Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Los «enarcas» y las autonomías

 

El Diario Vasco, 1980-09-07

 

      En Francia, en el lenguaje familiar de ciertos medios intelectuales, se suele llamar «enarcas» a los antiguos alumnos de la «ENA» —la «Escuela Nacional de Administración»— de la cual proviene una buena parte de alto funcionariado del Estado francés. En el 68 empezó a extenderse esta denominación a los demás grandes cuerpos que tiene en sus manos el Estado. Se empezó también a usar otra curiosa palabra, el término «Enarquía», para designar el régimen político de un Estado dominado y dirigido por su propia Administración, como en buena medida lo es el Estado francés y también —por qué no decirlo— el Estado español.

      Notemos —antes de pasar adelante— que Enarquía y Burocracia son dos cosas completamente distintas. La burocracia es una enfermedad o una deformación de la Administración, que consiste en tratar a los usuarios, e incluso a los propios funcionarios, como cosas. Enarquía, en cambio, es la Administración misma, erigida en cabeza y dueña del Estado.

      «Los gobiernos y los regímenes pasan; la Administración permanece». Este sutil principio maquiavélico se comprueba en la actual situación política española. Aquí no ha habido una revolución; pero sí una nueva Constitución que, en principio, estaba llamada a darle la vuelta a todo o a casi todo. ¿Ha cambiado por eso la Administración? Sus estructuras, sus modos, sus formas: ¿han cambiado? De ninguna manera: la Administración permanece. Y en esta permanencia radica precisamente la clave de su poder, del «Poder funcionario».

      Se atribuye a un enarca del antiguo régimen esta frase, refiriéndose a la Cámara de Diputados: «Que hagan ellos la ley. Nosotros haremos el Reglamento». El que hace el reglamento, y sobre todo el que lo aplica, es —en efecto— el que tiene la sartén por el mango. Así, en la lucha entre el enarca y el político, el primero sabe que siempre tiene la partida ganada, porque en último extremo le basta con sentarse y esperar.

      Los Cuerpos de la Administración suelen ser muy celosos en la defensa de sus feudos o campos de acción y de los derechos de sus miembros. Uno de estos derechos del funcionario, es, por ejemplo, el de poder ocupar, por rigurosa antigüedad, las vacantes que se produzcan en cualquier punto del territorio del Estado, que consideran como su coto y su patrimonio indiviso. Ya puede haber decretos de bilingüismo, estatutos de nacionalidad y regiones, diversidades sociológicas, planteamientos autonómicos de diverso tipo: los derechos sagrados del funcionario deberán pasar por encima de todas estas cosas.

      Está claro que esta concepción enárquica se halla totalmente reñida con las autonomías: si se mantiene la enarquía jamás podrá haber un verdadero estado de autonomías.

      «Admitiendo que las universidades sean autónomas para nombrar sus propios catedráticos —nos decía una vez un alto funcionario de la Administración educativa— ¿qué hacemos con el Cuerpo de Catedráticos de la Universidad?».

      La respuesta hubiera sido obvia: si así se decide, que se implante la autonomía universitaria y que se extinga el Cuerpo de Catedráticos, que ya no tendrá razón de ser. Pero esta idea no cabe —evidentemente— en la cabeza de un enarca.

      Los cuerpos de funcionarios fueron pensados, estructurados y organizados al servicio de un Estado centralista, de cuyo centralismo fueron ellos los máximos fautores. Pretender ahora que esos mismos cuerpos puedan servir a un Estado descentralizado, a un Estado de autonomías, es algo así como la cuadratura del círculo. Y sin embargo es esto lo que ahora se está proyectando por la Administración central.

      Mi impresión, desde hace tiempo, es que la verdadera dificultad de las autonomías no se va a encontrar en los políticos, sino en los enarcas, es decir, en los grandes Cuerpos de la Administración.

      Y esto lo vamos a ver enseguida.

 

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