Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Soberanía constitucional y libertades vascas

 

Deia, 1978-08-03

 

      La expresión «soberanía nacional» aparece rodeada de una especie de halo o resplandor metafísico que la hace sumamente respetable y prestigiosa a los ojos de muchas personas, como suele ocurrir a menudo con las palabras cuyo significado no llega a entenderse del todo.

      Fue el economista francés Jean Bodin quien, en el siglo XVI, esgrimió por primera vez esta idea, destinada a fortalecer los poderes del Rey de Francia contra los señores feudales y su independencia ante la Santa Sede y el Sacro Romano Imperio.

      La revolución francesa esgrimió la figura del rey, pero conservó y perfeccionó extraordinariamente la idea de la soberanía, al mismo tiempo que la traspasaba a la nación francesa. Inventó la «soberanía nacional», imprimiendo a esta noción un sentido cartesiano, monolítico y fuertemente simplificador.

      «La soberanía nacional es una, indivisible, inalienable e imprescriptible», declara la Constitución francesa del 91.

      Soberanía, ¿qué quiere decir?

      Quiere decir, por de pronto, «techo de poder», mando supremo que ningún otro poder puede superar. Significa, en segundo lugar, «independencia»: una nación es soberana cuando no depende de ninguna otra nación o pueblo.

      Además, la soberanía es «fuente de poder», fuente única de poder dentro del Estado. Para los ideólogos jacobinos, toda autoridad, desde la del jefe del Estado hasta la del último alcalde pedáneo, se ejerce en nombre y representación de la soberanía nacional.

      Esta afirmación figuraba ya en la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano: «El principio de toda soberanía está esencialmente en la nación. Ningún cuerpo o individuo puede ejercer una autoridad que no emane de ella».

      En el momento actual la novísima Constitución española se hace eco también de este mismo principio de la fuente única del poder: «La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan todos los poderes del Estado».

      Monolitismo, pues, en la concepción básica del poder y también irrealismo, porque las cosas son en realidad muy distintas que eso, como todo el mundo sabe.

      Pudo haberse aceptado una concepción más moderna y, sobre todo, más abierta, de la soberanía, o haberse prescindido por completo de esta noción. Al fin y al cabo, el modelo jacobino francés no era, ni es, obligatorio. Los ingleses, mucho más pragmáticos que los franceses, nunca han utilizado el abstruso concepto de soberanía, sin que por eso se les pueda tachar de retrógrados o de enemigos del progreso.

      Notemos de paso que nuestra concepción política, la concepción política vasca, se encuentra en esto, como en otras cosas, más cerca de las ideas británicas que de las francesas.

      Bajo diversos aspectos, la idea de soberanía resulta hoy una idea anticuada. Pudo ser útil en algún momento y para algunos fines de la revolución burguesa, pero hoy es más bien un estorbo, tanto para la creación de los entes supranacionales que el mundo está necesitando, como para la realización de las aspiraciones de los pueblos en orden a su libertad.

      Pueblos e individuos aspiran hoy, en efecto, a una mayor libertad en un movimiento irreprimible que es consecuencia de la civilización técnica y de la irrupción de las clases proletarias en la vida de nuestras sociedades.

      Un constitucionalista tan juicioso y perspicaz como André Hauriou afirma que la soberanía no debe seguir siendo considerada como algo indivisible, sino que el haz de los poderes soberanos debe ser desmembrado y compartido. Para poder sobrevivir, la soberanía tiene que hacerse hoy comunitaria y difusiva.

      Si aplicásemos estrictamente el principio de la indivisibilidad de la soberanía al nuevo Estado español, éste sería por completo incompatible con las libertades históricas vascas, y a los vascos partidarios de defender nuestra nación no nos quedaría otro camino que el independentismo.

      Esperamos que esto no sea así y que en el futuro se encontrarán fórmulas más abiertas de la unidad del Estado que la que ahora se ofrece.

      Ahora bien, cuando defendemos con Lenin el principio de autodeterminación, se nos acusa de revolucionarios, y cuando reclamamos las libertades forales se nos tacha de medievales y de oscurantistas.

      Es evidente, sin embargo, que para reclamar un derecho histórico que ha sido vulnerado no hay más remedio que retrotraer el problema al momento en el que ese derecho fue violentamente interrumpido, sin que esto signifique en modo alguno que se quiera volver al pasado.

      Para defender nuestros derechos, los vascos tenemos que volver a 1839, sin que esto quiera decir que queramos retornar a las estructuras sociales de entonces, de la misma manera que España para defender los derechos sobre Gibraltar tiene que volver a 1704, sin que esto signifique en modo alguno, que se propone retroceder a los tiempos de Felipe V.

      Ningún gobierno español ha hecho nunca el menor gesto de aceptación de la ocupación inglesa del Peñón. Todos han evitado cualquier acto que pudiera suponer la menor sombra de renuncia a aquel territorio. Y han hecho muy bien, claro está.

      De la misma manera, si los vascos aceptásemos hoy la nueva Constitución, tal como está, como definición y norma de nuestro derecho, habríamos caído en una trampa y el día de mañana se nos podría argüir con nuestro propio acto de renuncia.

      Esto lo vio Pi y Margall muy claramente, hace ya más de un siglo. Alabó a los vascos porque se negaban a reconocer que sus libertades fueran debidas al Estado: «Comprenden que si confiesan deber sus fueros al Estado conceden al Estado el derecho de quitárselos».

      Pese a todos los cambios y transformaciones sociales habidos, los patriotas vascos de hoy seguimos instintivamente en la misma postura, negándonos a que la Constitución condicione nuestros derechos históricos, cuando sólo debe respetarlos.

      ¿Es esta una cuestión bizantina? Yo no lo creo así. El problema de ahora no es una cuestión de oportunismo político. Para nosotros es un acto histórico, una acción histórica, que bien o mal planteada podrá determinar innumerables bienes o males para el pueblo vasco del futuro.

 

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