Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Regiones económicas

 

El Diario Vasco, 1966-12-11

 

      Regiones y regionalización son dos palabras que están hoy muy en boga en Europa. También en España se ha empezado a hablar tímidamente acerca de este tema que nunca debió haber sido considerado como un tema «tabú».

      Sin embargo, se está produciendo, aquí como en otras partes, un equívoco que conviene poner al descubierto, para que todos sepamos dónde estamos y hacia dónde nos movemos.

      Es un hecho que frente al concepto natural e histórico de la región, los planificadores han inventado ahora el de la «región económica», que es una especie de unidad coherente y accesible para el desarrollo del plan. Se trata de una idea completamente razonable y necesaria, ya que, pese a las dimensiones de las técnicas modernas, una planificación no puede ser llevada a cabo sobre áreas geográficas y humanas demasiado extensas porque el factor «hombre» no lo resiste.

      Cuando los economistas hablan de «regionalización» se refieren a estas ideas y les tiene sin cuidado, por lo general, las llamadas regiones históricas o tradicionales. No debemos, pues, hacernos demasiadas ilusiones los que pensamos en la necesidad de mantener y cultivar —más allá de lo puramente «folklórico» y zarzuelesco— los valores propios de éstas, como algo muy importante para la felicidad y el equilibrio de los pueblos.

      Es cierto que la noción de «región económica» no debe ser discutida porque implica en sí misma un progreso frente al centralismo que había primado hasta ahora.

      Pero sí debe exigirse que la misma sea aplicada con un recto sentido «naturalista» y «personalista» del que, por desgracia, los técnicos suelen carecer muchas veces.

      Existe, en efecto, como es sabido, dos clases de economistas: los buenos y los malos. Los que reconocen el carácter utilitario y subordinado de la ciencia económica y los que tratan de imponerla como un imperativo técnico absoluto.

      Los buenos economistas saben que toda planificación pide un respeto fundamental hacia las realidades naturales y humanas sobre los cuales ha de ser implantada. Saben, por ejemplo, que las regiones naturales son en sí mismas producto de una larga y profunda elaboración, dentro de la cual las razones económicas se han ejercido también de un modo espontáneo y, por decirlo así, instintivo.

      Los malos economistas, los arbitristas o «armachismes» —como decía Quevedo— pretenden aplicar, por el contrario, esquemas artificiales, fundados en criterios convencionales y extraños a la realidad humana.

      Vienen estas consideraciones a cuento de un esquema de división económica de España, sometida actualmente a estudio, y que ha sido establecido sobre la base de tres factores: el porcentaje de población activa, la densidad de población y la renta por habitante.

      Salta a la vista la insuficiencia y la caprichosidad de estos tres criterios, que no sólo desdeñan la realidad geográfica, sino que incluso prescinden de otros criterios económicos importantísimos como son las vías naturales de comunicación y de relación, las conexiones humanas y las estructuras socio-económicas.

      A Guipúzcoa se le incluye en una «región» llamada Cantábrica, de manifiesta artificiosidad y heterogeneidad y absolutamente inmanejable desde el punto de vista de la comunicación, la cual abarca Vizcaya, Santander y Asturias. En cambio, Álava, Navarra y Logroño, estrechamente unidas a Guipúzcoa y Vizcaya por toda clase de lazos, relaciones e intereses y por una indiscutible proximidad y afinidad, forman, según parece, región aparte. Uno se pregunta ingenuamente cuál podrá ser la finalidad última y secreta de estos afanes de desarticulación de lo real.

      En Cataluña el proyecto no ha dejado de producir cierto malestar, ya que Lérida queda desmembrada y unida a Zaragoza, mientras Barcelona, Tarragona y Gerona constituyen una nueva región que se llama «Nordeste». Según información del periódico «Arriba», la Diputación de Lérida ha publicado ya una nota en la que se reafirma lo que es obvio, es decir, la naturaleza catalana de aquella provincia y el carácter «incontrovertible que no admite discusión ni duda de ninguna clase» de la misma.

      Esperemos que el buen sentido se imponga y que esta ordenación se encamine por vías muchos más razonables y políticas que la que comentamos.

 

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