero llamar la atención de mis lectores sobre un fenómeno que, a mi juicio, sigue dándose actualmente en nuestra literatura periodística y al que pudiéramos llamar la evasión de lo real.

      No es que se altere la verdad, sino que se evita el plantear los problemas reales, los que muchos ciudadanos sienten y llevan dentro, los que están planteados de modo vivo y efectivo en la sociedad.

      Hay en todo esto cierta falta de naturalidad, cierto hermetismo, cierta carencia de libertad interna, que es casi una psicosis colectiva y que contrasta con la espontaneidad con que en otros países civilizados suele expresarse la gente al hablar o escribir sobre temas de interés público.

      La crítica exige serenidad, exige libertad y pureza de espíritu.

      Si esto falta, si el crítico tiene su alma retorcida por pasiones y complejos inconfesables, su crítica nunca podrá ser serena ni razonable.

      Pero, por otra parte, para que pueda surgir una auténtica crítica se necesita también que en la sociedad y en los que, de un modo o de otro, la gobiernan, desaparezcan ciertas tendencias de hipersensibilidad o de susceptibilidad defensiva. Sin esto, la simple expresión de una opinión libre que no concuerde con las creencias sociológicas u oficialmente vigentes en la sociedad, podrá dar lugar a que la autoridad se sienta ofendida y considere atacados los principios mismos en que aquella se asienta.

      Cuanto vengo diciendo atañe de modo igual, tanto al horizonte sociológico como al político o al religioso, ya que en todos estos campos se plantea el problema fundamental del hermetismo.

      Durante muchos años, los que han ejercido las funciones de gobierno han adquirido la costumbre de actuar libremente, casi completamente al margen de la información y de la crítica pública. Al mismo tiempo, la mayoría de los ciudadanos ha ido haciéndose al molde de una subordinación automática y pasiva, de la que la idea misma de crítica estaba enteramente excluida.

      Haría falta que la atmósfera se fuese saneando por ambas partes. Que todos nos fuéramos liberando de nuestros complejos, para que pudiéramos decirnos unos a otros las verdades, sin ofensa, sin agresión, sin escándalo en los de abajo ni indignación en los de arriba.

      Esto es necesario en la vida social, lo es en el terreno político y también —por qué no decirlo, ahora que estamos en época post-conciliar— en el dominio de la Iglesia, que es, por definición aquel en el que el hombre debe sentirse más libre.

      El diálogo auténtico y sereno es un síntoma de buena salud social: los monólogos, más o menos furiosos, de quienes no saben o no pueden dialogar, el síndrome gravísimo de un psiquismo social desordenado.

      En una sociedad equilibrada y sana no hay miedo a plantear problemas. Y esto ayuda a resolverlos.

      «Molinos y no gigantes» —que dijo Sancho.

 

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