Carlos Santamaría y su obra escrita

 

La violencia armada

 

El Diario Vasco, 1980-07-06

 

      La violencia armada como medio de acción política directa no es cosa que pueda extrañar o sorprender a nadie. La Historia está llena de guerras, luchas civiles, insurrecciones, crímenes políticos y hechos violentos de toda especie, destinados a imprimir a la política de una nación, o de un conjunto de naciones, una dirección determinada.

      La frase de Clausewitz: «la guerra es una continuación de la política con ayuda de otros medios», es una amarga verdad que los hechos permiten comprobar a cada paso del proceso histórico. La violencia ha sido, muchas veces, políticamente rentable.

      No estamos ciertamente en condiciones de intentar un análisis de la situación planteada por la violencia armada actual en Euskadi. Sólo la Historia podrá juzgar algún día, con diafanidad y ponderación suficientes, el terrible episodio que estamos viviendo.

      Pero nada nos impide tratar de formular ahora, aunque sea someramente, algunos criterios que podrían funcionar en dicho análisis, o en el de cualquier otra situación parecida.

      A mi juicio, la violencia armada tendría que ser examinada básicamente desde dos perspectivas diferentes, pero no totalmente independientes entre sí: el punto de vista ético o moral —por una parte— y el punto de vista técnico o de la eficacia política, por otra.

      En el planteamiento marxista estos dos puntos de vista se confunden —sin duda— en uno solo, ya que la eficacia es la única norma de «moralidad» del medio de acción política.

      José L. Aranguren, en su pequeño libro: «El marxismo como moral», ha escrito con acierto que: «la moral marxista es indivisible de la eficacia, de la utilidad, del resultado».

      Es decir, que, si cabe hablar de alguna manera de una «moral marxista» —cosa que en general repugna a los propios marxistas— habrá que decir que sólo aquello que en cada momento del proceso dialéctico se revela como «eficaz», es lo auténticamente «moral».

      No así, evidentemente, desde el punto de vista de la moral tradicional o cristiana. Aquí, un método de acción no es «bueno» por el simple hecho de ser eficaz: el fin no justifica el medio. ¿Afirmación idealista? Puede ser, pero las cosas son así en nuestra moral.

      Esto no significa, sin embargo, que la idea de eficacia sea dejada enteramente de lado.

      Los viejos teólogos cristianos de la guerra y de la insurrección armada solían introducir también en sus juicios la regla de la eficacia, considerando a ésta como una condición necesaria, ya que no suficiente, para la moralidad del acto violento.

      «Por justa que sea la causa —decían— no se puede imponer a un pueblo la dura carga de una lucha armada sin que exista una gran probabilidad de que ésta pueda triunfar. La guerra que se va a perder es siempre una guerra injusta».

      Estas palabras tienen suficiente contenido, y son lo bastante claras y expresivas, como para invitarnos a todos a reflexionar sobre ellas en este momento.

 

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