Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Mito e ideología

 

El Diario Vasco, 1980-07-27

 

      El profesor Antonio Tovar va a publicar en breve un nuevo libro en torno al tema, tan actual, del euskera. Ya el pasado domingo el periódico «El País» nos adelantaba algunas primicias de esta obra que no puede menos de excitar nuestra curiosidad e interés. «Mitología e ideología sobre la lengua vasca» va a ser su expresivo y sugerente título.

      Mitos e ideologías mueven a los pueblos a hacer historia. Pero, a mi juicio, hay una diferencia fundamental entre ambas cosas: en el mito, los hombres se dejan conducir por el pasado; en la ideología, son los hombres los que conducen, o quieren conducir, la historia.

      Puede decirse, en este sentido, que el tema del euskera se ha ido ideologizando. Lo que ahora se trata de hacer es precisamente, dirigir la lengua, reconducirla, para poder así salvarla —contra todo fatalismo— de una muerte casi cierta.

      «Cuando Unamuno creía, en su falta de fe en el futuro del euskera, que operara en las lenguas y, hasta cierto punto, dirigirlas, es imposible, desconocía que siempre han sufrido las lenguas tales operaciones y que también la castellana o española las sufrió en manos del Rey Sabio en el siglo trece y de la Real Academia de Felipe V en el dieciocho» —escribe Tovar.

      Dirigir la lengua, es decir, gramatizarla, modernizarla, uniformizarla. Este es el empeño actual. Estamos pues —puede decirse— en el dominio de la ideología, no en el de la mitología.

      Pasada la guerra civil, cuando el euskera empieza a dejar de ser materia prohibida, surge una generación de jóvenes intelectuales vascos —allá en los años sesenta— que ven en él un hecho pleno, un hecho vital, y no sólo un mito venerable. Quieren revivir el euskera, haciendo de él una lengua moderna.

      «No nos entienden; no pueden entendernos —me decía una vez mi joven y llorado amigo Ricardo Arregi— porque para ellos el euskera es un tópico mientras que para nosotros es la vida».

      De ese despertar ideológico nace un proceso muy importante y profundo que gran parte de la gente de este país desconoce. Así, por ejemplo, en el momento actual textos escolares avanzados y diccionarios técnicos especializados utilizan el euskera unificado como lengua de expresión culta casi con la misma facilidad, claridad y rigor científico que pudieran lograrse en cualquier lengua moderna. Todo esto supone un esfuerzo de millones de horas de trabajo, un gran empuje intelectual, una línea de acción firme. Aquí hay una cosa de mucho fondo.

      Pero esto algunos no lo quieren reconocer. Se oponen. Y toda, o casi toda, su oposición la cifran en una pequeña y para ellos terrible, cuestión ortográfica: la cuestión de las «h» que, en sí misma, tiene una importancia absolutamente secundaria dentro del conjunto del proceso.

      La «h» juega así de modo perfecto el papel de «shibolet» o «chibolete», aquello del capítulo XII del libro de los Jueces.

      — «¿Dices «pollo» o «poyo»? Porque si dices «poyo» te degüello, porque tu eres un efraimita».

      ¡Así de simple!

      En estas mismas columnas hemos leído recientemente —no sin cierto asombro— que el movimiento de modernización del euskera fue una acción concertada entre un pequeño grupo de revolucionarios con el fin exclusivo de demoler la labor cultural anterior; que el euskera unificado, que promociona la Academia, no es sino «el triunfo de una bandería política» y que «las 'h' tienen un regusto a ETA».

      ¿Qué pensar de todo esto? Tal vez más adelante —una vez leído el libro de Tovar— me aventure a retratar el tema desde mi punto de vista.

 

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